Opinión

Raya: línea y pez

Un castigo de infancia recibido como premio

Raya: línea y pez. Raya: línea y pez. Raya: línea y pez… Así hasta cien veces. Ese fue el encargo que recibí en mi infancia y que ahora confieso públicamente. Pero teniendo el carácter de confesión no puedo omitir la trampa para bien de mi conciencia: lo escribí noventa y nueve veces con la ingenua esperanza de que al descubrírseme la falta tuviera que repetir el encargo, pero no ocurrió así. A él le sirvió la lógica difusa, pues con una sola ojeada dio de paso aquello que yo había escrito poniendo mucho esmero en la caligrafía, lo que significa que el supuesto cálculo de cien veces para la repetición no obedecía a lo científico como corrector ortográfico sino al redondeo. Sin embargo, sí quedó en mí la experiencia como semilla para el futuro, para repetirla con óleo y en ediciones gráficas miles y miles de veces. En cualquier caso, aquí manifiesto hoy mi agradecimiento de artista al padre del encargo, aunque ya fallecido no le llegue el mensaje.

De aquel pretendido castigo, que recibí como premio, me quedó el recuerdo asociado a un gran placer: la escritura repetida sin pensar mientras tanto en ninguna otra cosa: el rasgar suave del plumín soltando la tinta en su discurrir sobre el papel: como la meditación o la oración con el paso repetitivo de las cuentas del rosario. ¡Cuánto le debo a aquella elle dentro de la ralla! Y por tal deuda, permítanme el gusto de repetirlo otra vez: Raya: línea y pez. Raya: línea y pez. Raya: línea y pez…

Entonces no sabía nada del Bolero de Ravel, pero la llamada ya me guiaba con vocación de repetidor: de cursos y frases escolares, y un poco más tarde, con el goce in crescendo, de ese pecado hormonal propio de la edad. Y así fui evolucionando, primero trillándome de adolescente, y después como artista adulto repitiendo muchos puntos, semillas y rayas para las disciplinas del óleo y de la gráfica.

Al principio de los 90 llegué a muchas repeticiones con mi programa informático, hasta que apurándolo hacia su más allá me dijo basta, lo que me llevó a escribir a la empresa americana que lo había diseñado. Algo después, en la siguiente actualización, parece que los americanos me hicieron caso. Pero ni con eso me llegó la alegría completa, porque si el programa ya no tenía límite para repetir figuras, sí lo tenía el procesador de mi computadora, que al no vislumbrar un lógico confín para ellas reaccionaba con una progresiva lentitud ralentizando las repeticiones cuando ya pasaban de miles. Más sufrido era el plotter para cortar plantillas con tantas siluetas inferiores a dos milímetros, programado sin descanso, trabajando día y noche sin sindicato, lo mismo en laborables que en festivos. Igual que yo, sin entrar ahora en mis procesos posteriores.

Y para despedirme tras lo confesado, sin arrepentimiento alguno, suponiéndoles tolerantes, permítanme por última vez volver al egoísmo del goce repetidor: Raya: línea y pez. Raya: línea y pez. Raya: línea y pez…

Fueron noventa y nueve veces con la idea muy ingenua de la trampa. Así empezó todo, con aquel estímulo infantil para descubrir lo repetitivo, germen del destino y la vocación con la que sigo, controlando también la línea de mi cuerpo gracias a lo ortográfico, consciente de que la raya es muy baja en contenido graso.

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