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La cara más amarga de la miseria

La ingente labor infantil de las hermanas Terciarias Capuchinas en Nikki (Benín)

Nikki es una localidad al norte de Benín, donde las hermanas Terciarias Capuchinas tienen un centro para el control de la malnutrición infantil. Sobre las ocho y media de la mañana es la hora para pesar a los niños; unos llevan allí unos días acompañados por sus mamás, para ver si pueden aumentar algo de peso, y otros llegan nuevos cada día. Este centro funciona desde hace veinticinco años y los efectos de su trabajo se notan en la disminución del número de casos y de la mortalidad infantil por esta causa.

Cuando llego al punto donde las madres esperan con sus niños en brazos, me encuentro a un grupo de diez mujeres, todas ellas jóvenes, tan jóvenes que prefiero no saber su edad, porque la mayoría están por debajo de los veinte y algunas no parecen tener más de catorce o quince años; en realidad, son adolescentes que acaban de doblar la esquina de su propia infancia y no saben qué es eso de la adolescencia, que tantas preocupaciones provoca en otros contextos.

Nacer aquí les impone una vida en la que no tienen opción de cuestionarse muchas cosas, porque han de seguir el camino trazado por el medio social, con todos sus inconvenientes, como casarse en cuanto tienen la regla con el hombre que habrá convenido con sus padres que esa chica sería para él; a lo mejor la niña tenía siete u ocho años cuando los adultos llegaron a ese acuerdo y el hombre habrá dado a sus padres una vaca o unas cabras y unos pollos, algo con lo que la familia sintió que su vida mejoraba por un momento, sin tener en cuenta lo que implica para el futuro de esa niña, atada a una tradición que no tiene en cuenta sus derechos como niña y como mujer. Al poco de esa ceremonia de matrimonio, la chica formará parte de una familia en la que habrá otras esposas y empezará a concebir hijos, uno tras otro, lo que también contribuye a la malnutrición, porque apenas tiene unos meses el niño o niña, la madre se queda embarazada de nuevo, deja de tener leche y no pone a su hijo a comer otra cosa; lo lleva encima de sí a trabajar al campo y el niño, al principio, llora, pero luego se adormece cada vez más, hasta que empieza a tener fiebre, diarrea y vómitos, y es entonces cuando lo lleva al centro, ignorante de que su hijo se está muriendo de hambre. Estas chicas son tan jóvenes que parecen niñas que juegan con sus muñecos…, pero no es así: lo que cada una sostiene en sus brazos es su hijo o hija, niños menores de dos años que sufren malnutrición. Algunos llevan varios días en el centro, vigilados por el personal que allí trabaja y que enseña a sus madres a prepararles la comida y cena de cada día; esos están más espabilados respecto a los que llegan nuevos, que están más adormecidos y apenas se mueven, aunque si te miran, lo hacen con esa mirada amarga del hambre que te taladra por dentro, provocando un montón de preguntas que te bombardean y para las que no hay respuesta que te deje tranquila.

Una tras otra va pasando cada madre con su niño o su niña. Los desnudan, y de entre las ropas que los cubren, salen unos cuerpecitos evidentemente flacos a todas luces, y los que parecen estar más gorditos, lo que tienen son edemas o el vientre abultado del hambre. La mayoría no llora, porque no tienen fuerza para hacerlo, y los ojos enormes con los que miran al mundo no son de asombro, simplemente están agrandados por la falta de carne en la cara. Que nadie piense, sin embargo, que les falta cariño, porque cada madre sostiene a su hijo como un tesoro que rodea con sus brazos y pega a su cuerpo, pero su ignorancia de la vida, unida a la falta de recursos, les impide atenderlo según las necesidades reales de estos pequeños.

Da vergüenza comer después de ver esto… Ya sé que no voy a solucionar la vida de estos pequeños por no hacerlo, pero la pena te tuerce el estómago y no te deja espacio para mucha comida. Y lo peor de todo es que no sabes bien dónde está la solución, porque esto es un problema estructural enraizado en la cultura de un lugar que no permite que las mujeres progresen. La labor que hacen todas las congregaciones que trabajan con este problema tiene un gran mérito y, por lo pronto, no debemos perdernos en teorías que no solucionan nada, porque esos pequeños, cada uno de ellos y ellas, lo que necesita ahora es la atención médica necesaria y eficaz que, de momento, le salve la vida.

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