Opinión | Lo que hay que oír

No me sea usted ordinario o insúlteme a lo fino

Ultrajes antiguos y befas modernas

No me sea usted ordinario o insúlteme a lo fino

No me sea usted ordinario o insúlteme a lo fino / LNE

Qué mal, que desastre de insultos se siguen oyendo por ahí. Los de siempre: hijo de tal, me eso en tus esos, macho cabrío, busconona verberona, ankolewatusi (yo también hube de buscarlo en la wikipedia, no se inquiete el lector)... Menos mal que admirables diccionaristas o lexicógrafos de los que habitan en las redes sociales van añadiendo ultrajes antiguos o befas modernas que renuevan ese campo asqueroso, a mi juicio, de malgastar indecorosas palabras con el prójimo, que acaso no lo merezca. A ver si los políticos profesionales les dan las gracias como hago yo, rendido a su labor.

Mientras tanto sigo haciendo acopio de tales palabras injuriosas sin perder de vista las nombradas por Pancracio Beltrán, ni "La lengua de tu madre", de Stephen Burgen, ese compendio comparativo de los vocablos afrentosos de aquí con los de la varia Europa recién votada. Veamos. No llame necio al ignorante: llámele adufe o pandero. Ni se dirija a esos vividores advenedizos y goyos así sino tratándolos de arrastracueros. Deje con la boca abierta a sus interlocutores asegurando que a fulano se le soltado el atarre o la sotacola, que es el cincho del burro, como ya sabía Moratín hijo en el XVIII. Quienes hablan más de la cuenta son boquimuelles, cansalmas, letrines, parlanchines o pasmasuegras. Es decir, lo contrario de los callados, de los zamujos.

Me voy un poco al femenino. Naturalmente, la persona tonta es la que se lleva la palma numérica: una tonta es una comechapas, una tolai, una pavitonta, una panarra, una parguela (aunque, ojo, en Cádiz y en otras zonas de Andalucía también, significa, referido al varón, lo mismo que manflorita). ¿No conocen a ningún cabezalberca, ese alguien terco, testarudo como un sapo? Cuántos espectadores no ganarían los hoy pelmazos discursos parlamentarios si oyésemos decir cosas como "haría muy bien en achantar la mui su señoría, pues todos sabemos su condición de comebolsas, comeflores y sinentraero, quierodir cabezota". Muy mal está, es harto condenable escupir para el cielo acusando recibo de algún defecto físico de los semejantes: pero el (mal) ingenio del lenguaje español conserva cabezabuque o engañabaldosas para quien camina inclinado de un lado, y se le añade calzamonas si posee unas piernas a la vez bien largas y bien delgadas.

Líbrennos los dioses buenos de los cenizos o esbaratabailes; de los escolimosos, a los que nada contenta; de los fanfosqueros, siempre malmetiendo; de los filimincias, que no paran de sacarle punta a todo, sobre todo a los chapuceros o fulastres

A quien está lleno de melindres y cobardías y temores, llámesele cagalindes. Y calambuco, a quien no ve momento de salir de la iglesia, tan devoto como es. En español, caldúo, se aplica al niño que corre dando alaridos entre las mesas del restaurante, arruinándolo todo, bajo la mirada complaciente y neopedagógica de sus tarambanas padres... o chirimbainas padres. Me gusta cómo chupacables –en principio, quien se beneficia gratis de la electricidad comunal– ya se usa como aprovechado sin distingos, tal es la extensión de tan mala costumbre. Y me hace gracia ese culopollo que oí, para referirse a alguien menudito y flaco. De nada vale quien es desgarracalzas o esjarramantas. Tampoco el habahelá. Y menos los echacantos, quienes solo disparan sinsentidos. Y que nos libren los dioses buenos de los esbaratabailes o cenizos; de los escolimosos, a los que nada contenta; de los fanfosqueros, siempre malmetiendo; de los filimincias, que no paran de sacarle punta a todo, sobre todo a los chapuceros o fulastres. Un pareado: es gorrumino aquel ruin y mezquino. Es lloramigas el llorón. Maganto el tristón, el siempre quejumbroso. Pero líbrenos el mundo del mangurrián (el basto y tosco), de metijacos y pitofleros, es decir, de esa peste de chismosos continuos, viejos de visillo. Son los metemuertos, dotados de tanta impertinencia que hasta aprovecharon el nombre para así autodenominarse los empleados que retiran y componen los muebles en el teatro, entre acto y acto o escena y escena.

Y, como hay que acabar, apártense de nosotros los tagarotes, quienes no ven momento de dejar de comer y, claro está, acaban convirtiéndose en zullencos, que son lo que llamarse suele (y ustedes me perdonen) pedorros frecuentes.

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