Opinión
El poder de la bondad
Discurso de la servidumbre voluntaria
"La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre. Eso mismo les ocurre a los más briosos caballos, que primero muerden el freno y después se entretienen jugueteando con él".
Étienne de La Boétie (1530-1563)
La bondad también nos hace más libres, aportando valores e incluyendo el atributo de la belleza (ser bellas personas). Sin embargo, quienes detentan el poder la suelen presentar a sus súbditos como buenismo, sinónimo despectivo de ingenuidad, propio de incautos y débiles, sabiendo que la fortaleza de lo bondadoso, cuando empareja los buenos sentimientos con la inteligencia, es capaz, en muchos casos, de desarmar y pacificar nuestros conflictos por las vías de la tolerancia y el diálogo.
Por ello, las personas benévolas no necesitan el poder en su relación con los demás, porque la bondad atrae sin imponerse, al contrario que la coerción y el miedo cuando se utilizan como instrumento de dominio. Pero que la bondad nazca abierta y generosa en nuestra especie, donde también "el hombre es un lobo para el hombre" (aunque la frase se equivoca al poner como ejemplo a los cánidos), no significa que la bondad no precise una vertiente activa, sin plegarse a la tiranía de los individualismos egoístas y autoritarios.
Nadie es pariente de sí mismo. El yo, aunque se muestre ególatra y déspota, vive en la orfandad si en su orbe no encuentra sostén, de lo que somos responsables todos, porque cada personalidad, positiva o negativa, se revela y expresa de una u otra forma en el cómo de sus interrelaciones con lo que le rodea, condicionada por lo otro y los otros. Como buen ejemplo, en positivo nos damos la mano para saludarnos, y a veces para cerrar acuerdos. Por tanto, el dar y tomar la mano recíprocamente incluye una forma de re-conocimiento y de tacto mutuos.
Aunque no reparemos en ello, con la bondad mostramos un agradecimiento existencial comunicado con lo humilde, por la conciencia de sabernos frágiles y temporales. Y con tal gratitud y humildad deberíamos ir dando la mano al mundo y a la vida con la coherencia del respeto, manteniéndonos empáticos y permeables con nuestros congéneres, aunque mantengamos diferencias.
Pero lo bondadoso, tan asociado a los sentimientos, decíamos que también debe incluir la inteligencia –y la sabiduría–, porque obedece en todos los ámbitos igual a la ética que a lo pragmático, al darse como capacidad para el bienestar y el provecho común de nuestros intercambios culturales, técnicos, científicos, mercantiles, etcétera, que siempre devienen en relación humana y en un progreso que fortalece el tejido social. Por ello, aunque resulte una perogrullada decirlo, las personas ejercen una forma de autoridad ejemplar con aquello en lo que son buenas. Howard Gardner, autor de la teoría de las inteligencias múltiples, dice que los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos, al contrario que las malas personas, que pueden llegar a tener pericia técnica, pero sin alcanzar nunca la excelencia.
Sin embargo, esta autoridad de lo bondadoso, que donde mejor fructifica es en lo democrático (aunque no sea perfecto), choca con los ámbitos de poder gobernados por autócratas y sátrapas, con casos de narcisismo y de psicopatía incluidos, que no viven de espalda al parecer de la gente porque necesitan salvaguardar sus propios intereses de dominación y codicia, dependiendo en mayor o menor medida de la opinión general para perpetuarse mientras puedan sin ser cuestionados, por eso instrumentalizan el miedo y generan populismos torticeros y simplistas utilizando la propaganda manipuladora con noticias falsas, sirviéndose hoy de los satélites y las pequeñas pantallas para crear con las redes sociales una obediencia sin fronteras que nos cosifica volviéndonos dependientes, diseñada y gobernada por quienes no votamos en las elecciones, por los nuevos señores feudales del aire, como los denomina el filósofo Javier Echevarría.
Así que, en el actual panorama, tan inquietante, desequilibrado y arrasador, un modo de hacer valer las libertades con los atributos de la bondad –como capital humano entendido con amplitud, también humanista–, consiste en mantener una rebelión ética y práctica no dando cobertura a la domesticación, ni individual ni colectiva, rompiendo así con el hábito de nuestra dócil servidumbre voluntaria que ya cuestionaba Étienne de La Boétie tantos años atrás.
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