Opinión | Parece una tontería

Cómo ser un traidor

El sino de las personas que cambian de bando es que toda su vida les recuerden lo que hicieron

La Historia tiene varias constantes a lo largo del tiempo, y una de ellas es la traición. Existe a la par que la lealtad, y produce tanto espanto que solo pensar en sus mecanismos, en abstracto, te hace cerrar los ojos. Pero temerla no lo hace desaparecer, y menos aún que deje de ser una alternativa al alcance de cualquiera. Todos vamos a pasar por ese momento, o momentos, en los que alguien muy apreciado nos da la espalda, o se la damos, o somos nosotros quienes de pronto abandonamos a la persona que éramos y nos traicionamos a nosotros mismos. Pensaba en ello estas semanas, después de mantener algunas conversaciones sobre la amistad y su alcance, y todo lo bueno que nos depara siempre contar con los demás y crecer como parte de esa red que forma el afecto personal.

Parece que a veces la traición forme parte irremediable de la condición humana. A cualquier historia le está reservada la posibilidad, al menos eso, de que al final acabe mal, como uno nunca previó. El patrón se repite: el traidor deserta y huye sin mirar atrás; es mejor no ver. Necesita alejarse rápido del traicionado: a veces un amigo, a veces la familia, un partido, los compañeros, quizá un negocio, un recuerdo, una convicción, una moda. Por supuesto, con su acto el traidor se destruye también a sí mismo, aunque él prefiere pensar que ni siquiera es un traidor. Al contrario: es común que se vea como una especie de héroe.

Aquello que lo llevó a cambiarse de bando lo recuerda siempre de otra manera, no del todo parecida a como fue. Parte de su trabajo es organizar el olvido. Sin memoria se anda más ligero, como cuando las víctimas del nazi Klaus Barbie le echaron en cara sus crímenes, y Barbie replicó: "Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes". Pero el sino del traidor es que toda su vida le recuerden lo que hizo. Pasarán los años, y siempre, de algún modo, será ese día, el de su traición, en el que, como en aquel verso de Juan Gelman, "hizo cuchillos con un instante del amor".

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