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Opinión | Las cartas son para el verano (2)

Agnès Marquès

La misiva que Einstein habría querido no enviar

El físico no se arrepintió de la advertencia científica que contenía su mensaje, sino de haber abierto la puerta a una carrera armamentística que nunca dejó de crecer

El físico Albert Einstein, padre de la teorí­a de la relatividad.

El físico Albert Einstein, padre de la teorí­a de la relatividad. / Archivo

Hay cartas que nacen para unir, para consolar o para confesar algo que, dicho en voz alta, se diluiría en el aire. Y hay cartas que uno querría no haber escrito nunca. Porque la palabra queda. La letra escrita pesa. No hay tecla de borrar que valga. Y la palabra también puede ser destructora. Me llamó la atención cuando Gmail incorporó un botón para “deshacer el envío” durante unos segundos. Un respiro mínimo para evitar ese correo enviado en caliente. Pero estas opciones no existen cuando tiras una carta al buzón: una vez dentro, viaja sin vuelta atrás. Y cuando esas palabras salen del sobre, ya no son tuyas: pertenecen a quien las recibe… y a todo lo que desencadenan.

El 2 de agosto de 1939, Albert Einstein firmó una de esas cartas. Mecanografiada, breve y con una cortesía fría, empezaba así: “Señor: Un trabajo reciente de E. Fermi y L. Szilard, a cuyo manuscrito he tenido acceso, me lleva a pensar que el elemento uranio podría convertirse en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato.”

Ni “señor presidente” ni fórmulas solemnes. Solo “señor”, y al grano. En apenas dos páginas, Einstein —siguiendo un borrador de Leo Szilard— advertía al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que era posible provocar “una reacción nuclear en cadena dentro de una masa de uranio, por medio de la cual se generarían enormes cantidades de energía y nuevos elementos semejantes al radio”. Y añadía: “Este nuevo fenómeno llevaría también a la construcción de bombas extremadamente potentes […] que al hacerlas explotar en un puerto provocarían una gran destrucción.”

La carta también detallaba la geografía estratégica de este nuevo mineral: “En Estados Unidos hay muy pocos yacimientos de uranio… la fuente más importante se encuentra en el Congo belga”. Y proponía que la Casa Blanca designara a una persona de confianza para “mantener un permanente contacto entre la Administración y el grupo de físicos que investigan la reacción en cadena”.

La razón de tanta urgencia era la amenaza que sospechaba que representaba Alemania: “Tengo entendido que Alemania… ha detenido la venta de uranio procedente de las minas que ha confiscado en Checoslovaquia”.

Einstein no envió la carta directamente. Fue redactada con la ayuda de Szilard y del físico húngaro Eugene Wigner, y llevada en mano al presidente por el economista Alexander Sachs. Roosevelt la leyó semanas después y creó un comité de investigación que acabaría transformándose en el Proyecto Manhattan, el programa secreto de investigación y desarrollo con el que Estados Unidos —junto al Reino Unido y Canadá— construyó las primeras armas nucleares de la historia.

En aquel 1939, Einstein vivía retirado en Princeton, recién nacionalizado estadounidense y alejado del Berlín donde su fama había nacido. Judío y pacifista, había huido del nazismo pocos años antes, y firmar esa carta era para él una forma de advertir del peligro que conocía de primera mano. Creía que no hacer nada podía ser peor que actuar.

Menos de un mes después de la carta, Hitler invadió Polonia. Y seis años más tarde, el 6 y el 9 de agosto de 1945, hace justo ochenta años, dos bombas atómicas arrasaron Hiroshima y Nagasaki, matando a más de 200.000 personas. Einstein no participó en la construcción de esas armas, pero su carta habría colaborado a impulsar el primer paso político.

Él mismo fue consciente de ese peso. En 1947 confesó: “Si hubiera sabido que los alemanes no lograrían fabricar una bomba atómica, no habría hecho nada”. Y poco antes de morir, calificó su carta como “el gran error” de su vida. No se arrepentía de la advertencia científica, sino de haber abierto la puerta a una carrera armamentística que nunca dejó de crecer.

Las cartas no se pueden 'desenviar'. No caducan. Pueden pasar décadas dormidas en un archivo y, de pronto, volver para contarnos su historia. Como esta, que empezó con un aséptico “señor” y acabó alterando el rumbo del siglo XX. Más que cambiar el mundo, lo estremeció. Quizá por eso, antes de firmar una carta —en papel o en pantalla— conviene recordar que la letra escrita pesa. Y que, a veces, su peso es insoportable.

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