Opinión
Un jurista de referencia, un ciudadano comprometido
En el adiós a Rafael Martín del Peso
El martes fallecía Rafael Martín del Peso, Presidente de la sección séptima de la Audiencia Provincial. Una noticia que sobrecogió el ánimo de los que tuvimos la fortuna, ya fuera en su faceta profesional como en su dimensión familiar y amical, de conocerlo. Llevaba luchando de manera encomiable, sin cesar en el cotidiano ejercicio de su actividad jurisdiccional, durante dos años. Aunque nada presagiaba que el devastador desenlace se produjera de un modo tan abrupto como inmediato. Así que fue comprensible la sentidísima consternación tras extenderse la malhadada nueva.
Conocí a Rafael hace más de cincuenta años, pues hicimos el Bachillerato Superior en los Hermanos Maristas en Madrid. Era el curso 1973/1974. Había nacido en San Esteban, la preciosa localidad del Occidente asturiano -que llevaba como perenne escarapela prendida-, a la que arribó su abuelo paterno estableciendo un próspero negocio de consignación de buques. Tras el declive del carbón, sus padres se instalaron en la capital de España. Desde siempre, Rafael descolló como un alumno aventajado. Si bien no coincidimos entonces en las aulas. Él estudiaba el Bachillerato de Ciencias –¡quién lo pensaría!– y yo, de Letras. Eso sí, nos examinamos de la reválida de Sexto en el Instituto San Isidro. Y ambos fuimos distinguidos con los dos mejores expedientes académicos. Lo que repetimos –comentábamos entre sonrisas como habíamos engañado, hasta por dos veces, a los profesores– en el Curso de Orientación Universitaria (COU).
Rafael estudió con gran brillantez la licenciatura de Derecho. Tras hacer los dos primeros años en la Universidad San Pablo-CEU, nos reencontramos en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. Vivimos la aprobación de la Constitución de 1978 -antes habíamos votado en las elecciones de junio de 1977-, íbamos y regresábamos diariamente de clase y conocimos a los maestros de una universidad desaparecida: Garrigues, De Castro, Sainz de Bujanda, Guasp, Alonso Olea… En ella se licenciaba con una media de sobresaliente. Una herencia que dejó su impronta en su paralela vocación docente como profesor de Derecho Romano y del Master de Abogacía en la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Así como en renombradas publicaciones sobre Responsabilidad Civil, Negligencias Médicas y Comentarios a la Ley de Enjuiciamiento Civil. Unas enseñanzas que llevó a la Junta de Expropiación Provincial de Asturias que presidía.
Con semejante bagaje, podía haber aspirado a cualesquiera de las oposiciones a los altos Cuerpos del Estado, pues además de su contrastada formación, disfrutaba de una memoria portentosa: notarías, registro, abogado del Estado... Pero no lo dudó. Deseaba ser juez. Gregorio Peces-Barba –que había sido nuestro profesor de Filosofía del Derecho– le dijo un día: "Con tu valía has de ser magistrado y defender la Constitución, la Justicia y los Derechos Fundamentales. La sociedad no puede perder a personas como tú". ¡Y desde luego que satisfizo tan compleja encomienda!
En solo dos años ganó las oposiciones –que entonces eran comunes– a Judicatura y Fiscalía. Lo que hacía con el número uno, mientras nuestro amigo Antonio Narváez ocupaba la primera plaza como fiscal. Quedábamos a última hora de la tarde. Él me hablaba de su temario y yo de mi tesis doctoral. Lo acompañé él día de su examen, donde despuntó por su solvencia y rigurosidad. ¡Un ejercicio magistral! Finalizado este, llamé a su padre a adelantarle el feliz desenlace. Sus destinos profesionales fueron Burgo de Osma, Las Palmas, Móstoles, Madrid, Oviedo y Gijón.
Rafael postulaba una justicia independiente y sin perversos adjetivos –"conservadora" o "progresista"– como alejada de perfiles populistas y cuotas partitocráticas. Al tiempo que equidistante de otros excesos: ni el "juez es la boca muda –afirmaba Montesquieu- que pronuncia las palabras de la ley", ni creía en los postulados de la Escuela Libre del Derecho que cercena la seguridad jurídica. Así que era comprensible el reconocimiento de sus compañeros. Como su ingreso en la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia (2013) y la Insignia del Colegio de Abogados de Oviedo (2025). Los que lo conocíamos pensamos que debía haber accedido al Tribunal Supremo. El lugar que por su innata capacidad y sobrados méritos le correspondía. Pero los que lo queríamos, también sabíamos que no era persona ambiciosa al que los mundanos laureles embaucaran su atención. Y, aunque le animamos a postularse, nunca dispensó al asunto la dedicación que tales expectativas requieren. No los necesitaba: sus sentencias eran dignas de reseñarse, por su magisterio, desde el foro en que eran dictadas.
Más no deseo finalizar sin realizar algunas consideraciones más personales. Espero que Rafael –acogido ya por la misericordiosa mano de Dios– no me desdiga. De entrada, era un hombre liberal. Y ser liberal, como silabeaba Ortega y Gasset, es mucho más que una adscripción política. Es una forma de relacionarse con los demás presidida por el respeto y la tolerancia. Siempre solícito a escuchar las opiniones ajenas –aunque era buen polemista–, cuando te rebatía lo hacía con la siguiente moderada expresión: "en mi opinión...". Amante de su tierra asturiana y arraigado en San Esteban y Muros de Nalón. Lector empedernido disponía de una excelente biblioteca. Desde niño le atrajeron los comics de "Tintín". Leyó mucho a Baroja y Galdós. La novela negra le apasionaba, así como las obras de Andrés Trapiello y Eduardo Mendoza. La historia de la Revolución Francesa –los ensayos de Michelet y Thiers–, las dos Guerras Mundiales… y, por supuesto, Borges. La música era otra de sus aficiones: desde Bach, las piezas barrocas y Chopin, sin postergar la ópera, hasta el country, el folk (Bob Dylan), el jazz, el rock (Van Morrison, Bruce Springsteen...).
La pintura también llamaba su atención. La obra de Juan Díaz –cuyo estudio visitó con su mujer en Cantabria- y una pléyade de artistas asturianos: Galeano, Fontela, Losa, Arias Canga, Gion, Lombardía, Díaz de Orosia… No menos el cine desde que acudíamos a la Filmoteca Nacional: la grandeza de John Ford, la genialidad de Willy Wilder y el suspense de Alfred Hitchcock. Su afición por los deportes –el fútbol (como nuestra familia, del Real Madrid y del Real Oviedo), el tenis y el esquí–, así como la gastronomía. Y, claro está, bañarse en la playa del Aguilar, pasear por el Garruncho y departir con sus amigos de siempre: Jorge Heredia, Severino Fidalgo y José Ángel Prendes.
Nos ha dejado un compañero de vida, un jurista de referencia y un ciudadano comprometido. "Uno de los nuestros", como Lord Jim, el inolvidable personaje de la sin par novela de Joseph Conrad, que nos hizo mejores a todos a lo largo de una existencia modélica forjada con su mujer, Isabel Herrero –una importante letrada–, y con sus hijos Eduardo, Cristina y Xuan, Luis y Julia, en los que, como afirmaba el clásico, sigue viviendo. Decía el portentoso Chateaubriand en sus "Memorias de Ultratumba": "Si tuviera que hablar de un amigo con el que me une un gran afecto, uno de esos amigos que saben dar lustre a nuestro éxitos y hacer más leve la adversidad, haría el elogio de la pureza y la finura de su gusto, de la elegancia de su prosa, de la belleza, de la energía y armonía de sus versos… de su talento superior por todos los éxitos ajenos que conmueve por todo lo que me puede honrar, con esa alegría ingenua y profunda que solo conocen los caracteres más generosos y las más viva amistad". Este era mi amigo y asimismo mi cuñado, Rafael Martín del Peso. Solo testimoniarte ahora la palabra más bella de toda la lengua castellana: gracias.
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