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Evitando el pensamiento

"L’Homme qui marche", del escultor Alberto Giacometti, tras más de seis décadas manteniendo el mismo ademán de ir hacia delante con la paradoja de permanecer inmóvil, sin poder liberarse de la rumia pensante que ello le generaba, con mucho más espíritu que carne se puso en marcha de verdad para experimentar la sanadora meditación activa, hilvanando lo que iba viendo a su paso sin dejar ningún intervalo para el pensamiento.

Ocho farolas con dieciséis brazos: y sus luces reflejándose en las rayas craqueladas sobre el asfalto… Un arbusto que pasa del rojo al verde junto a un semáforo… La geometría repetida de un paso sin peatones… Una papelera llena de tristeza… En la pequeña playa de la izquierda, una garza rasga el agua al levantar el vuelo… Un perro lejano ladra al relente nocturno sin conocer a Rothko… Unas farolas altas, pero no altivas, ofrecen su luz amarilla sin esperar nada a cambio… Las dunas en reposo bajo la noche: al fondo se oye la mar sin horizonte… El firme del paseo se fuga con su propia perspectiva de baldosas hexagonales… A un lado tres contenedores: verde, amarillo y azul, con un rótulo blanco en el azul que reza: tu papel es importante… Pasan dos coches: iluminan a una pareja que avanza a paso rápido: ni se miran ni se hablan… En un bloque grande de viviendas solo se ven tres ventanas con luz: en la tercera, la sexta y la octava planta. Abajo, una pizzería junto a un bar con un cartel sincero: los martes cerramos por cansancio… Se acerca una motocicleta ruidosa, y al poco se recupera el silencio… En el cielo y en el agua, la luna desdoblada parece cuántica…

Final del trayecto: media hora de ida: media vuelta de repente.

El cielo y el agua con la misma luna, y el silencio recuperado, y el ruido de la motocicleta, y el cartel sincero, y el bar junto a la pizzería, y tres ventanas, y la pareja que no habla, y tres contenedores, y tu papel importante, y la mar sin horizonte, y las dunas bajo la noche, y las farolas humildes y altruistas, y el perro ladrando al lienzo nocturno de Rotcko, y la garza que levanta el vuelo rasgando el agua, y la papelera triste y sola, y la geometría de un paso sin peatones, y el arbusto hermanado con los cambios de un semáforo, y las rayas craqueladas del asfalto, y ocho farolas con dieciséis luces en sus brazos bocabajo.

En el rebobinado del regreso se dio un desajuste de tiempo: fue más corto el repaso que el trayecto, así que aún le quedaba al andante para este epílogo un tramo de riesgo: el último para llegar con arte hasta su bronce, respirando por la nariz y evitando el pensamiento…

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