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Asesorar, el arte de la prestidigitación

La realidad de un trabajo que debería ser importante para la buena marcha de un país

Feliciano Ordóñez es profesor de Metodología y Estadística

Hace ya algún tiempo que me pregunto qué hay que hacer para ser asesor de un gobierno. Se trata de un trabajo importante, cuya finalidad debería ser contribuir al desarrollo y a la toma de decisiones en los asuntos que forman parte de la actividad de gobernar un país.

Por tanto, estamos ante un estamento primordial para el progreso, la innovación y la prevención de los acontecimientos que pueden afectar a los gobiernos. Su función es permitir afrontar con éxito la distribución del poder y el ejercicio de dirigir un país.

Hasta aquí la teoría. El problema es la práctica. Si actualmente existen unos 471 asesores, o bien no me salen las cuentas, o no están asesorando en asuntos de Estado, o se dedican a orientar a las personas que conforman el gobierno. En este último caso, no serían asesores, sino entrenadores personales. Su aparente objetivo es distraer a la opinión pública, logrando que centremos nuestra atención en asuntos mundanos y superficiales, mientras que, furtivamente, consiguen que pase un día más sin ofrecer soluciones a lo verdaderamente importante. Es el juego del despiste: esperan que la atención de los ciudadanos se desplace a otro tema o, directamente, ellos mismos se encargan de generar noticias que les procuren más tiempo para seguir mermando nuestra capacidad de respuesta.

Creo que, como sociedad, ya somos lo suficientemente adultos para afrontar la realidad de la situación actual. Estoy un poco cansado de los eufemismos que buscan evitar llamar a las cosas por su nombre. Ha llegado el momento de asumir la realidad como una sociedad madura y no como incipientes púberes ante el juego de prestidigitación de "ahora te digo, luego me desdigo". Al final, nos imponen lo que ellos quieren, pero disfrazado de un deseo propio y sin abordar los problemas reales.

Es curioso que, cada vez que realizamos un análisis comparativo de los temas que nos preocupan, los datos obtenidos nos alejan del resto de Europa. A ver si va a ser cierto que Europa comienza en los Pirineos. La realidad es que se nos ha mantenido al margen de la evolución política mundial, como si no fuera con nosotros. Nos hemos quedado anclados en ideas obsoletas de finales del siglo XX, cuando todo era fácil, rápido y ajeno a las fronteras de un país. Me explico: seguimos abanderando eslóganes caducos, basados en una época de falsa abundancia y especulación, donde lo primordial era el individuo. Esto derivó en un pensamiento social individualista y narcisista, en el que el "yo" prevalece por encima de todo. Y este modelo se perpetúa gracias a una clase política que, probablemente asesorada desde esta perspectiva proteccionista y negacionista, nos mantiene ajenos a la realidad inmediata.

Esto está avalado y sostenido por un "status quo" político que se beneficia de la falta de autocrítica, del rechazo a estructuras supraindividuales y del aislamiento. Debemos avanzar y madurar en pensamiento social y crítico. Es necesario exigir explicaciones sobre el porqué de las cosas. No debemos conformarnos con lo que nos dicen, sino profundizar, cuestionar y buscar respuestas racionales y argumentadas desde todos los puntos de vista posibles. Hay que interrogar lo que vemos y oímos hasta disipar cualquier duda al respecto.

Todo esto no es nuevo: se basa en el concepto de disonancia cognitiva. Esta nos lleva a cambiar nuestra conducta para evitar la incomodidad que nos produce el choque entre nuestro comportamiento y nuestros principios. Dichos principios pueden estar lastrándonos a un comportamiento inmutable, solo por el deseo de mantenerlos intactos. Sin embargo, estos principios deberían haber evolucionado y madurado con los cambios sociales. Posiblemente, los asesores estén explotando esto precisamente para evitar que nada cambie.

En definitiva, debemos cuestionar y analizar si estos principios siguen siendo adecuados para los tiempos que corren y permanecer alerta ante cualquier posible transformación. Por concluir, es posible que los asesores hagan un buen trabajo, pero solo para sus clientes, que, evidentemente, no somos todos los que vivimos en este país.

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