Opinión | El pasado del presente

Elegir futuro

El continente pequeño de las guerras grandes

Ya lo decía el viejo refrán con lo de "pueblo pequeño, infierno grande". Europa, de difícil definición, no es un pueblo, sino una amalgama de pueblos con historias diversas interconectadas coexistiendo en un espacio al que las convenciones han asignado límites. Según la etimología puede significar ocaso o puesta del sol, "erebu". La narración mitológica la vincula a la ninfa Europa raptada por el libidinoso Zeus. En términos geográficos Europa va de la Península Ibérica y el Atlántico al oeste hasta los Urales y el Cáucaso, el Mediterráneo y el Ártico, a este, sur y norte. Y si lo aceptamos así Europa es, tras Oceanía, el continente más pequeño.

En la antigüedad la filosofía de los griegos hizo del Mediterráneo la cuna civilizatoria de Europa, expandida hacia el oriente y el sur por Alejandro Magno, continuada por la Roma imperial que superó esas fronteras y llevó cultura y guerra hasta el Danubio, Gran Bretaña y el Mar Negro. El cristianismo aprovechó aquello para su proyección; los pueblos de fuera de las "limes", los bárbaros, hicieron caer al gigante enfermo del que heredaron casi todo. Europa se fue haciendo con mochilas de gentes que aportaron sus tradiciones, costumbres, creencias y formas políticas constituyendo reinos en permanente interacción y guerra, binomio inseparable el de las letras y las armas. La guerra de los Cien Años, entre los siglos XIV y XV, complicó la existencia de numerosas regiones europeas que en el XVI se enzarzarían en otra con la crisis de la reforma protestante como excusa. En el XVII fue la guerra de los Treinta Años la que enfrentó antiguos territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. En tanto tiempo, en particular desde el siglo XV, Europa había influido, con buenas y malas artes, en el resto del planeta Tierra que redondeó y globalizó.

El luminoso Siglo de las Luces no fue pacífico; si productivo en ciencia y técnica. Acabó con lo que nos introdujo en la contemporaneidad, la Revolución Francesa de 1789 que agotada dio paso a la era Bonaparte; otra vez el viejo continente se vio envuelto en dos décadas de guerras. El XIX, el de la creación de los estados nacionales, vivió inestabilidades internas y avanzó hacia un mundo urbano e industrial plagado de máquinas y conflictos sociales. Nacionalismos en alza, rivalidades territoriales, políticas y económicas y ansias coloniales insatisfechas condujeron a la primera gran matanza del siglo XX, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) que Europa exportó al mundo para mal. No conforme, apenas 20 años después de su fin se desencadenó otra catástrofe planetaria con origen europeo, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En ambas fue vital para finalizar la participación del gigante europeizado del otro lado del Atlántico. Lo demuestran los 80 años del desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944.

Gracias a las aportaciones científico-técnicas, cuanto más breves las guerras, más destructivas y mortíferas. No hicieron falta, cien, treinta o veinte años, con cuatro o cinco las dos contiendas mundiales provocaron incontables víctimas. El hombre superó el poder destructor de los Dioses del Olimpo a lo bestia.

El hartazgo y el miedo espolearon modelos nuevos donde dirimir por vía de acuerdos los desacuerdos. En 1945 nació la ONU. Y en el maltrecho territorio europeo un grupo de pioneros idearon una Europa unida, pacífica y próspera, suavizando la división del Mundo en bloques antagónicos. En 1949, además de poner en marcha la OTAN, alianza militar entre europeos más Canadá y USA, se creó el Consejo de Europa para "promover la democracia y proteger los derechos humanos y el Estado de Derecho". El 9 de mayo de 1950 "el ministro francés de Exteriores, Robert Schuman, presenta un plan para lograr una cooperación más estrecha" con las industrias del carbón y del acero de Europa Occidental cooperando. Fue la CECA. Seis países, Alemania, Francia, Italia, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo la integran en 1952. Ampliados los sectores económicos en 1957 se firman los Tratados de Roma que ponen en marcha la CEE, Comunidad Económica Europea. Un año después nace la Asamblea Parlamentaria Europea que en 1962 se transforma en Parlamento Europeo y desde 1979 será elegido por sufragio universal de los ciudadanos miembros. En sucesivas ampliaciones (1973, 1981, 1986, 1992, 2000, 2007, 2013) la Comunidad, desde 1993 llamada Unión Europea, fue creciendo pese a sus crisis internas, como el Brexit de 2020. Las competencias del Parlamento aumentaron. Los tratados, varios y complejos, han ido perfilando políticas que han motivado progresos evidentes: una moneda común, el euro (1999), la libre circulación de mercancías y de personas, la supresión o liviandad de fronteras y un largo etcétera. La UE y sus 27 miembros actuales han visto un mundo que ha sufrido muchos cambios con repercusiones evidentes. Cayó el muro de Berlín (1989) y con él el mundo de bloques; resurgieron países nuevos y tensiones crecientes y todavía el suelo europeo sufrió una guerra local de manifiesta crueldad en los Balcanes entre 1990-2001. Ahora la UE se enfrenta a retos enormes: otra guerra difícil a sus puertas en Ucrania, el reto de las migraciones masivas, la desde 1948 "cuestión palestino-israelí" recrudecida y sus relaciones extraeuropeas no siempre fáciles; pero sobre todo tiene que bregar con la desafección interior azuzada por el poder emergente de los nacionalismos y los populismos. Todo ello a las puertas de unas elecciones que sentarán en el Parlamento a 720 europarlamentarios, 61 españoles.

El gran Amin Malouf ve la decadencia de las civilizaciones relacionada con el auge de la intolerancia política, los populismos y los nacionalismos. Sitúa a Europa en una disyuntiva clave: o aprovecha las dificultades para su definitiva integración o se desintegrará irremisiblemente. La izquierda "que no ha sabido gestionar las cuestiones identitarias, tiene parte de culpa". Parece que se impone la reconstrucción de los consensos porque si a las puertas de esta Europa de la UE tantos llaman será porque no es malo eso de mejor juntos y bien avenidos que separados y enfrentados. La Unión Europea, con sus defectos, sigue siendo necesaria.

[Amín Malouf (2024). El laberinto de los extraviados: occidente y sus adversarios. Madrid: Alianza; Historia de la UE (https://european-union.europa.eu/principles-countries-history/history-eu_es)]

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