Opinión

A cara o cruz

Sánchez y Feijóo se juegan su futuro político con la Unión Europea por medio

Sánchez y Feijóo, el pasado 22 de diciembre en el Congreso de los Diputados.

Sánchez y Feijóo, el pasado 22 de diciembre en el Congreso de los Diputados. / JOSÉ LUIS ROCA

Casi sin darnos cuenta, los estados miembros de la Unión Europea están votando desde el jueves para decidir la representación de cada uno en el parlamento de todos. Aunque en un sentido pleno de la expresión todavía no son elecciones europeas, debe tenerse en cuenta que los ciudadanos eligieron de forma directa a los diputados del parlamento europeo después de la aprobación de la Constitución española de 1978. Desde entonces, el proyecto europeo no ha dejado de avanzar. Se han unido la mayoría de los países del continente; la estructura, las competencias y el presupuesto de la Unión han aumentado, y la conciencia europea es más fuerte. En resumen, Europa se ha hecho presente en la vida diaria de todos nosotros y los europeos en general perciben su influencia y la valoran positivamente. Sin embargo, las tensiones, la incertidumbre y las dudas que definen el mundo actual, y singularmente a la parte occidental, también se han apoderado de la vieja Europa.

El consenso de valores y propósitos que dominó con firmeza en Europa tras las guerras mundiales, y que impulsó la Unión, se tambalea. Las interferencias del exterior están perturbando la relativa calma que hemos disfrutado durante décadas. En la frontera, tenemos una guerra en la participa un país, Ucrania, aceptado como futuro miembro de la Unión, que ha sido invadido por otro, Rusia, empeñado en crear conflicto y división dentro de Europa. Una victoria de Trump en noviembre agravaría este problema. Y, por otra parte, la inmigración está provocando convulsiones internas, que repercuten claramente en la vida política de cada país y del conjunto de la Unión. El voto a los partidos nacionalpopulistas ha pasado en treinta años de la nada a casi el 20%. En estas circunstancias, la Unión se enfrenta al reto de dar nuevos pasos en el proceso de integración y definir su posición en un mundo que se ha vuelto inseguro, amenazante, y se encuentra en una situación límite.

Los europeos sienten la preocupación por el destino de Europa, que será el suyo. En torno a esta cuestión de la máxima importancia y urgente debería haber girado la campaña electoral. Produce una amarga desazón que apenas se haya hablado del desafío existencial al que se enfrenta Europa, cuando además el mundo está en riesgo de colapso. La sociedad española profesa una querencia europeísta de la que hay buena constancia, sea superficial o profunda, muestra una actitud agradecida y receptiva a Europa, y está dispuesta a implicarse en mayor medida en los asuntos europeos. Pero los partidos políticos han escamoteado los grandes temas que se dirimen en estas elecciones a los votantes, desviando su atención hacia las peloteras de la política doméstica.

El PSOE y el PP, entregados con celo a su particular batalla, llevan la voz cantante. Pedro Sánchez se relame con la idea de frustrar una victoria de toda la derecha junta y Feijóo piensa en un resultado que propicie el asalto final al "sanchismo". Mientras Europa se debate entre ser o no ser y el espacio electoral ocupado por los partidos que han cooperado a levantar la Unión y la sostienen en pie se vacía parcialmente de electores que engrosan las fuerzas radicales, en España son los partidos decididamente europeístas los que adoptan actitudes polarizadas, rayanas en la mutua hostilidad personal. En los países centrales de Europa, la derecha y la izquierda de antaño sobreviven a duras penas; en España aún conservan la posición dominante.

Sánchez y Feijóo han decidido jugarse su futuro político en estas elecciones, con la Unión Europea, los jueces y los medios de comunicación por medio. Así las cosas, muchos electores desconcertados no sabrán si votar en clave europea o de política nacional. Lo que parece seguro es que los partidos harán una lectura "española" del escrutinio. Un triunfo del PSOE no garantiza una legislatura tranquila al Gobierno, eso depende de los nacionalistas catalanes, pero dejaría en estado crítico el liderazgo de Feijóo. Una victoria clara del PP, con cuatro o más escaños de diferencia, pondría a Pedro Sánchez y su Gobierno en evidencia ante sus socios parlamentarios. Solo un resultado que pueda equipararse a un empate podría salvar a uno de los dos de tener que apechar con serias consecuencias, permitiendo que en la política nacional las cosas siguieran como hasta ahora. Es decir, en ese caso volveríamos a ver qué sucede en Cataluña, con la amnistía, la corrupción y la pelea de cada día entre el PSOE y el PP, que efectos tan dañinos está ocasionando en nuestra democracia. La moneda está en el aire.

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