Malas noticias para el macho

Una revolución en un país tan inútilmente testicular

Ánxel Vence

Ánxel Vence

Al pobre macho rebosante de testosterona, ya sea moreno o rubiales, empiezan a quedarle cada vez menos oportunidades de ejercer su soberbia. La invención del succionador de clítoris Satisfyer, hizo más por la autodeterminación de las señoras que cualquier ministerio de Igualdad; pero eso fue solo el principio.

La ciencia, que no para en sus avances, ha mejorado ahora las prestaciones de aquel artefacto revolucionario con otro ingenio aún más sofisticado. Se llama Lelo Enigma Cruise en su versión premium y actúa simultáneamente sobre el misterioso punto G y el clítoris mediante "ondas sónicas" y "potentes vibraciones", según el prospecto de la marca.

El éxito del nuevo dispositivo, que deja en la prehistoria a los consoladores de toda la vida, ha sido fulminante. Las usuarias que se han animado a probarlo le dan nota de sobresaliente en sus críticas; y la venta es lo bastante copiosa como para dejar casi sin stock a los fabricantes del invento.

A diferencia del Satysfier, eso sí, el Lelo multifunción salió al mercado con un precio que acaso resulte disuasorio para muchas de las eventuales consumidoras. Cuesta alrededor de 200 euros, cifra que lo convierte en un producto solo al alcance de gentes de clase media tirando a alta o directamente adinerada.

El Satysfier, de más módicas prestaciones y mucho más bajo precio, sería, por así decirlo, el orgasmo del pueblo. O de la puebla, dado el sector de mercado al que se dirige. Queda claro que sigue habiendo clases, incluso en este dominio de la autosatisfacción erótica.

Cualquiera de los dos estimuladores supone una revolución dentro del arte de amar sobre el que tanto y tan bien escribió Ovidio. Obligadas hasta hace poco a depender de la mayor o menor destreza de sus partenaires masculinos, a menudo torpes, las mujeres han encontrado por fin un amante seguro y sin fallos de performance.

Los modernos galanes electrónicos son recargables, no sufren gatillazos ni eyaculación prematura y tampoco roncan una vez concluida su función. Favorecen, además, la autogestión del placer y pueden usarse tantas veces como le plazca a la feliz propietaria del instrumento. De ahí a la independencia sexual no hay siquiera un paso.

Tampoco quiere esto decir que sea necesario prescindir del hombre (o de la mujer, según las apetencias de cada cual). Aunque no puedan competir con estos hallazgos tecnológicos, los varones siguen haciendo mucha compañía en la cama y hasta ofrecen cariño en el caso de los más atentos, que también los hay.

A todo ello hay que añadir que, si bien la masturbación proporciona muchas alegrías, no es menos verdad que fornicando se conoce gente y puede una –o uno– ampliar el círculo de sus relaciones sociales. Una cosa no quita la otra, dado que son actividades compatibles e incluso compartibles.

Nada de esto debiera afligir a los varones cabales, aunque sí a los machotes que van por ahí tocándose groseramente sus partes en lugar de utilizarlas con tino en los más provechosos lances del amor. Quizá la competencia del Lelo y el Satisfyer los estimule también a ellos a tratar con la debida delicadeza a las señoras. Esa sí sería una revolución en este país tan inútilmente testicular.

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