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La esperanza también viste de negro

Difícil vaticinar el fin de la partida que el bloque del Occidente desarrollado del que somos parte (o sea: capitalismo + democracia) libra frente a sus enemigos en dos tableros simultáneos, el de Ucrania y el de Oriente Próximo, mientras sigue aplazada la partida en el de Taiwán. Son guerras devastadoras y de enorme mortandad para quienes las sufren, pero en el fondo contenidas, midiendo las partes cada paso y quedando, tras darlo, a la escucha de la reacción del otro, aunque sigan con terribles muecas como gigantescos animales prehistóricos (lo son). Llegados aquí, lo deseable, por realista, es que cuanto antes haya un alto al fuego en las dos guerras, del que surja una paz de hecho sin vencedores ni vencidos, por precaria que sea y aunque no se base en la justicia sino en el llamado "equilibrio del terror" (al cataclismo nuclear). Triste tiempo en que la esperanza es así de miserable.

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