Insuficiente victoria, dulce derrota, riesgo de bloqueo

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo.

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. / Fernando Montecruz

Editorial

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Amarga victoria para el PP, que obtiene una mayoría insuficiente, y dulce derrota para el PSOE, que hasta gana dos diputados. Pero el Gobierno del país, más difícil todavía. Los populares no suman con las fuerzas afines y los socialistas necesitarán para revalidar el poder del apoyo de todos los nacionalistas e independentistas, incluido Puigdemont, un batiburrillo indigesto. El delirio de las estrategias partidistas sería dejar el futuro de España en manos de quienes aspiran a seccionarla sin esconder sus objetivos, en eso hay que elogiarles la sinceridad.

El escrutinio certificó lo que a priori mostraron las encuestas: que una mayoría prefiere el PP al timón. Si bien con menor intensidad de la esperada. Lo único cierto en la política española desde 2015 es que el país está fragmentado en dos mitades casi simétricas de derechas y de izquierdas. A partir de ese año, todas las generales han acabado por repetirse, unas con Rajoy y otras con Sánchez. ¿Van a tener los ciudadanos que votar otra vez? España, camino de convertirse en una nación inestable por el electoralismo miope: una perspectiva indeseable.

Entramos en una fase decisiva para desplegar el potencial de España y Asturias o adentrarnos en el túnel del obstruccionismo: que el sentido de Estado y del deber institucional prevalezca sobre la veleidad

El repliegue de votos sobre el PP y el PSOE habla por sí mismo. Entre los dos superan el 60 por ciento de los sufragios. La nueva política que en su día representaron Cs y Podemos queda sepultada. Un amplio espectro de votantes repudia los extremismos –hasta Vox y Sumar retroceden– y envía un mensaje claro en favor de la moderación y la centralidad. El de Feijóo resulta un éxito incuestionable, pues ha logrado un salto grande: superar en casi medio centenar de diputados la anterior cosecha. Sánchez, de forma inesperada, aguanta cuando muchos preveían la debacle, y en un nuevo capítulo de su Manual de Resistencia celebró anoche una derrota como un triunfo. En manos de los dos debería quedar ahora la responsabilidad de conjurar el bloqueo. El líder socialista tiene la llave. El riesgo y lo imprevisible determinan muchas de sus apuestas, difícil predecir ahora qué camino tomará.  

El del Principado es un curioso caso de dicotomía política. En las convocatorias autonómicas el dominio del PSOE resulta absoluto. De las doce celebradas, solo perdió las de 1995. En 2011 gobernó Foro, con un escaño más por efecto del sistema electoral de las tres circunscripciones, pero 1.500 votos menos. En las generales, en cambio, las fuerzas han ido igualándose: nueve victorias socialistas frente a siete populares, incluida la de ayer. Una dualidad electoral asturiana que algo está señalando y no debería dejar indiferentes a los líderes regionales.

La competitividad de la derecha frente a la izquierda en las generales en Asturias no empezó hasta que se hizo visible un fuerte liderazgo nacional, con la victoria de Aznar en 1996. Los electores conservadores asturianos fueron fieles a los populares incluso en 2004, tras los atentados del 11-M. Solo en esa ocasión y en las dos primeras citas democráticas, en 1977 y 1979, el partido que venció en España no lo hizo también en la región.

Ayer triunfó el voto útil, la consecuencia de azuzar temores y reducir la campaña a un mediocre baile de pasiones hablando aparentemente sobre todo y en realidad sobre nada hasta derivar en un debate moral. No sobre el candidato mejor capacitado para dirigir un país. En una democracia de calidad, con instituciones sólidas para ejercer de contrapeso del poder y velar por la irreversibilidad de derechos fundamentales, no tendría por qué funcionar el voto del miedo. Urge la puesta en pie de un proyecto de regeneración para hacer esas instituciones aún más fuertes tanto como otros planes para reimpulsar la economía, sostener la educación y la sanidad, superar el reto demográfico e igualarse al pelotón a la cabeza de Europa.

No más ruido, no más bronca, no más enconamiento. La política española necesita espacios de consenso y trabajo. Los cabezas de lista predican el entendimiento, pero no lo practican. Ponen sus planteamientos partidarios por encima de resolver las dificultades de los electores, sin ceder en la búsqueda de puntos de encuentro ni respetar a quien piensa distinto. Entramos en la fase decisiva en un momento crítico para desplegar el potencial de España y de Asturias, dando lugar a un mejor país y una región a la vanguardia, o para adentrarnos en el túnel del obstruccionismo. Los próximos pasos van a ser decisivos. Que el sentido de Estado y del deber institucional prevalezcan sobre la veleidad.