Opinión
No hablar no es el silencio
La concesión del premio Nobel de Literatura a la surcoreana Han Kang
Hay algunas manos, que al tocar la literatura de tan delicadas resultan perturbadoras. Han Kang posee la prosa capaz de atravesar las pieles más duras, no tanto por afilada como por penetrante. Leer con veinte años, entre esas tapas rojas de la editorial Rata, inmerecidamente desaparecida, "La vegetariana" (Ed. Rata, 2017), fue un acontecimiento. Aquel texto de la surcoreana que David Sánchez y Iago Fernández editaron bajo la dirección de Iolanda Batallé, marcó una época. Fui una más de todas las mujeres que de repente caen en la cuenta de que tienen cuerpo, de la forma y los sonidos de ese cuerpo, de las responsabilidades de un cuerpo, de lo imposible de asimilar todo eso sin sostenerse en unas raíces.
Han Kang ha ganado el Nobel, quizá porque su segunda novela, "La clase de griego" (Ed. Random House, 2023), ha despertado la misma incomodidad necesaria en el número suficiente de personas, o porque los engranajes del mundo del libro, que todavía confían en el máximo galardón de las letras, de alguna forma siguen funcionando a veces. Quien ha leído "La vegetariana", seguramente se la imaginaba –en esta constante identificación del personaje con su creadora– pequeña, débil, casi triste, casi ahogada, mientras que "La clase de Griego" proyecta un regusto de denuncia más propio de quién ya ha superado todo lo que ahora quiere exponer: con el Man Booker International Price en la mano, suponemos que es difícil no sentirse leída, en cierto modo escuchada, y ella eligió decir que no quería más palabras.
Ojalá la importancia de sus libros en España –desde donde hablo, pero que el Nobel dota ya de importancia global–, ahora crezca y se expanda y permee, porque la literatura de Kang deja un poso humano difícil de explicar. En el colegio, teníamos una profesora que hablaba muy suave. Cuanto más gritábamos los alumnos, más bajaba el tono ella, que sin embargo, no paraba de dar su clase, escribiendo en la pizarra fórmulas por otro lado imposibles de comprender sin la explicación que las acompañaba. Como siempre, el desconcierto es la mejor llamada de atención, y la clase acababa guardando silencio para escuchar. Así siento que se lee a Han Kang, y es mi consejo para leerla: guardando, como su personaje, mucho silencio, tratando de escuchar la lección, que muy suavemente nos obliga a bajar el volumen al que pensamos, hoy exageradamente elevado.
Libros como los de Kang, a la que el Nobel le ha puesto un altavoz donde ella no hubiera gritado, piden escuchar los silencios que recubren el lenguaje del cuerpo, el que no necesita palabras. Le serviría este premio al mundo, si con el revuelo mediático, más gente la lee y termina por descubrir, que no debería hacer falta el impacto de la extrañeza, ni empuñar un lenguaje afilado, ni el bombo de las palabras hinchadas, para merecer atención. Que el lenguaje es el mayor aliado de la mentira, y que se puede –que se debe– escuchar a quienes deciden no alzar la voz. Que el dolor, igual que el respeto, igual que la bondad, suena más alto cuando calla.
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