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Opinión | Soserías

Atril y jaula

La envilecida religión de un nacionalista golpista

Atril y jaula

Atril y jaula / .

Hemos pasado el verano entre el atril y la jaula, las últimas dos martingalas de nuestras vidas quebrantadas por el cansancio.

El atril es el aparato que una autoridad audaz ha instalado a un golpista para que pueda expresarse ante las masas deseosas de conocer los detalles de su fechoría. Es un buen invento y, como tal, debería generalizarse.

Hasta ahora hemos tenido la costumbre de encerrar al bandido entre rejas y dejarle allí rumiando sus ruindades. Este comportamiento forma parte ya del pasado.

Ahora, el progreso impone, en primer lugar, dejarle suelto y, a renglón seguido, ponerle un atril para que desembuche, no vaya a ser que se le queden atragantadas sus felonías.

Pronto, en las ciudades con alcaldes plurinacionales, veremos atriles colocados en sitios propicios para que, desde ellos, discurseen los señores atracadores, violadores, asesinos en serie y demás: su oratoria no puede disolverse en espumas volanderas.

El atril está emparentado con el ambón desde el que se cantan liturgias y salmos pero también ha sido el lugar desde el que hablaban los obispos en los concilios para revelar, en lo alto de ese pináculo teológico, las verdades más aquilatadas de la fe.

Algo parecido al púlpito desde el que el cura pasa revista a los pasajes del Evangelio metiéndoles la crema de la retórica y el merengue de la doctrina.

Al político nacionalista, que ha ejercido de bandolero, le ponen otros políticos forajidos un púlpito desde el que recitar su letanía de agravios para dejarlos revoloteando por el aire y puedan ser recogidos y convertidos por sus fieles en pan místico.

Porque el nacionalismo es una religión que ha perdido su solemnidad y sus lumbres fuertes y enigmáticas para conservar solo sus flaquezas. Es por tanto una religión degradada, envilecida, sin blasones, sin símbolos fastuosos, sin abundancias barrocas ni leyendas adorables, siempre con los ojos eclipsados por las legañas de un pasado inventado, en plena rumia de un catálogo de ultrajes fantasiosos que estarán encendidos como luces inextinguibles hasta el final de los siglos.

Y del atril a la jaula. Porque, tras el discurso del golpista, se dispuso una jaula.

Lástima que fuera una jaula mentirosa. Porque ya que, como hemos visto, ha quedado desusada la prisión para los golpistas a quienes se administra el sacramento del indulto y la amnistía, a algunos nos quedaba la esperanza de que al menos se les encerrara en una jaula para evitar el contagio y la dispersión de sus flatulencias.

–La jaula para contemplarles como a un pájaro de mal agüero –me apunta mi amigo que anda altanero de ingenio.

–Basta con que sea una eficaz jaula de grillos.

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