Opinión

Nueve meses apasionantes al frente del HUCA

Juan José Pérez Blanco fue gerente del HUCA entre 2011 y 2012

Aquella época que me tocó vivir al frente del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) es inolvidable. Fueron sólo nueves meses, pero constituyen una de las etapas más intensas y profesionalmente retadoras de mi vida.

Recuerdo perfectamente la llamada de alguien de la Consejería de Sanidad de Asturias, ofreciéndome la posibilidad de ser gerente del HUCA. Me decían que necesitaban a alguien con conocimientos en planes directores, un perfil técnico. Y que mi trayectoria en el Hospital de Pontevedra, La Paz o el propio Hospital de Orense, inmersos los tres en grandes reformas estructurales, me avalaban.

Sin mucha fe en que aquello prosperase, con apenas 38 años y siendo ingeniero industrial, acudí a una entrevista con el consejero de Sanidad, D. Chema Navia-Osorio, a la que acabó incorporándose Juan Azcona, gerente del Sespa. Y no, no era una broma. Y claro, en cuanto pude intercambiar ideas con el Consejero y el gerente, no pude más que aceptar aquel reto mayúsculo: liderar el HUCA, uno de los hospitales referencia de España, en su proceso de traslado al nuevo edificio.

Este proceso significaba mucho más que un traslado de domicilio. Era poder ordenar por fin los procesos y la estructura del complejo, formado por el Hospital General, la Residencia y el Materno (además de Silicosis). Aquella unión que se materializaba en la "Y". Un pasillo en túnel, elevado, de aluminio y con pendiente, que conectaba los tres edificios. Para mí, aquella Y era el verdadero símbolo del HUCA. Igual que la autovía que une las tres grandes ciudades del Principado, aquel pasillo en túnel, uniendo las tres infraestructuras ya de casi 50 años era más un símbolo que una estructura. De hecho, había pedido que aquel trozo de metal fuese trasladado al enorme terreno del nuevo edificio, como símbolo, como una especie de estatua que podría haber quedado en medio de aquel enorme jardín.

El día de mi llegada me recibió todo el equipo directivo. Es extraño que el gerente fuese el último en llegar. No conocía a nadie, salvo al gran Dámaso Bances, que era casi una leyenda en el entorno de la ingeniería hospitalaria. Fue durante décadas el presidente de la Asociación Española de Ingeniería Hospitalaria. Seguramente una de las personas más inteligentes que haya conocido y de las que más me ayudó aquellos meses. Como todas las personas enormes, estoy convencido de que no es consciente de cuánto me ayudó. Ni de cuánto se lo agradezco.

Como tampoco olvidaré a Ángel Alzueta, médico y acupuntor, mi subgerente, mi confesor. Persona de una vasta cultura, trato excelente, carácter sosegado y corazón inconmensurable. Desafortunadamente, durante las últimas semanas de nuestra etapa en el HUCA, ese corazón empezó a darle algún susto. Falleció en julio de 2021.

Con Ángel hice mi primera visita al hospital, al nuevo HUCA. Creo que no exagero si digo que es posiblemente uno de los hospitales más bonitos de España, y quizás de Europa. No abundan los hospitales bonitos y éste lo es. Mucho. Zonas como los "dedos" de consultas externas, o la zona de docencia son realmente sobrecogedoras.

El trabajo a realizar era ímprobo, no sólo por el inminente traslado al nuevo edificio. Además, se había implantado el modelo de gestión clínica y todo el hospital se encontraba en aquel momento inmerso en una manera nueva de funcionar, buscando la autogestión. Un modelo que podría ser perfecto de no ser por limitaciones legales y administrativas que atan incluso a gerentes o directores. Por fortuna, el director médico, Javier Vadillo, era de las personas que más conocían el modelo en España y su trabajo, así como el de su equipo, facilitaron que pudiese centrarme más en el traslado. Los otros directores, Paco Marinas, en Enfermería, y Miguel Ángel Herrera, en Gestión, eran otros dos profesionales increíbles. Si yo hubiese tenido que elegir el equipo humano que debía acompañarme en aquella aventura, no podría haberlos elegido mejor.

El traslado conllevaba muchas cuestiones. La ubicación física de cada servicio, o su funcionamiento en el día a día: cómo iba a fluir el proceso asistencial; qué recorridos tendrían que hacer pacientes y profesionales... También había que decidir la dotación de mobiliario y por supuesto el equipamiento electromédico de alta tecnología. Además, había sistemas tecnológicos generales, como el guiado de personas, sistemas de gestión de citas, sistemas de almacén y, así, cientos de distintos pliegos administrativos a redactar. Aquí colaboró un buen número de personas, pero recuerdo con cariño y admiración el trabajo de Fernando Quintana.

Una de las cuestiones en las que más trabajé, y quizás la que más pena me dio en su día no haber llevado a término, fue la instalación de una central térmica de biomasa. Tenía muy claro que debía ser el combustible principal del Hospital. Quizás hubiese sido una locura en otro punto de la Península, pero la abundantísima masa forestal que había en Asturias, el 50 por ciento del paro juvenil y la cercanía de un puerto de mar internacional, lo hacían casi obligatorio. Esta instalación, además de haber sido un referente en sostenibilidad, hubiese reducido considerablemente el coste de Kwh y habría dejado el dinero del consumo energético del hospital, o al menos una buena parte, en empresas locales.

Quedaban todavía por definir servicios no asistenciales, como limpieza, mantenimiento, seguridad y otros servicios que serían suministrados por Gispasa. Una empresa pública que se había creado con el fin de poder retorcer los designios de Eurostat y que el coste del nuevo hospital no computase como deuda pública. Finalmente, al estar Gispasa participada en un 100% por el gobierno asturiano, la deuda no hubo manera de sacársela de encima. Hay que alabar el intento. Seguro que este modelo no se volverá a repetir, pero los profesionales que había en Gispasa hicieron sencillo el proceso desde su profesionalidad y saber hacer. Esta parte del traslado estaba más que trabajada. Era muy fácil colaborar con ellos: Alfonso de Carlos, Cristina Montes y el resto de sus compañeros, buena gente y técnicamente intachables.

Una cuestión que me angustiaba es que no teníamos Fundación de Investigación. Había varias, pero no una fundación de investigación corporativa, como existe ahora. Fue otro de los muchos proyectos que no pude acabar, aunque me alegré que se hiciera realidad hace unos años. Recuerdo con mucho cariño aquellas primeras reuniones con Charo Arenas, quizás de las personas que más sepan de investigación clínica de España.

Aquellos meses de trabajo infinito empezaron a principios de septiembre. Llevé a mi hijo Hugo, de cuatro años, a su primer día de cole en el Baudilio Arce antes de ir por primera vez a mi despacho del HUCA. Y acabaron un 21 de junio. El nuevo consejero de Sanidad, Tino Blanco, no me veía como gerente. Salía de aquel mismo despacho con la carta de cese en la mano y me acercaba a recoger a Hugo; era también su último día de cole. Nueve meses. Un embarazo. Un mundo. Me fui con la pena y la frustración del trabajo sin rematar, pero ya nunca dejaré de ser ovetense de adopción. Eternamente agradecido a una tierra que ya siento como mía.

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