Opinión
Sobre un volcán
La necesidad de una respuesta suficiente ante las graves acusaciones concurrentes en torno al Gobierno, ante las que no caben negación o silencio
Los portavoces del PSOE se esfuerzan en mostrar tranquilidad mientras se estrecha el cerco judicial a Moncloa, pero es presumible que la procesión va por dentro. Sin embargo, lo que corresponde al ejercicio de la responsabilidad política en una situación de disloque como la presente es manifestar abiertamente una profunda inquietud y tomar la iniciativa que se considere mejor indicada para devolver las cosas a su sitio. La denuncia de que todo son bulos y obedece a una maquinación del rival puede estar parcialmente en lo cierto, pero la mera negación y el silencio no son una respuesta suficiente ante acusaciones tan graves, concurrentes todas ellas en torno al Gobierno, y cuya verosimilitud viene abonada por algunas evidencias que son de dominio público. Aunque la estrategia elegida para su defensa judicial es respetable, quien desempeña un cargo en el gobierno se debe en primer lugar a los ciudadanos. La cuestión ineludible, entonces, es por qué no se dan las explicaciones pertinentes, si lo único que se consigue con esa actitud es alimentar las dudas y la preocupación de la gente.
Hasta aquí hemos llegado por una confluencia de tendencias surgidas en las sociedades avanzadas que están causando un fuerte impacto en la arena política. Pero a ello ha contribuido también el estilo definido de un buen número de líderes que han accedido al poder en tiempos recientes, pertrechados con un manual que receta una forma de entender y hacer política distinta de la convencional, más arrogante y con un punto de cinismo. En cualquier plano de la realidad se observa que las circunstancias son otras, muy diferentes. El contraste es mayor en España, porque adoptamos la democracia tardíamente y luego aceleramos el cambio para homologarnos pronto con la Europa del norte. Pedro Sánchez es uno de esos líderes. Su liderazgo ha trastocado la política española por completo en la última década.
El balance es un claroscuro en el que resalta con trazo grueso la contracción de nuestra democracia, impulsada en un principio por un ánimo conciliador, un compromiso de lealtad constitucional y una clara inclinación a reformar e innovar. Pedro Sánchez impuso en su partido y en el Gobierno un golpe de timón que ha dividido a la sociedad española y ha introducido una tensión extra continua en la vida política. Las instituciones, particularmente las encargadas de la vigilancia y el control del Ejecutivo, han sido neutralizadas, viendo su operatividad reducida prácticamente a la nada, o están bajo sospecha. De este recelo solo se salva, a duras penas, la Corona. La sociedad española, complacida una parte y con ostensible incomodidad la otra, ha recibido la sorpresa de un dirigente político dedicado con absoluta determinación a eliminar los obstáculos que le impidan hacer a su voluntad, forzando los límites si es preciso. En cuestión de horas Juan Lobato cayó desplomado como si lo hubiera fulminado un rayo y en pocos días el suceso, que nos informa de prácticas tenebrosos en el interior de los partidos, no pasará de ser una anécdota insignificante.
Tras ganarse el apoyo de los afiliados de su partido, Pedro Sánchez ha demostrado una gran habilidad política para no dejar de acaparar poder siendo jefe de un grupo parlamentario que en su mejor momento ha ocupado tan solo un tercio de los escaños de la Cámara Baja. Ha ganado aliados, y los ha alejado del PP, dejándose llevar hasta donde divisara un alto riesgo para su posición. Su fortaleza estriba en la fidelidad de los votantes socialistas, la disciplina de su partido y en su disposición a satisfacer a sus socios. En el PSOE apenas se escucha alguna voz que reclame tímidamente conversación y debate sobre la larga serie de derrotas electorales, la gestión de la dana o las causas judiciales que rodean al Gobierno. La ausencia de Felipe González y Alfonso Guerra y el texto de la ponencia política propuesta en el Congreso de Sevilla hablan por sí solos del tipo de liderazgo personal y excluyente que ejerce Pedro Sánchez.
No es solo la resistencia del presidente del Gobierno la que está a prueba, que también, sino la del sistema político. Es impensable agotar en estas condiciones la legislatura sin que estalle una conmoción en el núcleo de la esfera política. Ninguno de los mecanismos institucionales, moción de censura o cuestión de confianza, dimisión o elecciones, se activará si no hay un giro de posición entre los grupos de la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno. Jordi Pujol, exaltado padre del nacionalismo catalán, cuya figura ha sido comparada con la de Prat de la Riba, ha admitido que no habrá independencia en los próximos quince años y ha sugerido la reencarnación de Junts en una nueva Convergencia, el partido que él creó. Eso cambiaría las cosas. Entretanto se despeja la incógnita, la sociedad española debería escapar de la trampa de la polarización sin esperar a las siguientes elecciones. A veces parece que lo intenta.
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