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¿Qué significa representar a un país llamado España?

El papel que debemos exigir a nuestros dirigentes

En los últimos tiempos, he experimentado un sentimiento de tristeza y vergüenza. Es difícil asumir mi profunda decepción ante la falta de criterio con que se representa a España en el panorama internacional. Es cierto que hemos cambiado, o nos han hecho creer que hemos cambiado, pero ello no debería ser motivo para perder nuestro papel en Europa y en el mundo.

Estamos atravesando un momento delicado en el escenario internacional, no solo en lo político, sino también en lo concerniente al desarrollo tecnológico. Lamentablemente, nuestros representantes no parecen estar a la altura. Estamos varados frente a los cambios que se nos exigen; respondemos tarde o a destiempo, dando la imagen de un país que no ha despertado en el siglo XXI, a pesar de haber recorrido ya una cuarta parte de él.

Creo que es momento de reflexionar sobre el papel que debemos exigir a nuestros dirigentes. Cualquier dato que analicemos sobre nuestra situación resulta alarmante. No podemos jugar en un escenario del siglo XXI con ideas obsoletas del siglo XIX. Nos instan constantemente a observar lo que ocurre a nuestro alrededor para seguir el camino adecuado, si de verdad queremos formar parte de los países que marcan el ritmo mundial. Queremos estar en la mesa de los mayores, pero nos comportamos como adolescentes que aún no saben qué papel deben desempeñar.

Es hora de dejar de lanzar tinta como los calamares para ocultar lo que hay detrás. La realidad es vergonzosa. En términos económicos, somos el tercer país de la eurozona con mayor tasa de pobreza y exclusión, solo por debajo de Rumanía y Bulgaria. Sin embargo, en los datos macroeconómicos que se nos presentan, se insiste en que lideramos el crecimiento económico, pero no se menciona el punto de partida. Es evidente: no estamos en el ranking de los países más ricos del mundo y, dentro de Europa, ocupamos el puesto 21, entre Chipre y Eslovaquia. Nuestros representantes deberían dejar de mentir y de mentirse a sí mismos para ponerse a trabajar en favor del país. Si profundizamos aún más, vemos que nuestra tasa de desempleo es alarmante: 11,2%, frente a una media en la zona euro del 7,6%. Solo Bosnia-Herzegovina nos supera con un 12,5%. Por último, en cuanto a nuestra deuda, esta se encuentra clasificada en un nivel de calidad media inferior (Baa1). Es decir, no estamos en la zona verde como las economías con las que aspiramos a compararnos.

Pasemos al gran reto actual de los países: el desarrollo tecnológico, particularmente en inteligencia artificial (IA). Los presupuestos generales del Estado destinan apenas un 0,015% a la estrategia nacional en IA. Si consideramos que en los próximos años se calcula que la IA generará el 3,5% del PIB mundial, y que por cada dólar invertido se estima un retorno de 4,6, deberíamos revisar urgentemente nuestra inversión. Los países que aspiran a formar parte de la élite mundial están incrementando sus presupuestos para no quedar fuera de la carrera tecnológica. En nuestro caso, aunque de palabra se insiste en que se está aumentando el apoyo al desarrollo, la realidad es que partimos de un presupuesto muy bajo y que nuestro esfuerzo tecnológico se concentra, en su mayoría, en un sector público no productivo.

Con esta visión, parece que también perderemos esta carrera. En lugar de trabajar para liderar y resolver los problemas reales de la población, nuestra política está atrapada en despropósitos personales, corruptelas, desvíos de capital y disputas internas para ver quién tiene la desvergüenza más grande para mantenerse a flote en medio de tanto caos. No se percibe ningún tipo de autoanálisis: solo correr sin mirar atrás y dejar todo al azar. Mientras tanto, el ciudadano de a pie observa cómo nadie asume la responsabilidad de este desastre. Al final, es él o ella quien debe enfrentarse a esta realidad, ajustando su presupuesto, mientras la casta política sigue en su burbuja de "todo va bien, el país va bien".

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