Opinión | El pasado del presente
El aval de Asturias en la Corte del siglo XVIII
Pedro Rodríguez de Campomanes (1723-1802) y la Junta General: 300 años de un gran estadista
Desde los puestos más elevados de la política cortesana del reinado del loado Carlos III y del menos alabado Carlos IV, un asturiano de pueblo, de Sorriba en Tineo, hidalgo de corta bolsa, llamado Pedro Rodríguez de Campomanes no olvidó su tierra. Listo como pocos, Pedro Rodríguez le sacó partido, ya que no a su fortuna y apellido, sí a su amplia cultura, trabajo esmerado y buen hacer en cuestiones de gobierno. Nació un 1 de julio de 1723. Su madre viuda luchó por sacar adelante a sus hijos. Y a él un tío canónigo en la cántabra Santillana del Mar lo acogió y educó. Volvió un tiempo a su tierra natal. Luego se graduó en Leyes y emigró a Madrid ejerciendo de pasante en un bufete famoso, como diríamos ahora. Pluriempleado, se hizo un nombre como abogado. Abrió despacho propio y llevó asuntos de importantes casas nobiliarias y del obispado de Toledo, lo que le abrió puertas.
En 1744 contrajo matrimonio con una hidalga extremeña con la que tuvo varios hijos. Compaginó la abogacía con el estudio de la historia y la defensa de los derechos de la corona como base de la riqueza del reino. Fue miembro del Consejo Real, censor de libros; obtuvo permiso hasta para leer libros prohibidos. Fue académico de la Historia cinco décadas. Estudió sin cesar; publicó sus investigaciones y todo ello le valió reconocimiento. Entendía la monarquía absoluta como la "exacta observancia de las leyes". La agricultura, la industria, los oficios, la justicia, la enseñanza fueron su dedicación. Reorganizó el sector de Correos y Postas del Reino, básico en una monarquía tan dispersa y extensa; tuvo puesto en el Consejo de Hacienda; en 1783 fue consejero de Castilla y primer fiscal de la Monarquía. Compartió tareas con el futuro conde de Floridablanca. El asturiano y el murciano organizaron según crítica de entonces lo que hoy llamaríamos influyentes grupos de presión en su entorno.
Con Campomanes brillaron en la Corte asturianos de valía. No cuestionaba la desigualdad de la sociedad estamental pero quiso evitar la miseria extrema y el extremo poder señorial. Impulsó numerosas reformas políticas con Carlos III: correos, justicia, repoblación, liberalización del comercio, mejora de los gremios y la agricultura; las sociedades económicas de amigos del país fueron cosa suya. En 1780 se le premió con el título de conde de Campomanes. Con Carlos IV mantuvo el poder en el Consejo del Rey y el Consejo de Estado. Aún pudo vivir la convulsión que la Revolución Francesa de 1789 provocó en las monarquías europeas. Estuvo intelectualmente activo hasta su muerte en 1802. Para Jovellanos, de quien fue protector y amigo, era un "sabio ciudadano [...], [que] se afanó siempre por acercar a sí los mayores talentos de su tiempo, para empeñarlos en el bien de la nación". Encomiable.
Su vinculación con Asturias fue permanente. En Madrid apoyó a los asturianos que buscaban mejor vida desde la Real Congregación de Nuestra Señora de Covadonga de la que fue abogado y presidente de 1789 a 1795. Fue regidor-depositario de Tineo. Admirador de Feijoo, defendió la capacidad de las mujeres y su educación como un beneficio para la familia y para el bien público. Con la Junta General del Principado de Asturias mantuvo frecuente correspondencia. Por limitarnos a su etapa de esplendor, cuando ya era conde de Campomanes, se aplicó en la defensa de la Sociedad Económica de Amigos del País en Asturias. La Diputación asturiana quiso siempre "saver el dictamen de su ilustrísima antes de proceder a hazer novedad alguna" tanto si se trataba de crear una escuela de dibujo o una "cáthedra de Istoria" que a Campomanes le parecía imprescindible (1780). Siguen sus recomendaciones en todo: "tiene insinuado el ilustrísimo señor Conde de Campomanes" se tome experiencia de la ya consolidada sociedad vascongada. Regente y caballeros diputados (Toreno, Peñalba, Inclán, Argüelles, todos) acudían a su intermediación en asuntos de emergencia regional; para asegurar "la carretera a Castilla [se decidió] que la Diputación hiciese … una representación a su Majestad dirijiéndola por mano del señor Conde de Campomanes" (1784). Aún de las cosas internas se ocupaba el gran ministro: "se dio quenta por el señor Rexente de una Carta Orden del señor conde de Campomanes sobre la noticia que se le dio de haver peste de ganados vacunos en los Puertos y Monte Sacro, pidiendo razón de las providencias que se hayan tomado" pues le preocupaba el contagio por la "proximidad de solo dos leguas de esta capital a los puertos que cita, y que en virtud de ella concurren naturales a esta Ciudad" (Oviedo). En 1789 la Junta General propone el "mejor acierto… para felizitar a nuestro Monarca (Carlos IV) en su exaltación al Trono al señor Conde de Campomanes, quien como patricio de la mayor gerarquía por el empleo que posehe y más circunstancias que en él concurren, ejecutará este encargo con el mayor desempeño y lucimiento, y estando… toda la Provincia tan obligados a servir a este señor por lo mucho que los ha favorecido en todas ocasiones". El aprecio de la Junta y Diputación eran correspondidos por Campomanes, quien comunicaba a los de su tierra cada nuevo destino poniéndose a su servicio. Cuando accedió al Consejo en 1789 la Asturias oficial declaró festejarlo "en atención a las circunstancias presentes y a ser muy justo que el Principado haga las demostraciones correspondientes con esta ocasión a un patricio a quien tanto deve". No tuvo reparo en mediar en temas comprometidos de la administración de justicia, pese a la delicada relación que a veces se establecía entre la Audiencia y la Junta General presidida por el Regente. Ya fallecido, en 1802, sobre este extremo se citaba el "dictamen del difunto escelentísimo señor sabio, conde de Campomanes, [sobre] el establecimiento de una o dos plazas de ministros nacionales en esta Real Audiencia". Como nada de su Asturias le era ajeno, en 1796, tras formarse el Regimiento de Nobles de Asturias contribuyó a su mantenimiento.
Se le van dedicando este año justos actos en su honor en conferencias impartidas por investigadores de prestigio. Hace tiempo la Junta General del Principado de Asturias –el parlamento asturiano– reconoció a Campomanes; incluso una sala tuvo su nombre. Publicó en una colección de valor indiscutible, "Clásicos asturianos del pensamiento político", ideada por Alberto Arce Janáriz, dos libros valorando el pensamiento y acción renovadora y reformadora de Campomanes en aquella monarquía que con él se acercaba a la modernidad. Los títulos elegidos fueron "Escritos regalistas" en 1993, cuando se cumplía los 270 años de su nacimiento, e "Inéditos políticos" (1996). Y además editó, en el 200 aniversario de su fallecimiento, el "Título del conde de Campomanes" (2002) que venía a justificar que en aquella España de la monarquía ilustrada un asturiano fuera merecedor de semejante reconocimiento. Los estudios preliminares se debieron al catedrático Santos Coronas González.
A partir de ahora cuando desde el ovetense Campillín entremos en la calle de su nombre tal vez entendamos el motivo de esa estatua grande de un escribiente perpetuo de muchos, muchos folios sesudos de buen gobierno. Lleva allí desde que se pusiera en el bicentenario de su muerte. Su historia puede servirnos para entender el motivo de que su nombre esté en una calle y biblioteca de Tineo, en calles o plazas de Castropol, Gijón, Madrid, Mérida, Pozuelo de Alarcón y más lugares. Nuestros pasos en el presente tamb+ién tienen un pasado.
[Fuente: Junta General del Principado de Asturias. "Actas de la Junta General y sus diputaciones, 1750-1802. Inédito. Borradores de trabajo"]
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