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¿Bragas de abuela?

Reflexiones críticas sobre edadismos

"El edadismo hace referencia a los estereotipos, los prejuicios y la discriminación hacia las personas asociados a la edad. Es decir, la forma de pensar, sentir y actuar con respecto a los demás en función de la edad que tienen. Es un fenómeno que está presente, de forma aceptada y naturalizada, en casi todos los ámbitos de la sociedad y del que conviene estar alerta a sus diferentes formas para tomar conciencia de ellas y poder combatirlas".

Fundación Pascual Maragall

Aunque el edadismo comprenda también la categorización de los jóvenes cuando se les discrimina al no considerar su verdadera valía en cualquier esfera, nos referiremos aquí a lo que más abunda respecto a las personas con más edad.

De entrada, podemos decir que la discriminación edadista refleja siempre una torpeza por ausencia o mengua de empatía, y también una forma literal de cortedad cuando se refiere a quienes tienen más años, pues la única fórmula para no llegar a viejos es morirse antes. Por ello, al utilizar expresiones y etiquetas edadistas se escupe para arriba.

Hace poco vimos en un periódico nacional un titular referido a una marca de ropa interior que comercializa bragas "de abuela" -ilustradas con fotos de modelos jóvenes-, denominando de este modo las prendas por ser más amplias.

Abuela, como término asociado a la vejez, es, sin duda, una forma de edadismo rancio, y en este caso, además, sexista y contradictorio por utilizarlo mujeres, tanto en la firma empresarial como en la información periodística (aunque la RAE, que siempre va detrás, lo recoja y justifique también como sinónimo de ancianidad).

La única condición posible para ser abuelos es la de tener nietos, igual que la de tener hijos para ser padres. Y en ambos casos se puede dar a edades muy diversas. La llegada de los nietos cabe con frecuencia por debajo del ecuador de la vida.

Algo que también debemos combatir son las cuñas del lenguaje edadista que como recurso se sirven de la ironía o la broma, a veces con diminutivos, para poder rebajar con un sentido peyorativo a quienes las dirigen desde una falsa superioridad generacional (una superioridad impostada en estos casos, como la que también se da en la jerga cotidiana de los micromachismos).

Dentro de una segmentación de la edad, oímos muchas veces frases muy asentadas y contradictorias: "a las personas mayores hay que respetarlas". Sí, pero ese respeto lo merecemos todos desde que nacemos, no después por llegar a mayores (otra cosa es que en cualquier etapa tengamos comportamientos más o menos respetables).

"Nuestros mayores" abunda igualmente como expresión paternalista. Pero los que ya nos consideramos mayores (uno prefiere que lo llamen viejo) no somos de nadie -o no más que antes-, así que sobra el adjetivo posesivo "nuestros", salvo que lo apliquemos a todas las edades.

En los escaparates de la sociedad de consumo la vejez no vende, incluso, socialmente y desde lo administrativo, se utiliza a veces la palabra retirado en vez de jubilado, como si el dejar una actividad como medio de vida no comprendiese el acceso a cualquier otra diferente en un nuevo marco, o incluso una continuidad de la misma ejercida de forma más libre, independiente y satisfactoria (algo sabemos de ello los artistas).

Busco en internet la etimología de jubilado y esto es lo primero que aparece: "Proviene del latín iubilare y de una celebración judía en la que el hombre se tomaba un año sabático para reflexionar, con júbilo, de lo conseguido a lo largo de su vida".

Entonces, derivando la jubilación del júbilo por reflexionar sobre lo pretérito –sin excluir por ello el presente y el futuro–, bien estaría que antes de llegar a lo jubiloso, la sociedad vaya sumando reflexiones que la mejoren, más libres de prejuicios discriminatorios y estereotipados sobre cualquier amplitud, de las bragas o la edad, para evitar así que en el futuro les caiga encima la saliva edadista que por cortedad de miras han escupido antes para arriba.

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