Opinión

El paradigma estatista y el mito de la "solución" europeísta

La vigencia de la idea de soberanía nacional

El paradigma estatista y el mito de la "solución" europeísta

El paradigma estatista y el mito de la "solución" europeísta / LNE

Es muy común, casi un tópico en España, particularmente entre los políticos, escuchar (así ocurrió en la última campaña de las europeas) que la idea de soberanía nacional está agotada. La expresión "cesión de soberanía" ha servido, casi como cortesía diplomática, para justificar la incorporación de los Estados a diferentes tratados (la OTAN, la UE). La Constitución española del 78 establece los mecanismos jurídicos para el consentimiento de la incorporación de España a los tratados o convenios internacionales a los tenga a bien adherirse (Cap. Tercero, art. 93-96). Pero hablar de "cesión" de soberanía significaría, según pretenden muchos, la suspensión de la acción soberana de los Estados, que quedarían despojados de su atributo característico, sin apenas margen de maniobra para operar libremente, soberanamente. La integración en la OTAN limitaría la capacidad operativa, desde el punto de vista militar, y quedaría en manos de Washington la toma de decisiones en este sentido. La integración en el tratado de la UE limitaría la capacidad soberana desde el punto de vista comercial, monetario y financiero, dejando que Bruselas o Frankfurt sean las que decidan. La soberanía, en tanto que nacional, quedaría así convertida en una quimera, en una cáscara vacía y sin apenas atributos. Funciones que, antes de la "era global", eran características del poder político, como la acuñación de moneda, o la firma de tratados de paz o declaraciones de guerra, han pasado a depender de organismos internacionales, que la tecnocracia global (o globalista) termina por resolver al margen de la acción de los Estados (a veces, incluso, contra ellos).

Este diagnóstico viene, además, acompañado, muchas veces, de una valoración positiva, incluso óptima, a propósito de esta nueva situación "global", viendo esa "cesión" como una necesidad geopolítica, en aras de la paz mundial, impuesta tras la borrachera de acción estatal que llevó a las guerras mundiales, y que dejaron Europa como una escombrera. El "multilateralismo" de los tratados, de la "comunidad internacional", limita las pretensiones unilateralistas de los Estados (que, por ejemplo, Rusia aún quiere practicar en Ucrania), y hace que tanto los mercados como las minorías étnicas o nacionales, incluso los propios individuos y su régimen de derechos y libertades, se vean menos asfixiados por esa función soberana, de tendencia "totalitaria" de los Estados (el "camino de la servidumbre", que decía Hayek).

La soberanía no es ninguna quimera, y sí lo es, sin embargo, "Europa" como "unión". La Unión Europea es un tratado (no un Estado). No existe nada en Europa que esté más allá de las soberanías nacionales

Según esta visión, la soberanía, por lo menos en tanto que nacional, y con todo lo que tiene de cierre –cerrojazo– ideológico nacionalista, se ha convertido en un mito: sin aduanas, sin reclutamientos forzados, con moneda e impuestos comunes, etc.

Si el Estado era un problema, el Tratado, por lo menos en Europa, es la solución.

Pues bien, una de las lecturas posibles, y creo que más claras, que se pueden hacer de los resultados de las últimas elecciones europeas es que la ilusión quimérica cae del lado de Europa, y su pretendida unidad "global", y no del lado de la soberanía nacional, que opera actualmente con igual vigor que antes de las guerras mundiales. El globalismo es una apariencia ideológica, no una realidad, que lo que busca es "naturalizar" (dicho en términos marxistas) la imposición hegemónica de unos Estados sobre otros (las nuevas tecnologías, internet, móviles, etc, ofrecen mecanismos que consolidan esa apariencia de una acción "global", pero es una apariencia falaz). Esa hegemonía (o pretensión hegemónica) aparece revestida de un "orden global", este es el engaño, bajo el supuesto de que la soberanía está agotada, cuando ocurre que, en realidad, determinada soberanía está marcando las reglas de las relaciones internacionales. Hablar del fin de la soberanía, como núcleo del ordenamiento geopolítico internacional, sería como hablar, mutatis mutandis, de la extinción del centro de una circunferencia con la ampliación de su radio. Los Estados soberanos siguen siendo las entidades básicas en torno a las cuales giran las relaciones internacionales: son los que mantienen ejércitos, dirigen la diplomacia, negocian tratados, hacen guerras, controlan las organizaciones internacionales, imponen tributos y, en buena medida, configuran y determinan la producción y el comercio.

En definitiva, la soberanía no es ninguna quimera, y sí lo es, sin embargo, "Europa" como "unión". La Unión Europea es un tratado (no un Estado), de tal modo que lo que se ha votado el domingo no es la constitución de un parlamento "soberano" (como se oyó decir –y aún se sigue oyendo– a políticos y periodistas sumergidos en el mito europeísta), sino la formación de un organismo diplomático que presupone la acción coordinada de las soberanías de los Estados miembros, nunca su extinción. La realidad política, la realpolitik, sigue siendo la que marca el paradigma estatista. Lo demás, la panacea europea, es retórica cancilleresca interesada, en que unos Estados quieren imponer unas mejores condiciones para ellos frente a otros. No existe nada en Europa que esté más allá de las soberanías nacionales. Non plus ultra.

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