Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Señor presidente, un cáncer no admite demoras

Sobre los retrasos en las operaciones para atajar la enfermedad

Cuando una persona recibe un diagnóstico de cáncer, queda devastada. La vida se interrumpe de una forma que sólo entienden quienes pasan por ese trance. "¿Por qué me ha tocado a mí?", se pregunta. Si el pronóstico es un cáncer pulmonar muy localizado, no extendido y operable, el daño emocional inicial se suaviza, pasamos del miedo a la esperanza. Pero si la intervención quirúrgica se retrasa más de lo aconsejable desde el punto de vista médico, más de lo habitual y exigible, algo muy serio está fallando en la gestión de la sanidad pública asturiana, la sanidad que pagamos todos.

Es lo que les está sucediendo estas últimas semanas en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), en el servicio de cirugía torácica, a 56 pacientes diagnosticados con este tipo de tumor. En junio de 2023, eran 25 las personas que esperaban por una de estas cirugías y se tardaba una media de once días en intervenirlas. A últimos de junio de este año, la lista era de 56 enfermos y la demora media de 42 días. En el caso que yo conozco, el paciente lleva esperando 70 días desde que fue diagnosticado y aún no ha recibido la cita para la intervención.

Resulta difícil, muy difícil, mantener la calma ante esta gravísima irresponsabilidad en la gestión sanitaria. Al parecer, todo parte de una reestructuración de los recursos sanitarios emprendida hace unos meses por la nueva gerencia del centro, que, entre otras cosas, decidió reasignar a otros servicios uno de los quirófanos utilizados por el de cirugía torácica. No recuerdo haber visto a nadie explicar públicamente a esos 56 enfermos de cáncer de pulmón por qué se retrasa su intervención.

El presidente del Principado, Adrián Barbón, ha dicho que es "un tema" con el que está muy sensibilizado y que le preocupa porque en su propia familia ha tenido varios casos, al parecer tres abuelos y su madre. ¿Y quién no los ha tenido?, me pregunto. Carlos López–Otín, que fue durante casi cuarenta años el más destacado investigador de la Universidad de Oviedo, siempre insiste en que lo verdaderamente raro es levantarse cada día y no tener un cáncer.

Más allá de mostrar cercanía y empatía con los enfermos, lo que se espera del presidente de una comunidad autónoma administrada tan inoperantemente como Asturias –a la vista está– es que actúe como prometió que haría cuando tomó posesión de su cargo: con responsabilidad y en interés público. Sobra arrogancia y se echan de menos decisiones y políticas que de verdad nos ayuden a todos a vivir mejor. O sea, más cabeza y menos autocomplacencia.

Pero volvamos a las declaraciones de algunos responsables de esta anomalía que pone en riesgo importante la vida de un grupo de asturianos. Se ha dicho que los diagnósticos oncológicos son preferentes y que nada ha cambiado en el protocolo, pero que hay menos quirófanos en servicio "para respetar el necesario descanso del personal". Sin comentarios. Y es mejor no hablar, por sonrojo, de alguna de las razones que, extraoficialmente, han dado algunos responsables sanitarios para justificar tamaña arrogancia.

El jefe de Oncología del HUCA ha asegurado que "no hay demoras", aunque paradójicamente también ha admitido que se han incrementado las esperas. Dice el diccionario de la Real Academia que demorar es "retrasar algo o hacer que llegue o suceda más tarde del tiempo debido o acordado" y "espera", también según la RAE es, en su primera acepción, "acción y efecto de esperar, es decir dilación, demora, retraso". Estamos hablando de lo mismo, me temo. De un retraso inexplicable e inaceptable, de un lamentable y atroz fallo en la gestión que afecta a la vida de más de medio centenar de ciudadanos. ¿Alguno de los responsables de esta demora o este retraso se pregunta por las consecuencias emocionales, además de las físicas, que supone para los pacientes tal dilación?

Mienten al decir que garantizan la máxima prioridad a los enfermos oncológicos cuando, a la vez, se producen esperas de, al menos, 70 días. Suena a sarcasmo, y las chanzas no son de recibo en estas circunstancias. En todo fallo hay uno o varios responsables. Es posible y deseable que, como dice el jefe de oncología, las decisiones no se tomen para perjudicar a las personas, pero la realidad es que hay damnificados. Y son, en este caso, enfermos diagnosticados de cáncer de pulmón, aunque parece que el reajuste también afecta a otros servicios que operan tumores. Y las células cancerosas son, como escribió López–Otín, "egoístas, inmortales y viajeras".

La sanidad pública está en crisis. Lo sabemos, y muchos lo sufrimos cada vez que la necesitamos. Conocemos, a veces por experiencia propia, que la asturiana cuenta con un personal médico y sanitario profesional y entregado, incluso me atrevo a decir que extraordinario, pero me sorprende, una vez más, su clamoroso silencio ante hechos como estos, achacables a una deficiente gestión de los recursos disponibles. Y echo de menos voces autorizadas que lo denuncien, debates parlamentarios sosegados e incluso protestas y reclamaciones de los pacientes afectados.

El cáncer nunca es buena noticia, pero no es sinónimo de muerte. Y la obligación de la Administración sanitaria asturiana es contribuir a que, como señalan todos los indicadores, cada día que pasa haya más esperanza. Pero los responsables políticos del sistema de salud público deben dejar de escurrir el bulto y reconocer que tienen un grave problema.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents