Opinión | mujeres

La mirada no engaña

Cristina García Rodero es una cazadora de instantes en busca de la verdad y la emoción con su fotografía

A Cristina García Rodero le nació primero la curiosidad y luego la vocación por la fotografía viendo a su padre tomar instantáneas de los momentos felices de la familia. Es de suponer que con esos inicios fotografía y felicidad son todo uno para García Rodero. Lo que hacía su padre, capturar instantes preciosos para que no se perdieran, es lo que ha hecho ella durante toda su vida, revelando una belleza extraña e inesperada en lugares donde pocos se hubieran detenido a buscarla. García Rodero empezó retratando a sus hermanos y a sus gatos y acabó iluminando un país que nadie veía, en proyectos fotográficos como su "España oculta". Luego viajó más lejos, dejándose guiar por su mirada, a la India, a Haití, lejos, muy lejos, en busca de la verdad.

"El día que me aburra dejaré de ser fotógrafa, necesito emocionarme", se confesaba esta semana, el mismo día en que se supo que el premio "Princesa de Asturias" de la Concordia de este año sería para la agencia Magnum, en la que Cristina García Rodero ingresó en 2005. Fue la primera española, mujer u hombre, y, durante muchos años, la única. Ella sola sería merecedora de sobra del premio.

"Ya tengo unos años, tendré que ir escogiendo trabajos sencillos, en los que no haya que montar a caballo o subir una montaña", avisa. Ahora le viene al pelo una frase que oyó o leyó hace tiempo, aunque no recuerda de quién es: "La inteligencia reside en la rapidez para adaptarse a los cambios". El enunciado sirve para cualquier etapa de la vida y es evidente que García Rodero la ha tenido muy presente en su carrera.

La manchega nunca se presenta como fotoperiodista. Sus fotos son expresivas crónicas de un instante, de una época y a menudo de todo un mundo que está a punto de desvanecerse. Se tiene, eso sí, por una "fotógrafa documental", y, como tal, lo que busca es la verdad. "Nunca en mi vida he sido mentirosa", proclama. El ojo del buen fotógrafo, dice, es el de una persona que "sabe ver, creador, crítico, libre, que busca la verdad". Como la autora de una de las fotografías que más la conmueven. Es de Eugene Smith, de 1972, está tomada en Japón y retrata a una madre bañando a su hijo, con una malformación causada por el mercurio arrojado al mar. Se titula "Tomoko Uemura en su baño". En la red aparece censurada y desenfocada, clasificada como "contenido explícito", así que, de momento, no hay máquina capaz de emular la agudeza y la sensibilidad de la mirada humana.

"No se le pueden poner límites ni cerrojos a la fotografía, ni al arte", advierte la fotógrafa, que entre sus muchos premios tiene, desde 1996, el Nacional de Fotografía. El mayor será, seguramente, el de saberse merecedora del respeto y la admiración de varias generaciones de profesionales y una legión de amantes de la fotografía.

La obra de Cristina García Rodero puede contemplarse y disfrutarse actualmente en dos exposiciones, en Madrid, dentro de PHotoESPAÑA. Una es la indispensable "España oculta", en el Círculo de Bellas Artes, con la serie completa de 152 fotos en blanco y negro que empezó a hacer con una beca de la Fundación Juan March en 1973, cuando tenía 23 años, de pueblo en pueblo, en un coche en el que viajaba con un colchón de gomaespuma para dormir de camino; la otra se titula "Llibrets de festes", está en la sala Ponce+Robles y es una colectiva en la que se codea con sus otras dos colegas españolas en Magnum, Lúa Ribeira y Cristina de Middel.

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