Opinión
Jaque a la dama
El régimen talibán prohibe la práctica del ajedrez
Desde hace unas semanas jugar al ajedrez está prohibido en Afganistán. La decisión fue tomada por el régimen talibán en aplicación de una ley promulgada por el Ministerio de Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio.
Esa prohibición se suma a una larga y aberrante lista de restricciones que el fanatismo religioso está imponiendo en ese país. Pero en este caso, la prohibición del ajedrez aplica sólo a los hombres. Sí, sólo a ellos. Porque a las mujeres hace ya años que les fue vedado toda clase de prácticas deportivas, también el ajedrez. Desde que los talibanes volvieron al poder en el 2021, el país se rige por un sistema islámico llamado sharía (literalmente: "camino claro hacia el agua") que agrupa una combinación de enseñanzas del Corán, de conductas alumbradas por Mahoma y de un conjunto de interpretaciones que los académicos musulmanes han derivado en pronunciamientos legales que afectan sobre todo a las mujeres, y que ya constituye la más grave privación de derechos hacia el género femenino en todo el planeta.
A ellas se les veta casi todo. Se les prohíbe la educación, la asistencia a institutos y universidades. Se les impide trabajar fuera de sus casas, negándoles así la posibilidad de que puedan tener fuentes de ingresos. Por ello, las mujeres que no tengan a un mahram, es decir, un hombre de parentesco cercano (padre, marido, hijo o hermano) que las sostengan, están condenadas a morir, literalmente, de hambre en la invisibilidad de sus casas. No pueden salir de ellas o viajar solas, ni siquiera en un taxi. El transporte público está segregado. Las ventanas de sus hogares tienen que ser opacas para que no puedan ser vistas. Las antes profesoras, funcionarias, periodistas, economistas o fiscales ahora ya no lo son. Ahora son solo mujeres, seres con casi menos derechos que los animales. Por supuesto su atuendo tiene que regirse por estrictos cánones. El uso del yihab es obligatorio hasta el tobillo, pero éste debe ser de colores discretos. Se les obliga a caminar sin hacer ruido. Los tacones son pecado y en general cualquier elemento que pueda "perturbar" a un hombre. En definitiva, lo que se busca es hacerlas invisibles, someterlas y alejarlas de las esferas públicas relegándolas únicamente a los ámbitos domésticos.
Mientras eso ocurre en Afganistán, por aquí, hace tiempo que empieza a cuajar la idea que la "matraca" feminista es agotadora y cansina. El otro día, de forma casual, escuchaba por la calle la conversación entre tres chicos. Uno de ellos les contaba a sus amigos como uno debía negarse al feminismo: "Que no, que lo que las mujeres quieren con el feminismo es ser superiores a los hombres. Nos quieren aplastar y eso no se puede consentir". Algo se está haciendo mal en este país si tras tantos años de políticas de igualdad eso es lo que ha calado en las generaciones más jóvenes. En algo muy grave se ha errado si al final lo que germina en una negación; y aún más grave si cabe, la idea de que la única posibilidad que les queda a los hombres, para a ser hombres, es blindarse y resistir con paradigmas mentales aún más machistas y enfrentados. Todo ello es contradictorio y opuesto al fin pretendido. Creo se hace urgente reflexionar seriamente sobre esta delirante falta de entendimiento entre sexos, (digo bien: sexos), y sobre todo lo que acarrea para una sociedad moderna que sufre mentalmente y que se aísla, cada vez más, sentimentalmente.
La serie de Netflix "Adolescencia" parece haber sido reveladora para muchos de lo que hace ya tiempo se viene vaticinando, de lo que están calando entre los chavales, de las distorsiones en las relaciones, de los extremos y cruentos modelos pornográficos, de la frivolización de la violencia, de la falta de empatía, de la ausencia de cariño, de la agresividad y de la polarización. Tal vez suene extraño, anacrónico, decimonónico, si me apuran, romántico, pero estamos yendo contra el amor, contra el amor entendido como un compendio de sensaciones que van desde lo carnal, a lo sentimental, contra el amor como aspiracional de equipo colaborativo. Yo no soy antropóloga, ni bióloga, ni psicóloga. No soy experta en nada; soy, como mucho, un poco poeta. Pero lo que veo, lo que percibo, lo que siento que vibra en el ambiente no me gusta, me apena y me amarga. Porque de una forma u otra, lo que parece siempre se pretende y prevalece, con diferentes jugadas o estrategias, es un perpetuo y continuo jaque a la dama. Tumbar a la reina, a ella que siempre tendrá menos valor que un masculino rey.
Volviendo a las religiones: ¿Cómo alguien en su sano juicio pudiera fundamentar que una mujer, por un mero juego genético es un ser inferior? ¿No les genera a los patriarcas espirituales dilemas humanísticos? ¿Cómo se puede condenar a las mujeres afganas relegándolas a vivir como seres serviles sin apenas derechos? Pero, ¿y aquí?, ¿no se hacen preguntas cuando miran a Roma y ven a tantos sacerdotes, obispos y cardenales, todos ellos hombres ejemplares, predicando sobre la humildad? ¿De verdad, de verdad de la buena no se plantean que hay algo raro en esos paradigmas en los que las mujeres son consideradas también elementos auxiliares?
No sé. Empiezo a creer que no hay solución a nada y que por mucho que interpelemos, no hay más ciego que el que no quiere ver.
En Afganistán las mujeres han perdido su voz, su dignidad y sus sueños. Mientras que aquí, en las sociedades occidentales, las mujeres en teoría somos cada vez más libres. Tenemos libertad hasta para opinar (como lo estoy hoy yo haciendo); pero muchas percibimos que por una extraña carambola aumenta exponencialmente la cosificación. Porque si no, ¿cómo se explican que cuatro millones de norteamericanas se muestren en actitudes provocativas en la plataforma OnlyFans? ¡Menudo empoderamiento! (el de decidir en ese catálogo en que posición te colocas para mostrar mejor tus estupendas tetas). ¡Qué mal todo!
Habrá que a recurrir a la siempre alumbradora sabiduría de Quino y a sus viñetas. Decía Mafalda: "Ya que amarnos los unos a otros no resulta, ¿por qué no probamos a amarnos los otros a los unos?". Mafalda era así de grande. Intuyo que si reapareciese por aquí, la veríamos paseándose con una pancarta de "Stop genocidio!!!". Estoy segura que ella estaría bien enfadada por el devenir de este mundo, por Gaza, por Afganistán y hasta por la carcoma de OnlyFans.
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