Opinión | Asturianas con ciencia

Desde Asturias se puede hacer buena ciencia

Una invitación a adentrarse en el mundo de la investigación y a que las mujeres den el salto a la gestión de grupos científicos

Desde Asturias se puede hacer buena ciencia

Desde Asturias se puede hacer buena ciencia / pch.vector/freepik

Doctora en Química por la Universidad de Oviedo, trabajó durante dos años en el grupo del Prof. H. Abruña, en Cornell University (EE UU). Regresó a Oviedo con un contrato Clarín del Principado. Comenzó a compaginar docencia e investigación con un contrato de excelencia Ramón y Cajal. La obtención del reconocimiento I3 le permitió estabilizarse como profesora contratada doctora. Posteriormente logró plaza de profesora titular. Ahora es catedrática de Química Analítica y forma parte del grupo de Electroanálisis de la Universidad de Oviedo.

Ya estamos en julio y, para la mayoría, los profesores universitarios estamos de vacaciones. Se olvidan del elemento diferenciador respecto a otras etapas educativas: la investigación, una actividad que no se rige por calendarios académicos y exige una gran dedicación y actualización constante. La idea que se te ocurre hoy puede que la haya realizado otro mientras consigues la financiación para llevarla a cabo. El avance científico no se detiene. Por ello, hay que tener verdadera vocación. A cambio proporciona grandes alegrías cuando conseguimos demostrar nuestras hipótesis y ponemos un ladrillo más en el edificio del conocimiento. A través de la asistencia a congresos y de las estancias en otros centros de investigación se crean redes de colaboración con investigadores de todo el mundo. La ciencia es colaborativa. Además de estas tareas, los investigadores senior formamos a los científicos y emprendedores del futuro y debemos transmitir a la sociedad el resultado de las investigaciones que ésta financia vía impuestos. Desde hace ya unos años nos hemos convertido también en gestores de redes sociales. Aunque no se hable de ello hay vida científica en Instagram, LinkedIn y X. Desde aquí animo a buscarla. Esta vía de comunicación es esencial para que las nuevas generaciones tengan referentes y se planteen una carrera científica. Tenemos que convertirnos en influencers. Poco que ver con la imagen tradicional del funcionario o del académico, ¿verdad?

Yo no los tuve. No había científicos en mi entorno. Aun así, una curiosidad innata y ganas de entender todo fueron suficientes para admirar y disfrutar los sencillos experimentos que nos proponían Carmen Fuertes en Biología o Mercedes Bajo en Química. Los días de laboratorio eran fiesta. La decisión de estudiar química fue sencilla y los años de carrera entre clases matutinas y laboratorios vespertinos me descubrieron un área apasionante, dedicada a conocer de qué está hecha la materia: la química analítica. Se ha dicho que no se puede gobernar una sociedad moderna sin la química analítica. Hace 20 años ya se estimaba que un 60% de la legislación está ligada a información proporcionada por la instrumentación y métodos diseñados por los químicos analíticos. No es una exageración. Imaginemos una sociedad sin los millones de análisis que se realizan diariamente. Desconoceríamos si el aire, el agua o los alimentos están contaminados y no podríamos tomar medidas. No podríamos asegurar la autenticidad y calidad de un producto. El diagnóstico médico estaría limitado a los síntomas y no dispondríamos de fármacos puesto que no podríamos garantizar su pureza. No sabríamos si tenemos el colesterol o los triglicéridos altos. Nos libraríamos de los controles de alcoholemia y drogas y no seríamos capaces de distinguir una gripe de la covid. Tampoco podríamos demostrar el dopaje de un deportista. Nuestro trabajo tiene un impacto decisivo en la vida de las personas y por ellos, los métodos que diseñamos deben ser robustos y fiables. El método ideal debería poder utilizarlo cualquier persona. Este es el caso de los famosos tests de antígenos, de embarazo o de los glucómetros que usan los diabéticos.

La inversión sostenida en I+D en las últimas tres décadas, aunque escasa, ha creado una masa crítica de personal de alta cualificación (doctores) que ha explorado el mundo y tiene buenas ideas de negocio innovadoras y energía para llevarlas a cabo

El objetivo final es la detección de una única molécula en un océano de millones de otros compuestos. Literalmente encontrar una aguja en un pajar. En el grupo de Electroanálisis perseguimos este objetivo en los ámbitos alimentario y clínico fundamentalmente. Somos uno de los pocos grupos analíticos capaces de diseñar unos "cebos" que capturan específicamente esa aguja: los llamamos aptámeros. Para ello diseñamos dispositivos sensores parecidos al glucómetro que detectan esas "agujas" que son en realidad compuestos como el gluten en alimentos, ADN de bacterias patógenas como Salmonella o M. tuberculosis o biomarcadores de cáncer. Los biomarcadores que se emplean actualmente son muy útiles, pero no son perfectos. Sus niveles en sangre están alterados también en enfermedades benignas, por lo que es necesario realizar pruebas adicionales, frecuentemente biopsias invasivas, para confirmar o descartar la enfermedad. Nosotros nos dedicamos a hacer realidad el concepto de "biopsia líquida", es decir, diseñar pruebas diagnósticas en fluidos biológicos más específicas, que no presenten tantos falsos positivos. Así se reducirían los costes sanitarios, las molestias y la ansiedad de los pacientes. No es una tarea sencilla. Nuestra investigación es básica, aunque orientada a su implementación como pruebas baratas y sencillas que permitan cribados de poblaciones a gran escala. El salto del laboratorio al mercado es muy exigente. Hay que superar controles muy rigurosos, muy costosos, casi siempre fuera de nuestro alcance. Es ahí donde se abre la posibilidad de crear empresas o colaborar con las existentes para culminar este trabajo. Esa es otra de nuestras labores: la transferencia. Pero para lograrlo las empresas deben saber lo que sabemos hacer y nosotros saber qué es lo que ellas quieren. Mi percepción es que se están empezando a tender esos puentes. La inversión sostenida en I+D en las últimas tres décadas, aunque escasa, ha creado una masa crítica de personal de alta cualificación (doctores) que ha explorado el mundo, tiene buenas ideas de negocio innovadoras, energía para llevarlas a cabo y son conocedores del potencial de la Universidad. Son nuestros mejores embajadores.

Casi todos mis doctorandos han sido mujeres. La base de la pirámide científica está llena de ellas. Afortunadamente cada vez hay más mujeres que avanzan hasta la cátedra y dirigen grupos de investigación. Son muchas menos las que dan el salto a la gestión. Cuando hay que competir ellos se animan más. Lo veo claramente en mis clases. No son mejores que ellas, pero se hacen ver más. Lo mismo pasa en la academia. No hay discriminación directa: no hay diferencias en los procesos selectivos, pero los logros de las mujeres no se consideran de la misma manera o se minusvaloran con respecto a los de los hombres. Lamento decir esto porque me considero de una generación crecida en plena igualdad, pero quedan sutiles diferencias que se acentúan al ir escalando peldaños.

Desde Asturias se hace ciencia, buena ciencia, de primer nivel. Lo pude comprobar durante mis años en Cornell University (EEUU) y lo confirmo en las estancias de nuestros doctorandos en otros centros. La formación adquirida aquí me permitió adentrarme en el otro pilar de la electroquímica desconocido para mí: la energía, concretamente las pilas de combustible. La única diferencia que observé estribaba en las facilidades para realizar cualquier experimento gracias a una burocracia mínima y un mayor presupuesto. El límite es la creatividad de cada uno. Esa es una de las cualidades imprescindibles. Otros ingredientes son la curiosidad, perseverancia, iniciativa, mucha ilusión, humildad para comprender que no podemos abarcarlo todo y unas gotitas de escepticismo aliñadas con resiliencia. La ciencia es una carrera de fondo, pero también de relevos. De cada investigación surgen nuevas preguntas e ideas que algún día dejaremos en manos de nuestros discípulos como han hecho nuestros maestros. Me honra haber tomado el testigo de los profesores Paulino Tuñón y Arturo José Miranda que fundaron el grupo en tiempos de mayor escasez que los actuales y que junto con la actual responsable, María Jesús Lobo, supieron alimentar mi interés por la ciencia y animarme cuando los vientos venían de frente. Me enseñaron a investigar de la mejor manera posible: con rigurosidad, profesionalidad y ética. Los dos primeros, ya felizmente jubilados, siguen interesados en nuestros avances demostrando que la investigación es vocacional. Eran influencers, pero no lo sabían.

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