Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Ahí es nada, Ramoncín

Un hombre de convicciones firmes, cabeza cosmopolita y rural a la par, que supo dar la mejor calidad y la mejor mano a su justo precio

Se veía venir desde hace un tiempo. José Ramón González García, "Monchi" para los más cercanos (yo le llamaba "Ramoncín" desde los días madrileños, porque él a mí dio en llamarme "Rockefeller"), tenía bastantes papeletas para el último viaje, el Gran Viaje de todos. Y muy consciente de ello supo mantener la compostura con la sabia resignación del buen estoico que era, una cabeza cosmopolita y rural a la par, al estilo del Josep Pla que aguantó en nocturna soledad un infarto que luego recrearía en prosa. Monchi, como Ramón, su padre, era también un hombre recio, aunque algo más dúctil. Fue siempre el estilo de la casa, La Máquina lugonesa: aquí se da una fabada (y un arroz con leche) de antología, pero no somos una fábrica de besos. Todos fueron allí siempre serios (en ambos sentidos de la palabra), así que la mejor calidad y la mejor mano a su justo precio, subyacente la misma filosofía que un excelente gastrónomo y publicista vasco, Manu Eléxpuru, sintetizaba en un eslogan suyo: "El vino bueno en casa; fuera de casa, el vino de la casa". No sé si me explico. Reciedumbre y seny, que diría el catalán. Hay sitios de mucho abrazo y comida mediocre: allí al revés. Quizás por eso triunfaron en cuanto marca de un tiempo, de un establecimiento, de unas señas de identidad gastronómicas, "porque yo no soy tonto", que dirían los clientes y rezaba la divisa de otra conocida empresa.

Ese triunfo traería la propuesta para abrir con el nombre de La Máquina una extensión en la capital de España en la primavera de 1983, un restaurante de alto standing en zona de mucho ejecutivo. En sociedad, claro, porque el proyecto fue muy caro y necesitó promotores con capital que iban a lo suyo, la inversión y el negocio, lo que no deja de ser natural. Pero, no menos consecuente, Monchi no quería alejarse de la casa madre y dio mi nombre para poner al frente de la filial primorosa. Pasé el examen y fui el gerente de la cosa, que fue viento en popa desde el minuto cero contra todo pronóstico, porque la fama de su fabada entre los madrileños era mayor de lo que se pensaba. Del Rey abajo pasó el todo Madrid (y el todo Asturias) por aquellos mármoles, linos y moquetas. Aunque al cabo de un año la firmeza de convicciones del difunto acabaría chocando con las ganas de meter baza de los eufóricos señores de la pasta, pese a lo pactado. Y, como es de rigor en las batallas, ganó el que tenía las armas más poderosas y perdió el peor armado, eso sí, con la cabeza bien alta al salir del esquileo. Servidor había ido de su mano y así volvió, quizás un poco como los llamados "americanos del pote" (de la fabada en este caso), cuando me dijo con la socarronería que le caracterizaba: "En Lugones nunca te faltará un platu fabes". Por suerte no lo precisé, pues aún era lo bastante joven y reinaba un ambiente más prometedor que el de hoy en día.

Todo lo anterior para remarcar que Monchi fue sobremanera un hombre de convicciones firmes, satisfecho con lo que hacía en la seguridad de que hacía lo correcto. Los seguidores de esta filosofía tampoco solemos llegar muy lejos, cierto es. En su caso me parece que no ayudó además la suerte: perdió joven a su amada esposa, Pilar; perdió una segunda vez a su nueva compañera, María José, otro apoyo impagable y no menos prematuramente; y soportó con el estoicismo de siempre, sin amargura ni decaimiento, un incendio voraz en su hogar-restaurante, que recompuso con el esfuerzo colectivo de familia y amigos incondicionales, que se volcaron físicamente hablando. Y por si fuera poco, hace en torno a un lustro, le apareció un odioso mieloma que acabaría también por ganarle el combate: 77 años, hoy, no parecen suficientes para partir, pero ha partido. No sé de cuánto le servirá dejar un recuerdo de dignidad tamaña. Sus cuatro hijos heredan –heredaron de hecho hace unos años– un establecimiento que marcó con fuerza unas décadas y dejó miles y miles de paladares agradecidos. Y heredan –no mucho más– un espejo límpido donde mirarse cada mañana, no sé si conscientes de que al otro lado del mismo no hay realmente nada. Del lado de acá hay una abuela, María, que hizo, junto a la de Ángeles Quirós, de Casa Gerardo, una de las dos mejores fabadas de la historia, que Monchi, junto a su hermana Maribel, administró y reprodujo con mano maestra. Ahí es nada si esos hijos logran mantener tal legado.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents