Opinión

Los patrimonios del agua

Lluvia, pesca, energía y arquitecturas singulares en la región

Los patrimonios del agua

Los patrimonios del agua / LNE

Es Asturias tierra de aguas. Aguas que crean patrimonios, que tejen itinerarios, que cuentan historias que merece la pena escuchar mientras recorremos nuestro territorio con los ojos que emergen del agua.

Aguas que a veces caen del cielo con tal monotonía que pareciera imposible que alguna vez fueran a cesar.

Aguas subterráneas que crean cavernas, sirviendo de refugio a los primeros pobladores, y en las que -como en Tito Bustillo, El Pindal y muchas más- dejaron ellos su impronta pictórica.

También, las aguas de los ríos que nacen transparentes en las montañas y por regueros humildes descienden a través de los riscos de Picos de Europa, de las peladas laderas de las solitarias montañas del occidente profundo. Y se unen y entrelazan creando los grandes cauces del Eo, el Sella, El Nalón, el Narcea. Ríos trucheros, ríos de pesca, de subasta del campanu.

Pero también ríos que se precipitan sonoros por saltos imposibles para generar electricidad. Algunos apabullantes como en Grandas de Salime, otros modestos que alimentan o alimentaron minicentrales como en Puerto, junto a Las Caldas en Oviedo, La Malva en Somiedo y tantas otras. Alguna reorientada para uso turístico, y que conserva toda su historia atesorada en una nave, así en la de Silviella en Belmonte de Miranda. Y todos esos alardes arquitectónicos firmados por Vaquero Palacios.

Y ese otro aprovechamiento hidráulico preindustrial que exhibe Teixois en Taramundi. En principio Teixois parece un pueblo perdido más. Pero, en realidad, es otra cosa. Aquí existe un complejo etnográfico compuesto por diversos ingenios hidráulicos, algunos centenarios, que aún funcionan. De hecho, cuando en la comarca la luz eléctrica era un sueño, ya en Teixois había electricidad, generada en una central propia que, como todo aquí, funcionaba gracias al sabio aprovechamiento de la fuerza del agua. Ahora, reconvertida en atracción turística, la aldea muestra su ingenio a los visitantes.

Y está también el agua de fuentes y lavaderos. Fuentes que ya de antiguo traían el agua a los vecinos. Desde la Foncalada -que, por lo menos, estaba ya en lo que ahora es Oviedo en el siglo IX- a las innumerables que salpican los caminos y vías de toda la geografía, con mayor o menor interés artístico. Así, destacan las que nos dejó la Ilustración, algunas atribuidas a Manuel Reguera: la de Manzaneda en la vieja carretera de El Padrún o la de los Cuatro Caños en Oviedo, y además las del Campo San Francisco y tantas otras. Sin olvidar a las xanas que con peines de oro se acicalan y seducen a los ingenuos en esas mismas fuentes.

Al pensar en lavaderos hay que evocar a los indianos. Porque muchos de estas construcciones, que evitaban a las mujeres tener que realizar la pesada tarea en el río, fueron pagadas con dinero de emigrantes a América que a su regreso intentaban mejorar las condiciones de vida de sus vecinos.

Y el agua está presente también en los restos de los viejos acueductos, como el de Los Pilares en Oviedo, que desde su construcción en el siglo XVI hasta el XIX abasteció de agua a la ciudad.

Más tarde, el agua propició la construcción de los viejos depósitos: algunos enmascarados en la inmensidad del Auditorio de la capital, como los de Pérez de la Sala en el siglo XIX. Otros en uso: los que diseñó Sánchez del Río para El Cristo en 1926, ensayando ya sus conocidos paraguas. Y en Gijón, los depósitos de Roces que se quieren transformar en centro cultural, y tantos otros.

También edificios más recientes son también producto del agua: el inmueble de la Empresa Municipal de Aguas (EMA) junto a la playa del Arbeyal, con su curioso parasol que se desplaza siguiendo el movimiento del sol; obra de los arquitectos Diego Cabezudo y Julio Redondo.

Y los embalses, algunos que incluso se utilizan para navegar como el de Tanes, y aquellos que nos sorprenden en cualquier recodo al perdernos por caminos y andurriales, como el de los Alfilorios. Y Caleao y su Paseo del Agua, a través de sus muchas fuentes y lavaderos

Hay que mencionar también las fiestas en torno al agua, desde el Campanu de cada río, al Descenso del Sella todos los agostos.

Y el agua que en forma de lluvia nos regala todos los verdes posibles y algunos de los imposibles en nuestros paisajes. Aguas que obligan en Asturias a usar paraguas, a crear recintos para cobijarse, a inventar con Ángel González lugares propicios para el amor en los inviernos húmedos y fríos. Así, desde soportales a atrios o incluso los paraguas de Sánchez del Río en Siero o en Oviedo nos pueden servir.

Y por supuesto el mar, donde más agua hay. Lo que trajo, lo que se llevó, lo que puede ser el futuro. Pero eso da para otro tema.

Agua, mucha agua: subterránea, estancada, fluyendo, precipitándose. Asturias está también hecha de agua, que como los sueños se nos desvanece entre los dedos.

Sin embargo, todo lo construido en torno al agua sí se queda, y merece la pena recorrerlo. Con calma y con deleite, disfrutando de los encuentros y sorpresas. Esto también es Asturias.

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