Opinión
Un puente demasiado lejano
De los problemas en los trenes por toda España a los nombramientos del Ministerio de Exteriores

Un puente demasiado lejano / Ilustración: Pablo García
No me voy a referir a la película de 1977 "Un puente muy lejano" de Richard Attenborough, sino al ministro de Transportes, Óscar Puente. Si me decidiera a invertir en alguna empresa, la que no escogería nunca sería Renfe. Van cuatro días que la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles tiene que devolver el importe de los billetes a más de 900 usuarios por no cumplir los horarios establecidos para el recorrido de Madrid a Gijón. Eso, de momento.
La Variante "va como la seda", según anuncia la empresa, pero parece que a la seda le salen arrugas a cada poco, unas veces es la alta tensión que no es tan alta como debiera en Chamartín, otras las circunstancias meteorológicas. El caso es que la variante funciona, pero lo que va rodando sobre ella, no tanto. Además, coincide con las fiestas navideñas, en las que la gente se mueve de modo especial por vacaciones, reunificaciones familiares y celebraciones varias.
Uno de los últimos trenes que causaron la desolación de los usuarios salió de Madrid a las 10,24 y tenía que llegar a Gijón a las 14,22, a cuyo tiempo tuvieron que sumarle una hora más de retraso. En total unas cinco horas. Muchos se preguntarán si para este viaje hacían falta tantas alforjas repletas de millones de euros. Al ministro de Transportes, Óscar Puente, el azote de la derecha, le caen los trenes encima por todos los lados. Desde Madrid le piden "una conferencia nacional urgente". Desde Málaga le indican "que la situación de la red ferroviaria es insostenible". El alcalde de León "pedirá el cese del ministro" si continua con los ataques continuos a esa provincia.
Da la impresión de que el presidente Pedro Sánchez eligió a Óscar Puente como ministro de Transportes más por su apellido, que encajaba bien en su cartera, que por sus dotes y conocimientos sobre el asunto. Aunque ya sabemos que algunos ministros y altos cargos lo mismo valen para un roto que para un descosido, como se suele decir. Desde Asturias se contemporiza para no romper la sintonía del partido que gobierna en España y el que gobierna nuestra Comunidad.
Los sindicatos, que llevan años de siesta (dónde quedaron aquellas movilizaciones día sí día no), han despertado del letargo, algo así, y también reivindican más medios, más gente y más salarios. Lo de siempre, pero sin algaradas ni quema de neumáticos, señas de identidad del sindicalismo de izquierdas asturiano.
Hay como una desgana política en todo esto, la apisonadora Sánchez desparrama sus tentáculos en todos los frentes. Ahora también en la Unión Europea, al nombrar como secretario de Estado a Fernando Sampedro Marcos, que no pertenece al cuerpo diplomático. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, sabe que la lealtad de los miembros del cuerpo diplomático es inamovible, y nadie hará ningún gesto de protesta al respecto, aunque tengan que bregar en cargos para los que no han sido preparados. Hay varias secretarías en exteriores afines al PSOE y sus miembros ajenos al cuerpo diplomático. Algo inusual y propio de países poco democráticos, donde varios componentes de una familia forman parte del gobierno de una forma u otra. Incluso en algunas embajadas importantes del mundo envió a políticos cercanos al partido, y no diplomáticos, que es lo propio, con menosprecio de este gremio laboral del estado que está especializado en asuntos extranjeros fuera de partidismos, y que tienen que tener una preparación específica: idiomas, relaciones internacionales y experiencia y conocimientos de otros países. De hecho, cada tres años se reajustan los cargos de este tipo.
Hace unos días hablaban en un programa de la televisión sobre la habilidad sanchista de afirmar una cosa y a la semana siguiente la contraria y quedarse tan Sánchez. Según dijo el periodista Rubén Amón en un programa vespertino de televisión, es la táctica del microondas: deja un asunto en la nevera y cuando lo necesita lo mete en el microondas. Es lo que podríamos llamar la operación supositorio, entra lentamente para que el paciente no se entere, luego ya vendrán los efectos secundarios.
No parece muy apropiado el actual ministro de Transporte como el más apto para estas operaciones teñidas de cierto sibilismo, ya que se muestra más como un puente colgante que se balancea según le responde la oposición, que como un acueducto de larga vida. Tal vez después de las Navidades algunos de estos puentes del gobierno tendrán que renovarse, si las circunstancias lo permiten y algunos medios de comunicación se liberan del yugo que, sin darse cuenta, o a sabiendas, les aprisiona y envilece.
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