Opinión

La política está de rebajas

El deterioro de la calidad democrática en Occidente

No hace falta rebobinar el debate Biden-Trump para constatar que, en la esfera democrática, la calidad ya lleva tiempo deteriorándose. Eso produce una embriaguez con resacas fatales, como ocurre en todas las épocas demagógicas, ahora en el caso de la Europa poscovid, cuando se retroalimentan el desconcierto y la fatiga. Votamos de forma aleatoria, sin saber muy bien lo que nos pasa. Buscamos culpables, sobre todo, porque nos gusta más sentirnos víctimas. Preferimos que nos engañen porque no nos gusta soportar tanta realidad. Negamos la complejidad para comprar falsas soluciones en el "Black friday" de las urnas.

La fragmentación de la política corresponde a la ruptura de las viejas comunidades y al espejismo de la hiperautonomía individual. Los mapas políticos de las naciones se van desmigajando y eso se ha trasladado al Parlamento Europeo por sistema estéreo. Caen partidos veteranos, irrumpen alianzas sin futuro y es difícil confiar en los liderazgos de propensión narcisista o prefabricados en Instagram.

¿Es que la política de consenso ha caducado? El eje francoalemán, cada vez más débil, entra y sale del fisioterapeuta; el bipartidismo parece haberse hundido; la derecha radical se reagrupa sin pautas y la izquierda clásica se ha convertido en una amalgama de colectivos airados, que reclaman derechos imposibles.

A cada nación le aqueja un mal nuevo o, mejor dicho, un mal antiguo maquillado por la posverdad. La Gran Bretaña del Brexit ha visto naufragar a los conservadores; en Francia el posgaullismo ha caído, Macron está solo y Mélenchon ejerce de Robespierre; Meloni gobierna en una Italia sin democracia cristiana ni izquierda; el canciller alemán ya no es de hierro y la extrema izquierda avanza. La inflación, los costes de la energía y la inmigración determinan resultados electorales de modo abrupto. Es curioso que sea en España donde –al menos en apariencia y a pesar de todo– quedan más o menos en pie los dos grandes partidos, acosados por los extremos.

Apostar por una u otra configuración del Parlamento Europeo es de mucho riesgo, ni está claro que quede revalidada la presidencia de la Comisión ni quién liderará el populismo de derecha, sin fórmula ni norte fiable. Mientras tanto, China está ahí, sin tantas fisuras; Trump se pasea por los juzgados y Biden ingiere reconstituyentes portentosos. Le harán falta para afrontar el espectáculo electoral y salir indemne de la cumbre de la OTAN en Washington, mientras Putin bombardea Kiev.

El caso de Francia siempre resulta muy teatral, por su idiosincrasia política y su gran sentido retórico. No hace falta ser un adepto de Marine Le Pen para darse cuenta de que ha modulado su partido de modo significativo desde que derrocó a su padre y, sin embargo, el Nuevo Frente Popular de Mélenchon –uno de los personajes más destructivos de la política europea– es visto como el redentor de Francia. No es que no estemos chapoteando en los territorios de la política disfuncional, pero mucho se le parece. Harán falta faros antiniebla.

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