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Horrores de ayer, horrores de hoy

La guerra de Gaza apenas ocho décadas después del Holocausto

Aunque hasta el 2 de septiembre de 1945 no finalizaba oficialmente la II Guerra Mundial con el Acta de Rendición de Japón, la guerra en Europa ya había concluido con la capitulación de Alemania firmada en una Berlín arrasada el 9 de mayo de 1945. Los acontecimientos se habían precipitado los últimos días de abril. Hitler se suicidaba en su bunker la tarde del 30. Pero, aún así, en los últimos impases de la guerra, miles de prisioneros de los campos de concentración fueron trasladados con destino incierto. El régimen nazi había decidido no dejar testigos incómodos por lo que se sucedieron las llamadas "marchas de la muerte". Cuando, quizás la esperanza había empezado a anidar en los prisioneros, el horror no les dio ninguna tregua.

Aquellas marchas se hicieron comunes en las postrimerías del 1944 y principios del 45. Los movimientos más multitudinarios empezaron en Auschwitz y Stutthof, pero se generalizaron por todo el territorio. En los días previos a la muerte de Hitler se ordenó la marcha de Buchenwald (7 de abril), la de Dachau (el 26 de abril) o la de Dora-Mittelbau (13 abril), en el transcurso de esta última, en la de Dora-Mittlebau y a las afueras de la ciudad de Gardelegen, el avilesino Manuel García Rodríguez, sería tiroteado y quemado junto con otras 1200 personas en un granero. Manuel era un republicano español, un apátrida para el régimen de Franco. Había sido capturado en París y puesto en manos de las autoridades nazis por sus acciones de resistencia. Pongas el foco donde lo pongas, mires donde mires, la inmensa tragedia que vivieron los republicanos españoles aflora sobre las cenizas. Están siempre ahí, en lo más cruel de los acontecimientos. Y claro, tanto se los ha querido esconder, que las raíces se han hecho fuertes en la tierra soterrada. Basta que haya sido un secreto silenciado para que ese periplo cause más interés entre los documentalistas, los historiadores y, por supuesto, los descendientes. Los protagonistas padecieron los hechos, pero sus familias la imposición del silencio. Ese fue el legado.

La concordia es una palabra maravillosa cuando la concordia nace de una voluntariedad, no de la obligación. La concordia no es sometimiento. Viene de la voluntad de la bilateralidad en el respeto y de la dignificación de los agentes implicados. Muchos hemos sido herederos de ese silencio, un silencio que cada vez que más indagas en él, te hace comportarte como un sabueso que se extasía al encontrar en los archivos referencias nuevas y que te autoconvence de la ingente tarea pendiente en la búsqueda del relato y de la necesidad de mantener una escucha activa de ese murmullo que brota de las entrañas, que se expande y que te hace entender tu país, tu tierra y las consecuencias que se prolongaron en ella a lo largo de las décadas. ¿Dónde está la maldad en la recuperación histórica? ¿Por qué es algo tan dañino para algunos? Yo no reniego de la concordia cuando a ella se llega tras el alumbramiento y tras la reparación.

Vengo de una generación que crecimos yendo a misa, leyendo en el pórtico de las iglesias el nombre de todos "los mártires", el nombre de las calles y las plazas que los honraban. Estaban ahí. No se protestaba por ese hecho. Más tarde, tiempo más tarde, supimos que algo no encajaba cuando llegaban ciertos días, como el Día de Difuntos y entonces escuchabas en los cementerios, junto a las lápidas y las fosas comunes, runrunes discordantes a la verdad establecida. Para muchos no perder el relato es no olvidar a nuestros seres queridos, no olvidar sus desgracias, sus lecciones de vida, sus resiliencias, no olvidar el cariño que nos brindaron y con el que crecimos. Ellos no nos dejaron dinero, ni propiedades, ni relevancia social, ni oportunidades de vida. No pudieron. Nos dejaron, eso sí, la mirada, alguna foto y la historia a medio contar, a medio decir, a medio hilar; una historia que nos fructificó en el corazón. Heredamos muy poco, o tal vez heredamos muchísimo. Heredamos los mimbres para la búsqueda, la atracción por el pasado y el poso de los acontecimientos. Dudo mucho que eso extinga a pesar de futuribles cambios en el de signo del gobierno y de que, como promete el Sr. Feijoo, se deroguen las Leyes de Memoria Democrática.

Aquello horrores sucedían en España y en Europa. Y sucedían en Asia, con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón por parte de los americanos. Tras Hiroshima se marcó un hito en la certeza de que una autodestrucción total y masiva pudiera ser verosímil, y que, en esa hipótesis, nadie sobreviviría. De aquellos horrores de entonces se cumplen 8 décadas, aunque sus fantasmas se hacen visibles con los horrores nuevos, con los de ahora mismo en Ucrania, en la región congoleña de Kivu o en Gaza.

Me entero de la muerte del Papa Francisco con este artículo ya casi terminado. Leo que fue Francisco el 2018 quien dijo:

"Al mundo de hoy le falta llorar. Lloran los marginados, lloran los que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades, no sabemos llorar".

Hay déficit de lágrimas. Ya no lloramos con el genocidio palestino a pesar de las imágenes demoledoras. Los resorts que resulten de esta aberración espero estén a la altura del derramamiento de tanta sangre. Habrá que exigir un mínimo 7 estrellas en la categoría de los alojamientos. Un extra de calidad sería lo que mereciesen tantos niños muertos (1.100 bebés como santos inocentes).

En Semana Santa, con la Legión se cantando eso de "soy el novio de la muerte", me dio por pensar que funcionamos como autómatas, que vemos lo que queremos ver, que estamos tan condicionados por nuestra perspectiva que olvidamos lo más esencial. Olvidamos plantarnos, protestar, ser valientes, ejercitar nuestra conciencia como seres humanos. La gran innovación del Papá Francisco creo que fue esa: haber impuesto la valentía al destapar los casos de pederastia y haber sido capaz de pedir perdón por ellos en nombre de la Iglesia. Pero en esta sociedad nos hemos autoconvencido, o nos han convencido, que por mucho que hagamos nada tiene solución, que en el futuro tampoco habrá esperanza y que lo único que nos queda es la resignación y la asunción de una larga marcha hasta la muerte, pero la de los otros, no la nuestra. Las injusticias ajenas, sus desgracias y su infortunio ya no nos conmueven. Somos inmunes. Ignoramos la interconexión y que los acontecimientos suelen llevar aparejados un efecto boomerang.

Trump acudió al funeral del Papa. Ahora el foco está en Roma. El mundo llora a Francisco. Los noticieros enfocarán durante días al Vaticano mientras en Palestina nada cambia. Hace solo unos días morían abrasados varios periodistas. Hace 80 años lo hacía Manuel García.

En mi opinión tenemos demasiada poca memoria y sospecho que pronto comulgaremos con el eslogan: Visit Gaza!: El olvido suele ser así.

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