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En Cabueñes

Libre de puntos suspensivos

Recuerdo que durante la espera cesó de pronto el viento y todo se aquietó: la puesta de sol, la torre y su reloj, las casas, los hórreos, las huertas, el tendido eléctrico, el humo de las chimeneas, los aperos de labranza, los montes, los árboles, los setos, las briznas de hierba, el musgo, las areniscas de los lindes, los ensayos del baile, los tambores y la gaita, los ladridos, las cunetas, el lodo de los charcos, los pájaros, y el camino y su gravilla.

Inmerso en tal quietud, mi pensamiento se quedó entonces sin el discurrir de las palabras, ocupado por una sola imagen: suma transparente de todas las imágenes, como un acopio de tiempo en el paisaje superpuesto y detenido. Y ahí, integrado en medio de la paz inmensa de aquella detención, me sentí pleno en su presente, libre de todos los puntos suspensivos.

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En Gijón

Poesía visual

Otoño. Media mañana. Día soleado.

Voy en coche por el alto de Ceares en dirección a Los Campos. A la derecha, en paralelo, una línea de árboles.

Delante de mí circula una furgoneta alta y blanca. Según avanzamos, las sombras de las hojas de los árboles van cayendo de forma secuencial sobre la trasera de la furgoneta.

El conductor ignora el regalo que me hace: un breve porte otoñal de arte cinético: pura poesía visual.

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En Oviedo

Paraguas de periodista

Caminamos bajo la lluvia un tramo corto. Después me mostró su paraguas explicándome cómo funcionaba para el cierre: hacia fuera, con la ventaja de que así, al quedar en el exterior la cara interna y seca, no le soltaba el agua en el coche o en cualquier lugar que lo dejara.

Sin duda, el diseño del paraguas cumple muy bien con un sentido práctico, pero parece claro que fue diseñado para periodistas: aunque la portadora no entreviste a la lluvia, su paraguas sí la recoge como realidad externa reciente, para después poder portarla en su interior hasta algún habitáculo propio, o hacia un paragüero del periódico como una página plegada del tiempo.

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En La Manga

El más acá de mi ventana

Me entra el sueño, y con él la calle poco a poco: la brisa libre que todo lo toca, los ladridos de dos perros, voces sueltas, el llanto de un bebé y el consuelo de su madre, el arrastrar de una silla en la terraza, el olor a frituras, la lejana insistencia de un taladro, el rodar de los coches, la sirena de una ambulancia, el graznar de las gaviotas, la bajada fuerte de una persiana…

No es la hora de la siesta, el reloj marca las doce menos cuarto en este día de verano. Pero a mi sueño le da lo mismo, igual que al peso de mis párpados mientras de forma progresiva se desvanecen los registros de mi escucha. Lo voy notando, soy con lo otro que conmigo también se disipa y se pierde.

Me duermo, me voy durmiendo con las voces que me llegan, cada vez más débiles, ya casi imperceptibles, como ocurre con el texto de un periódico para el lector no suscripto, al que enseguida se le van esfumando las palabras hacia el blanco.

Cierto, a la caja acústica de la calle no me suscribí, y a las páginas del sueño tampoco, por eso escribo estas palabras mentalmente haciéndome el despierto, quedándome con ellas en blanco en el más acá de mi ventana.

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