Opinión
Doñana sigue el mal precedente del mar de Aral
El deterioro de un gran espacio natural español
El acuerdo entre el Gobierno de España y la Junta de Andalucía sobre la situación en Doñana quizá pueda paliar su deterioro pero creo que deberíamos reflexionar sobre si es una solución definitiva. La elevadas temperaturas sufridas en los últimos meses muestran el peligro que corre tan preciado humedal.
Cuando comencé a estudiar el Bachillerato existía en el suroeste asiático un gran lago, un mar interior, el mar de Aral, en la hoy independiente Uzbekistán. Pasadas unas décadas, ese mar es ahora un secarral de arena salada que ha arruinado la vida de los habitantes de la zona, cuando, entonces, las autoridades rusas, miembros de gobiernos soviéticos, cambiaron el rumbo de los ríos que alimentaban el humedal y destruyeron el clima del entorno.
Cuando comencé a estudiar el Bachillerato existía en el suroeste español un gran humedal, unas marismas conocidas como Doñana, pobladas por un sin fin de animales. Pero la apertura de pozos para la extracción de agua y la proliferación de cultivos, posiblemente inadecuados, que necesitan mucha agua están llevando al humedal camino de su desaparición o al menos a su desecación. El ejemplo uzbeko no parece movilizar a las autoridades europeas. Es más, las autonómicas han intentado legalizar lo pernicioso de la situación.
Otras zonas de nuestra geografía se están deteriorando rápidamente, bien por la contaminación producida por el hombre, bien desecándose por la apertura de pozos, mayoritariamente ilegales, según expertas fuentes, que absorben más agua de la que alimentan sus terrenos hídricos. Diariamente se denuncian las dificultades de la Albufera de Valencia, del Mar Menor, en Murcia, o de las Tablas de Daimiel, en Ciudad Real, por ejemplo. Pero estas son las zonas más conocidas o llamativas. El calentamiento global acelera la evaporación y son bastantes los humedales que ven disminuidas sus aguas, lo que repercute en los seres vivos que los habitan.
Por supuesto que no es comparable la situación actual del gran lago de Uzbekistán con el estado de Doñana. Pero con la aceleración que observamos que está originando el cambio climático no tardaría tantas décadas en convertirse en un nuevo Mar de Aral. Lo que nos da oportunidad de rectificar y remediar el problema. Claro que esto significa tener voluntad de hacerlo y combatir decisiones contrarias a la Naturaleza.
Las poblaciones ribereñas al gran lago uzbeko son ahora territorios desérticos, tierras salinas sin apenas vegetación donde equipos científicos internacionales buscan soluciones a la desertización, vegetación resistente a la salinización y falta de agua. Todo se inició cuando la producción de algodón –su cultivo es uno de los que necesita más agua– exigió más líquido elemento y fueron desviados los ríos que vertían en el Aral. Hoy la Organización de Naciones Unidas intenta buscar alguna solución pero su Convención para la lucha contra la Desertificación ha advertido que son muchos los lugares en el mundo que corren el mismo peligro y que una superficie del tamaño del Asia Central está amenazada por una gran sequía, por la salinización debido al uso abusivo de agua en los últimos diez años.
Y no solamente el peligro se ubica en zonas como la cuenca del lago Chad, en el centro de África, uno de los territorios más deprimidos del Planeta. La ambición humana, con sus especulaciones económicas, alcanza a países ricos como ocurre con Estados Unidos donde el Gran Lago Salado, en Utah, corre el mismo peligro.
La esperanza está ahora en algunos proyectos como la franja que se intenta levantar en el sur del Sahara con una plantación de vegetación resistente que frene el avance del desierto, aunque su financiación está resultando problemática ya que la inversión internacional es muy escasa. Una actuación similar la lleva realizando China para intentar reducir el desierto del Gobi. También un grupo de filántropos europeos está adquiriendo grandes extensiones de terreno en Rumanía para intentar formar un gran bosque que devuelva a la zona nueva vida salvaje, mientras la Unión Europea fomenta leyes que impulsen la biodiversidad. Estamos a tiempo de salvar Doñana.
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