Opinión

La voracidad mortal de la naturaleza

Lo raro es vivir, y el ser humano, por muchas razones, ha dominado el planeta y alcanzado la longevidad como una anomalía biológica

Esta bella y sabia naturaleza oculta bajo su aparente armonía una depravada crueldad. La vida existe como una excepción a la muerte. Acabada en este raro junio la época de la floración, sabemos que ese engalanamiento de los frutales, que en muchos lugares se han convertido en atractivo turístico, es un esfuerzo, un gasto energético desmedido del árbol por conseguir reproducirse. Solo algunas flores recibirán el polen que las germine.

Un polen que casi siempre transportan los polinizadores, atacados por los pesticidas y diezmados por los cultivos intensivos. La mayoría se marchitarán, morirán antes de ser fruto. Las que lo consigan, tendrán pocas probabilidades de medrar si anidan a la sombra de su progenitor. Por eso hacen una inversión brutal en azúcares, para atraer a un animal que las lleve en su intestino a cualquier sitio.

Volverá a la intemperie envuelta en heces, una energía que puede aprovechar la semilla para brotar la siguiente primavera y quizá convertirse en una plantita. Una plantita que tendrá que sobrevivir al ataque de los insectos y otros animales para los que sirve de alimento. Y a los insultos del clima. En fin, no sé cuántos millones de flores son necesarias para que un árbol produzca una cría. Depende de esa cadena de casualidades.

Así es nuestro mundo, así nuestra vida. Una vida que tratamos de controlar con la cultura y la ciencia. Ellos, la mayoría de los seres vivos, no pueden. Por eso tienen que desangrarse en miles de huevos. Por ejemplo, el gusano pelo de caballo que vive en los charcos. Cuando los huevos, adheridos a la vegetación, eclosionan, las larvas nadan buscando un huésped al que colonizar, una ninfa de mosca dragón, por ejemplo. Dentro de su cuerpo, del que se alimenta, crece y se desarrolla. Cuando está lista, abandona el insecto al que ya no le queda vida. Ella nada y se enquista en una planta bajo el agua.

Viene la sequía y esas plantas emergen. Son atractivas para algunos insectos, grillos, saltamontes. Las comen, el quiste se rompe en su interior y sale la larva que devorará a su presa hasta vaciarla. A veces, ese insecto en su agonía busca otra vez el alimento preferido: las plantas acuáticas. Y allí muere dejando como herencia el gusano pelo de caballo que puede medir hasta un metro. Necesita agua para nadar, la muerte será su destino si el cielo protector no envía lluvia que llene el estanque donde podrá buscar una pareja, aparearse y dejar miles de huevos colgados de una planta.

Muerte, muerte y muerte para que acaso una vida florezca. Así es la naturaleza que nosotros hemos doblegado con una estrategia que nos ha hecho reyes de la creación. Pero, quizá, como el cáncer, como el gusano pelo de caballo, acabemos destruyendo a quien nos acoge.

Los mamíferos invierten mucho en cada cría. La estrategia ancestral no les sirve. Algunos son prolíficos, las ratas, los conejos, para nada comparado con eso otros seres vivos y mucho menos con las bacterias, o con los virus que invaden las células y utilizan su aparato reproductor, el ADN o el ARN, para multiplicarse en millones. Una rata no llega a 100 crías al año. Una osa, una cada dos años. Tiene que cuidarla para que la especie no se extinga. La hembra de elefante tarda 645 días en gestar una cría. Un esfuerzo grande que limita la densidad de progenie. Además, antes de los 5 años muere el 20%.

En el siglo XIX, en plena Revolución Industrial, cuando atraídos por un salario seguro los campesinos abandonan el campo que la maquinaria los había hecho inservibles, el 50% de los recién nacidos no alcanzaba los 5 años.

Entonces las mujeres trabajaban y parían familias numerosas en nacimientos, contraídas por la muerte. La muerte también se cebaba en ellas, en el parto y posparto, en la vivienda insalubre, en el trabajo agotador en pésimas condiciones. La expectativa de vida, muy influida por la mortalidad infantil, era de unos 30 años. Ahora, en el mundo, supera los 70 años. Las mujeres en España esperan vivir 86 años.

La primera batalla ganada contra la muerte fue asegurar que las crías sobrevivían a la voracidad letal de la naturaleza disfrazada de virus y bacterias. Se logró fortaleciendo con buena alimentación a esas criaturas fácil presa de los microbios y reduciendo las oportunidades de esos agentes de la muerte de vivir y proliferar. Condiciones de vida saludables que también favorecieron a los adultos.

La sanidad, tan potente hoy y en muchas sociedades universal, contribuyó de manera importante. Así llegamos a esta situación actual: tenemos pocos hijos, pero hemos colonizado la Tierra, nuestra huella de residuos está en el Himalaya, flota en las órbitas celestes.

Para satisfacer las necesidades básicas, que cada vez son más extensas, de una población humana de más de 7.000 millones, tenemos que exprimir nuestro planeta. El poderoso Carlos I no alcanzó los 60 años, tampoco su hijo Felipe II. Disfrutaban de las mejores condiciones de vida del momento y envidiarían las de un ciudadano medio de la Europa actual. Un éxito que se ha convertido en una amenaza ¿Qué hará, asediado por los negacionistas, el nuevo Parlamento Europeo?

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