Opinión
"Con el diablo no se dialoga"
A propósito de una frase del Papa
La frase del título corresponde al Papa Francisco, y continúa: "Hay que custodiar el corazón". Desde pequeños nos enseñaron que los enemigos del alma eran tres: mundo, demonio y carne. Me parecen pocos enemigos para tanto mal como acecha a la población en este principio de año 2024.
Sabemos que la Iglesia es un sistema piramidal. Si decapitamos la cúspide de la misma, nos quedamos sin la fe, origen de todas las creencias. Entonces el mundo se hace cargo de la vida. ¿Qué sería de ésta sometida a las exclusivas normas de la fe? Salimos a la calle y la avaricia es lo que domina a la estirpe humana, sostiene el sistema, favorece la continuidad del modelo económico, se muestra en las tiendas a rebosar, paquetes que impiden ver la calle, villancicos como valuarte de la felicidad enlatada, confituras como excelencia gastronómica de estas fechas, mensajes que corren como reguero de pólvora por los teléfonos, por las redes sociales, donde la mayoría enviamos hermosas frases que se inventan otros, para qué esforzarnos en una oración gramatical con significado navideño, si ya las hacen los demás sin que tengamos que esforzarnos nosotros, y así reenviamos a estos y a aquellos los mismos mensajes, y acaban dando la vuelta a medio mundo y nos vuelven a llegar de idéntica forma y con los mismos contenidos.
¡Ay!, el demonio, esa especie de ángel sin abanico, huido del infierno, deambulando por entre el gentío, presidiendo en ocasiones las comidas familiares, aconsejándonos a ver a quién debemos mostrar nuestro cariño o a quién debemos ignorar. Nadie se da cuenta, es excesiva la marabunta, el tropel de sueños que nos rodean, la vanagloria de unos días efímeros, ese ser que se salió de la fila de los ángeles obedientes, un príncipe con aspiraciones inmediatas de ser rey, príncipe del mal, rey crucificado. Si echamos cuentas de la actualidad cuántos príncipes del mal nos rodean, embadurnan las páginas de los periódicos, descabezan la felicidad de las gentes, destrozan el momento sin responsabilidad ni derechos ni remordimientos, son una lepra que lentamente van desgajando la vida de los niños, como una naranja se desploma ante el mordisco, van generando dolor por donde pasan, sembrando maleficio, apurando la codicia con el único interés por denigrar al contrario, por destruir sus moradas. Son tantos los medios técnicos actuales que sin levantarse del sillón se pueden demoler ciudades, enterrar bajo cascotes a los ancianos, descerrajar con metralla el pecho de los hombres y las mujeres uniformados, que defienden lo que es suyo hasta este día. Un instante en el que se diluyó la concordia, se rompieron los papeles que hablaban de respeto, se orientaban sobre la conducta, reflejaban los caminos a seguir para evitar el asalto apareciendo tras la maleza de la maldad y el egoísmo.
De siempre, la carne como soporte de la procreación, como divertimento de las masas, como camuflaje de las inclinaciones, como causa de persecución. En ciertas fechas la Iglesia como especialista y manantial de la indulgencia metiendo bajo la alfombra los devaneos amorosos, cubriendo con el engaño la satisfacción del placer sin compromiso. Dice el Papa a continuación que "hay que custodiar el corazón". "El mal se insinúa en la duda". En mi última novela "El viajero peregrino" me he zambullido en los arcanos de la Iglesia, conozco bien la dialéctica evangélica, la habilidad casi literaria para orientar sin ofender, para encauzar hacia la fe sin aclarar que no es más que un concepto subjetivo, que esa forma meliflua de mostrar la enseñanza no es otra cosa que rodear con el lazo amarillo del regalo un enjambre de traviesas recomendaciones. Algunos las siguen con devoción y otros las escuchan como una hermosa sinfonía en momentos puntuales de las fiestas concelebradas de cada Navidad a través de altavoces urbanos, de coros de alevines con sus albas cortas. El corazón y la cabeza siempre en lucha. ¿Dónde está el amor, en el corazón o la cabeza? ¿Cómo se sabe el lugar en que reposa, el rincón donde medita? La inteligencia lo abraza pero sin apretarlo, el corazón lo besa y lo destruye.
A todas estas, ¿quién se acuerda de los nacimientos? No cómo maquetas de que revelan paisajes antiguos con efectos especiales: fuentes que canturrean, herreros que forjan el metal, carpinteros que soportan la historia en Belén, ciudad hoy convertida en vertedero de padecimiento. Con eso nos hemos quedado. El Niño ni llora ni reclama piedad. Al final nos aferramos a la esperanza de unos Reyes Magos de cuyo reino nunca hemos sabido, pero no nos importa. El zapato ya quedó por la noche sobre la alfombra de la salita, la ventana entreabierta y tres cafés calientes.
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