Opinión
Perrhijos
Los perros sustituyen a los hijos
En casa de mi abuelo, en un precioso pueblo de Aragón, cerca de Soria, Villarroya de la Sierra, vivía el abuelo Pedro en viudedad, ejerciendo la profesión de médico, con los cuatro hijos varones que le dio su mujer, mi maravillosa abuela Felisa, y un ama para cuidar a cinco varones.
Pues bien en la casa familiar había un perro, un seter de caza, que vivía estupendamente en su patio. Era feliz cuando salía de caza, ayudando a aportar a la cocina unos conejos o liebres cazadas por los montes cercanos. Algún día se acercaba manso al fuego del hogar familiar, para calentarse, dormitando con sus orejas atentas y recibiendo alguna palmada cariñosa cuando volvía a su fría cama del patio. Su comida, abundante, las sobras de las comidas caseras con algún extra, como un mendrugo de pan o algún recorte de la carne para el cocido.
El perro no hablaba, pero si lo hubiera hecho, aunque sus gestos eran suficientes, habría manifestado la felicidad de sentirse parte complementaria de la familia. Vivía como la mayoría de los perros caseros, servicial y agradecido.
Estos días, desde hace bastantes meses, paseamos mi mujer y yo por una pista en la ladera del ovetense monte del Naranco, en la que el suave ejercicio nos viene de perlas.
Pues bien, en ese paseo corren de formas diversas infinidad de perros, chicos unos y más grandes otros, sujetados con correas obligatorias unos y otros sueltos a su aire, no siempre de forma segura, para evitar accidentes diversos a los viandantes. Muchos ya abueletes (como la señora que rompió su cadera trastabillada por un can suelto)
El tema profundo de este relato es observar que los animales acompañan a gente de todas las edades. Uno entiende bien ese perrito compañero de una anciana paseante y que le proporciona en casa la compañía que le niegan los suyos.
Es más preocupante la cantidad de parejas jóvenes con dos grandes perros, y que uno intuye que conviven en su hogar, en el que no existen hijos, estos son los perrhijos, que están llevando al preocupante resultado de que en Oviedo es muy superior el número de perros hogareños registrados, más del doble, que el de niños menores. Los perros sustituyen a los hijos. Observando la atractiva juventud de esas parejas perrunas uno se pregunta qué tipo de relación tienen, quizás solo compañía temporal y satisfacción sexual poco amorosa (al menos pensando que el amor, de jóvenes, conlleva el deseo de continuarse en el otro trayendo al mundo una criatura de ambos y preciosa), hay pues ausencia de consecuencias naturales. Una actitud perversa, con las pocas excepciones de parejas sin trabajo y que, deseando tener hijos, fruto de su amor, están en malas condiciones económicas y quizás, sin apoyo familiar.
Todas estas perversiones llevan a la destrucción de un pueblo, como persigue el indeseable Soros, que ahora, una vez que ha sembrado con su sucio dinero, la antivirtud en Europa, este vegestorio diabólico, se va a otro lugar del mundo a destruir con su maldad nuevo orden mundialista.
Pero como iniciaba se prefiere alimentar a perros que criar a hijos. Esto tiene un final horrible: una España, cada vez menos española. Podemos mirarnos en la vecina Francia.
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