Opinión
Aquel barquito que entró en campaña
Los refugiados del "Aquarius"
Un barco que se dirigía a Grecia cargado de personas se hunde, setecientos muertos. La prensa, a una voz, nos habla del número monstruoso de víctimas, son cien las mujeres y los niños. Y sale, en los mismos días, una discreta noticia. Viene de Valencia y habla de la suerte de los 629 refugiados de Sierra Leona, Mali, Nigeria, Togo y otros países que llegaron a bordo del "Aquarius" hace cinco años, ¿recordáis? Aquel barco entró en España después de entrar en campaña electoral, por ese orden. El barco que Sánchez dijo que permitiría entrar tras un tiempo y angustioso bogando entre fronteras cerradas con sus personas a bordo. Se les invitó a venir, "refugees welcome", y se les recibió con flores en Valencia. Se les expuso en la televisión, se les vio dar las gracias, llorar, y en los mítines se distribuyeron medallas y acusaciones de inhumanidad a quienes se oponían a abrir el puerto. Más de 2.300 personas integraron el dispositivo de acogida, emitido en directo por 598 periodistas. Ahora sabemos, por otras noticias no del todo virales, discretísimas, que el 80% de estas personas sigue sin regularizar.
Esta es la diferencia entre la propaganda y la realidad; entre el humanitarismo altisonante de Hacendado y la burocracia; entre la promesa y la capacidad. Interior ha tramitado 368 solicitudes de asilo de las que sólo se han aceptado 75. Eso significa que ocho de cada diez de los que atravesaron nuestras puertas abiertas con una carta presidencial en la mano siguen, a efectos prácticos, en tierra de nadie.
Cuando hablamos de refugiados, cuando hablamos de inmigración en general, hay un discurso buenista que se queda en el momento de la entrada de la persona en nuestro país y luego mira para otra parte. El impulso del corazón es dejarlos entrar, evitarnos las fotos horribles de frontera, las vallas de pinchos, los naufragios, pero la vida no termina en suelo español, sino que sigue allí y con frecuencia languidece. El destino inconcluso de estas personas que invitó un político en campaña, uno que llegaría a presidente, y que sin embargo han visto después cómo se frustraban sus proyectos, debiera servir de advertencia sobre la distancia sideral entre el humanitarismo barato y la realidad. Los problemas de frontera son terribles y visibles. Pero los problemas después de pasar la frontera pueden ser incluso peores, porque ni siquiera atraen nuestra atención.
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