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La boutade de Macron

Pese al desdén con que a todo lo español, salvo su buena mesa y sus playas, tratan los vecinos del otro lado de los Pirineos, siempre existió en España, o en parte de ella, una gran admiración por lo que venía de Francia. Desde el Siglo de las Luces, en el territorio oscurecido donde se mantenía, en lo político, lo social y la cultura, una rampante negritud, hubo intelectuales que miraban al país galo como un faro iluminador que marcaba el sendero preciso para abandonar las tinieblas de la ignorancia mediante las luces del conocimiento y la razón.

Libertad, igualdad y fraternidad, consignas de la Revolución Francesa, fueron conceptos de 1789 que con el paso de las décadas encontraron acomodo ya para siempre en el imaginario democrático. Por eso, cuando un dirigente francés habla merece la pena escucharlo. Y discernir si su parlamento esconde una declaración de intenciones o se trata de una boutade.

El presidente Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron acaba de levantar una polvareda impresionante durante una visita oficial a China, en la que reclamó para Europa voz propia distinta de la de Estados Unidos en política internacional. Y fue aún más explícito: los europeos no deben inmiscuirse en el conflicto de Taiwán. Obviamente, las palabras de Macron recibieron tan sonoro aplauso en Pekín como mayúsculo reproche en Washington.

Lo que el líder francés, acosado por graves disturbios en sus fronteras interiores, quiso decir es que va siendo hora de un nuevo reparto de papeles en el tablero geopolítico, que no supone un reparto igualitario que los estadounidenses cocinen y los europeos frieguen los platos. Ningún líder de la UE ha rechistado, pero en la Europa del Este, territorio apetecible para la voracidad rusa, ese mensaje ha causado zozobra: a juicio de esos países, no existe mayor disuasión para el Kremlin que ver ondear la bandera estadounidense.

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