Opinión

Monarquía y presencia

La inestimable labor de la Corona en el ámbito internacional

Victoria de Hannover fue reina de Gran Bretaña e Irlanda desde el año 1837 hasta su muerte, en 1901. Nieta de Jorge III, que con asiduidad desvariaba, heredó el trono porque sus tíos Jorge IV y Guillermo IV, hermanos de su padre, el duque de Kent, habían hecho fecunda siembra de vástagos, aunque ninguno con la legitimidad requerida para ser alzado a la condición de Rey. Su entronización produjo un inicial efecto adverso: el rey de Inglaterra dejó de ser también rey de Hannover, porque en este reino de Alemania regía la Ley Sálica, que vetaba a las mujeres para este menester.

Durante su reinado, el país alcanzó la cima. Su dominio imperial, científico, industrial y financiero fue indiscutible. En favor de esta brillante ruta todos habían empujado. En política, desde el pío y liberal Gladstone, siempre arropado en jaculatorias bíblicas, hasta el tan enrevesado literato como extraordinario político que fue Benjamín Disraeli, judío y tory, por el que la reina no disimulaba su especial afecto y al que acabó haciendo conde de Beaconsfield.

Todo esto acontecía mientras ella estaba allí, pero nada de los espectaculares inventos, de las nuevas industrias a los que se aplicaban, de las victorias militares, de los éxitos políticos y económicos, del dominio de los mares eran su obra, a pesar de lo cual, todo, hasta el nombre de aquella grandeza, le fue atribuido: la Era Victoriana.

Pequeña, redondeada por los años de cuerpo y faz, la melena blanca, en uno de sus retratos, ya mayor, aparece sentada, hogareña, con el brazo izquierdo doblado en ángulo agudo, el codo apoyado en una mesa cubierta de terciopelo, la mejilla reposada en el dorso de la mano, como si descansara de no haber hecho nada y sin embargo ella era la reina constitucional de un país sin Constitución escrita, a la que se dirigían todas las miradas cuando se hacía presente. Su presencia era la de su propio Reino.

Es esta noción, la de presencia, la que a mí modo de ver mejor define el sustrato de la esencia básica, la manifestación más profunda de las actuales monarquías parlamentarias. Hablando en redichos términos metafísicos, podría decirse - con perdón de los filósofos- que en ellas potencia y acto son simultáneos. Es su presencia, la presencia a secas del Rey, ya sea inmediata y física, a la vista, ya sea evocada allá, en la lejanía en la que de todos modos se sabe que está. Muchos a esto lo llaman símbolo, una función simbólica, pero yo pienso que es algo más próximo, con toda evidencia más carnal y por eso más intenso y a la vez más volátil. Más volátil porque las banderas, por ejemplo, símbolos clásicos por excelencia, en su objetividad a lo más que se aventuran es a un estético flamear. No así los seres humanos, los reyes o las reinas, que, soportes de la realeza, optan no obstante a la común amplitud de posibles rasgos de la conducta humana: la virtud o el vicio, la lucidez o la opacidad mental, la valentía o la cobardía, la sutil elegancia o la tendencia a la ordinariez, la vana vanidad o el sólido orgullo, el engolamiento o la elegante sencillez.

En cobertura parcial de los riesgos inherentes a estas fluidas variables en su ser personal, los reyes tienen a favor que su mera presencia, sin más decir, marca honor y jerarquía: los actos políticos, sociales, académicos, militares o de cualquier otra naturaleza suben de escala cuando el Rey está presente. El eventual deseo personal de los otros protagonistas de exhibirse o de distinguirse queda vinculado a su cercanía, recibiendo así los políticos y quiénes se consideran élites de mando en plaza el feliz mensaje para los ciudadanos de a pie de que no se engallen, que hay allí alguien que siempre que esté recibe y recibirá más respeto que ellos. Como la kippá judía, el Rey irradia un contexto que pesa: por alto que estés, hay alguien que está por encima de ti y ese alguien va a permanecer. Es la distinción entre el poder supremo y el rango supremo de que hablaba Bagehot, el comentarista decimonónica de la Constitución inglesa.

La prestación del estar de los Reyes es muy observable en el ámbito internacional: pocos saben quiénes son los transitorios primeros ministros de Dinamarca o de Holanda, pero todos identificamos la presencia permanente en su día de la reina Margarita o del rey Harald y, bajo su mirada, el firme caminar ondulante de sus democracias.

La presencia real resulta especialmente tonificadora en los países que fuimos un día un imperio de calidad universal. Esto es, primero España, después Inglaterra.

Lo tengo dicho y ahora lo repito: ese formidable Rey de España que ha sido Juan Carlos I, durante las décadas de su feraz reinado jamás bajó el tono de su especial afecto y atención para los que nos son más próximos en el mundo, aunque lejanos en la geografía, las gentes de la América que un día fue española, la que ha hecho que nuestra historia merezca el calificativo de universal, con la que compartimos lengua, sangre y un sustrato moral común, rastreable en la extensa vigencia en el tiempo y el espacio de la religión católica. Su presencia allí fue constante. Sin jurisdicción alguna sobre aquellas tierras que durante más de trescientos años habían sido gobernadas por sus antepasados, cuando estaba presente él no era para ellos el rey de España, él era simplemente el Rey. No había otro ni nadie tan aceptado en su preeminencia. Las Cumbres Iberoamericanas se alzaban sobre el coturno de su presencia y nunca dejó de asistir personalmente a las tomas de posesión de los Presidentes de la República de allá, a los que con tanta satisfacción y agasajo recibía después de visita en Madrid. Ellos sabían –y por supuesto lo siguen sabiendo del actual Rey de España– que ante él estaban en presencia de la única pieza neutral del complejo mundo iberoamericano, la única pieza que a todos ellos los abarcaba con la misma mirada y que esa mirada permanecía, que siempre estaba ahí para a lo que hubiere lugar.

Y además de la presencia, ¿hay algo más? Por supuesto, pero eso necesita de otras palabras...

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