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Una llamada a la amplitud de miras

La vigencia de unos mensajes que reclaman suprimir fronteras artificiosas e impulsar un trabajo colaborativo en favor de la salud

A los pocos días de estallar la pandemia de covid-19 que nos encerró en nuestras casas, todos los medios de comunicación nos lanzamos a lo mismo: preguntar a un puñado de expertos cómo sería el mundo en la postpandemia. La mayor parte de los opinantes vaticinaban que las rutinas cotidianas darían un vuelco, que las costumbres mutarían, que las mascarillas proliferarían por la calle como en Japón, que nunca más nos daríamos abrazos ni besos... A día de hoy, sabemos que la mayor parte de esos pronósticos no se han cumplido. Nuestras existencias actuales son muy parecidas a las previas al coronavirus. A primera vista, apenas queda rastro de aquellos meses tan duros e inciertos. Sin embargo...

Sin embargo, algo ha cambiado. La pandemia de covid situó en el centro del escenario a profesionales y tareas que no solían ocuparlo. Pongamos como ejemplo a los trabajadores de los supermercados y a los repartidores de todo tipo de bienes. En el ámbito sanitario, el coronavirus dio a los profesionales un orgullo identitario que les hacía falta y también una conciencia de trabajo en equipo que la progresiva parcelación de las disciplinas de la salud había debilitado. Los cuidados ganaron espacio. La humanización de la asistencia saltó a un plano prioritario. Y en la gran esfera de la medicina científica mundial, la crisis sanitaria impulsó una colaboración nunca antes conocida para conocer la enfermedad, lograr una vacuna en tiempo récord y, a continuación, poder aplicarla también de forma rápida.

Y aquí es donde estas líneas enlazan con el acto celebrado ayer en LA NUEVA ESPAÑA para entregar los primeros Premios Salud de este periódico. Una iniciativa que complementa los seis años de publicación mensual de un suplemento con contenidos variados y multidisciplinares, y de la que se derivan algunos mensajes inequívocos.

En la producción –verbo horroroso, pero ilustrativo– de salud, todo y todos cuentan. En ocasiones, las aportaciones de apariencia menos relevante se vuelven decisivas. En tu salud computa lo que haces y lo que dejas de hacer; lo que haces y lo que te hacen. En la asistencia sanitaria, todos los agentes son importantes. En un hospital, el papel de los médicos es determinante. Pero el tono de bienestar en una planta lo marcan las enfermeras, las TCAE (auxiliares), los celadores y las limpiadoras. La salud tiene un fuerte componente físico, pero también psíquico... Y todos estos ingredientes son importantes.

Por eso no es baladí un mensaje como el que ayer transmitió Amalio Telenti, premiado por su trayectoria clínica e investigadora, en el que destacó la artificiosidad –y a la sazón ineficiencia– de establecer fronteras entre universidad, sociedad y empresa. Ni es desdeñable un testimonio como el de la oncóloga de Paula Jiménez Fonseca, premiada en la categoría de Proyección, que subraya la simbiosis entre un tratamiento idóneo y una fuerte dosis de empatía con el paciente.

La pandemia derribó divisiones entre profesiones y disciplinas: todo era relevante para superar la crisis sanitaria y recobrar la normalidad. La salud bien entendida es colaborativa, busca la complementariedad, derriba contraposiciones que, a menudo, ocultan intereses gremiales o de grupo.

La salud reclama integralidad, es obra de todos y para todos, y requiere una amplitud de miras como la que ayer impregnó la ceremonia celebrada en LA NUEVA ESPAÑA.

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