Opinión | EL MALECÓN
Luis Enrique, Balón de Oro

Luis Enrique, París Saint-Germain / Dennis Agyeman / AFP7 / Europa Press
Mientras se debate sobre Lamine o Dembélé como principales candidatos al Balón de Oro, no debería cuestionarse el premio a Luis Enrique como mejor técnico. Eso sí, solo un pelo por delante de Hansi Flick, el otro gran revolucionario del curso. El asturiano ha logrado iluminar por fin al París futbolístico, el sueño soberano de Qatar desde hace 14 años. Lo ha conseguido con una traca final, la de Múnich ante el apabullado Inter de Milán. Un Inter que hasta darse de bruces con el PSG era un equipo sin fisuras, con cuajo, como demostró en todo el torneo, especialmente contra el renacido Barça de esta temporada. El primer glorioso PSG quedará grabado en oro tras una final de la Copa de Europa para el archivo del tesoro del fútbol. Por el impacto del resultado, por el juego coral de ese PSG repentinamente convertido en un convoy de mosqueteros y por la travesía reciente del club. Nada que ver con aquel club coleccionista de celebridades.
Sin Messi y sin Neymar, y largado Mbappé. El técnico gijonés, espadachín como es, lo había vaticinado para estupor de la corriente general. Proclamó que sin el astro francés el PSG sería más equipo. Así ha sido. Un PSG al estilo de Luis Enrique, cimentado en la misma idea con la que se presentó al ser nombrado seleccionador español. “Yo soy el único líder”. Hoy, su PSG, ya sin tanto egregio, es un consorcio, un equipo de mosqueteros, sin escapismos y con el asturiano por bandera.
Luis Enrique ha logrado una mutación tan sorprendente que hasta Dembélé se ha sumado a la causa. Nadie le reconocería por Las Ramblas. Ni por asomo. Hoy, goleador, asistente y currela. Y, por lo visto, mejor nutrido que nunca. El gijonés también ha entronizado a Vitinha, el fabuloso medio centro portugués. El luso, como Pedri, ha demostrado una vez más que en el fútbol el tamaño no estigmatiza. Luis Enrique ha forzado el despegue de Pacho, el estupendo central ecuatoriano del que apenas había pistas por Europa. Con ellos más Neves, Doue, Fabián y demás camaradas ha forjado un conjunto recio y atractivo a la vez. Un equipo con espinazo y todavía mucho recorrido, pese a haber superado con creces el listón de los petrodólares.
Bravucón, sin templar gaitas, directo a la mandíbula. Luis Enrique no ha corregido un milímetro su forro personal. Las formas le importan un bledo y cuantos más enemigos, reales o imaginarios, mejor. Esa es su vitamina. Hay algo en él que remite a Javier Clemente o Jose Mourinho. Se crecen en el cuerpo a cuerpo, esa es su salsa para bien o para mal, cuando el viento sopla de cara y cuando no. En su periferia se agolpan tantos detractores como feligreses.
A Luis Enrique le toca ahora consolidar su proyecto, toda vez que ha logrado imponer su sello en la caseta, en la grada del Parque de los Príncipes y en sus adinerados palcos. Los rectores de Qatar ya han encontrado el líder necesario. Al menos, nadie como él se autoproclama en público y en privado como tal. De paso, han comprobado que el fútbol no siempre tiene precio. Y, si acaso, mejor que el precio lo pongan los Luis Enriques de turno.
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