Opinión
La economía en K
Los precios disparados conviven con unos salarios deprimidos. Poco importa lo que digan los indicadores oficiales: España no va bien, porque Occidente tampoco funciona y las dinámicas de fondo son negativas. En Estados Unidos se ha empezado a utilizar el término de "economía en K" para iluminar una fractura que se deja sentir, no tanto en los grandes datos macroeconómicos como en la intrahistoria cotidiana. Desde la pandemia –lo sabemos–, el crecimiento ha sido poco más que un espejismo colectivo. El gobierno saca pecho con unas cifras del PIB que no se traducen fácilmente en prosperidad general. En la letra K hay una rama ascendente que representa la pujanza de unas elites cada vez más alejadas de los estándares de vida de las clases medias. Hablo de un 10, un 15 o un 20% de la población que ha sabido beneficiarse del salto tecnológico y de la subida de los precios inmobiliarios. La riqueza exige músculo patrimonial y empresarial, requiere propiedad más que trabajo. Pueden considerarse los grandes ganadores de la globalización. Y su número no es pequeño, aunque nunca mayor que un cuarto de la población general.
Abajo, en la rama descendente de la K, se encuentra la inmensa mayoría: el 75 u 80% de la ciudadanía que ve cómo la inflación erosiona año tras año sus estándares de vida. Ese sector vive en una especie de recesión constante desde hace ya varias décadas. Más pobres cada año, con peor acceso a servicios públicos, con trabajos más precarios: tal es la nueva normalidad tanto en las ciudades como en la España vaciada. Comprar una casa se ha convertido en una misión imposible, incluso para un segmento de salarios tradicionalmente altos o muy por encima de la media. El pegamento social que era el trabajo estable y la vivienda en propiedad se percibe como un horizonte muy lejano. Y sólo la herencia o el apoyo familiar permiten equilibrar por el momento algunas de estas dinámicas. Ahí radica el caldo de cultivo del populismo. O al menos una parte de él.
La paradoja que nos presenta la economía en K es que, si el PIB de los países aún crece –como es el caso actual de España–, no se debe tanto al grueso de la población, que vive en una especie de recesión constante, como a unas minorías que empujan hacia arriba. A largo plazo, esta divergencia resulta insostenible.
Las sociedades no se rompen de golpe, pero hay que ir con cuidado cuando la distancia entre clases se vuelve moralmente obscena. Para mí, esta es la verdadera advertencia que plantea la hipótesis de la letra K: que la desigualdad social se convierta en una constante. La economía puede continuar prosperando y el PIB sonreír durante un tiempo más. Pero eso importa poco cuando se agrieta el suelo que sostiene a las elites financieras. Aristóteles ya supo ver hace miles de años que, si esto sucede, la salud de la democracia corre peligro. Sin embargo, no es necesario acudir a ningún argumento de autoridad para subrayar lo que resulta hoy evidente, a saber: que, en su actual modelo, el crecimiento económico sólo mide el pulso de una descomposición.
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