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El comercio de esclavos en el reino de Dahomey

El sometimiento a las personas por codicia, usura y afán de poder

La esclavitud es una de las páginas más oscuras de la historia de la humanidad, y aunque no ha desaparecido del todo -porque hay formas más sibilinas en el presente para someter a las personas-, en el pasado hubo momentos en los que el comercio de seres humanos se convirtió en fuente de enriquecimiento para unos pocos y motivo de sufrimiento extremo para otros.

Este año, la búsqueda de nuevos proyectos para la Fundación El Pájaro Azul me ha traído a Benín, un país interesante por muchos motivos. Es pobre en recursos, pero eso le da grandes ventajas: entre otras, disfrutar de un ambiente tranquilo, en el que las personas, aunque sean pobres, pueden aspirar a mejorar sus vidas. Hay también una intención gubernamental para que el país mejore a partir de la promoción del turismo, y si lo organizan bien, no dudo de que será un lugar que merecerá la pena visitar.

Estar en Benín implica conocer el papel que este entorno tuvo en el comercio de personas esclavizadas; digo "esclavizadas", porque nacían libres y adquirían esa condición cuando eran capturadas para ser vendidas como simple mercancía. Este hecho tan terrible tuvo lugar en el reino de Dahomey, situado en la costa de la actual República de Benín, un estado africano vinculado a la trata de esclavos y que tenía también otra particularidad: un ejército de mujeres soldados, amazonas, que debían ser vírgenes y célibes, además de fuertes y que tenían fama de ser especialmente sangrientas cuando se enfrentaban a sus enemigos. En este reino, fundado en la primera mitad del siglo XVII y que terminó en los primeros años del siglo XX (1904), se dieron las condiciones para convertir la trata de personas en un lucrativo negocio para portugueses, ingleses y franceses. Con la connivencia del rey Agaja, los comerciantes de este tipo de mercancía obtenían grandes beneficios al cambiar unas cuantas telas, tabaco o alcohol por personas: como ejemplo de los datos que se conocen, una pistola equivalía a 21 mujeres o 13 hombres. Todos ellos provenían, o bien de los enfrentamientos del propio rey con sus vecinos en sus ansías de expansión, o directamente de las capturas que se hacían en diferentes lugares del país.

En la plaza Chacha de Ouidah (capital del vudú pero también centro de la trata de esclavos), bajo un gran árbol situado en el centro, se hacía la subasta de las personas, previo examen indecoroso de las diferentes partes de su cuerpo para ver si podían resistir y tener un valor económico en destino. Desde el lugar en el que habían sido capturados, llegaban caminando hasta esta ciudad, encadenados y arrastrando una pesada bola de hierro –muchos de ellos quedaban en el camino–, después, una vez subastados, pasaban por el Árbol del Olvido, y allí las mujeres daban siete vueltas y los hombres nueve, con el objetivo de olvidar sus orígenes, una tradición vudú que parte de que las mujeres tenemos menos costillas que los hombres. A continuación, pasaban a la Casa Zamai, una construcción sin ventanas ni ventilación, en la que cientos de personas permanecían hacinadas en unas condiciones infrahumanas, conviviendo con sus propios excrementos, comiendo algo cada dos días y apenas sin beber (se trataba de que así se fueran acostumbrando a la dura travesía que les esperaba en el mar). Para los que se morían, se abría una fosa común, y los que trataban de rebelarse sufrían castigos especiales, como soportar un hierro grueso en la boca para que no pudiesen hablar, y más cadenas. De ahí iban caminando hasta el mar, y antes de llegar al barco, algunos se tiraban al agua para ahogarse mientras otros comían arena en un intento desesperado de matarse ante el horror de pensar que el hombre blanco los podía comer. Una vez en el barco, los disponían en las bodegas, sin apenas ventilación, las mujeres boca arriba -para desahogo de los tripulantes si les apetecía- y los hombres boca abajo para que no tuvieran oportunidad de defenderse. Una gran mayoría quedaban en el camino y los que llegaban a destino no tenían mejor perspectiva en sus vidas.

Una historia terrible, que arrancó de su medio a millones de personas: hombres, mujeres, incluso niños, condenados a vivir un tormento. Unos hechos en los que confluyeron de un lado, la usura y la codicia de unos, los comerciantes ingleses, portugueses y franceses, que trataban de enriquecerse comerciando con personas; y de otro lado, el afán de poder de los mandatarios locales, que buscaban consolidar su reino de este modo. Al final, entre unos y otros escribieron una de las páginas más negras de la historia de la humanidad.

Todo esto que nos parece lejano por los hechos en sí mismos, no lo es en cuanto a la codicia, la usura y el afán de poder que siempre están ahí, presentes en toda persona que intenta someter a otra o sacar partido de su situación de vulnerabilidad.

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