Opinión
Parábola de comunidad
Una lección sobre la esencia de la vida cristiana
No se trata de una comprometida ONG que se dedica a fines altruistas por los más necesitados. Tampoco es una central de mecenazgo para promocionar a los artistas subvencionando sus talentos musicales, pictóricos, escultóricos o literarios. No es, igualmente, una asociación deportiva que cultiva la vida sana y encauza actividades de tiempo libre en el mundo de los fitness de distinto estilo y modalidad, como ahora se denominan. Evidentemente, no representa una corriente política alternativa ni una guerrilla revolucionaria para tumbar los poderes establecidos y derrocar gobernanzas inconvenientes. No, la comunidad cristiana no es nada de eso, por más que tantas veces se nos etiquete y se nos asimile con algunas de esas expresiones sociales y humanas.
La Iglesia de Jesús nace con otra meta en su horizonte, porque proviene de una raíz diversa en su origen. Los relatos evangélicos nos permiten tejer una urdimbre que bien refleja la identidad cristiana. Con todos nuestros altibajos a través de los dos mil años de andadura, con las luces y sombras reconocibles, los cristianos hemos querido escribir una historia que hace las cuentas con el ideal al que fuimos llamados. Sabemos que esa vida ideal puede ser contradicha por la vida real, por eso hablamos de gracias y pecados. Pero el ideal no se difumina por nuestra lenta o humilde realidad cotidiana.
Sabemos que nuestra vida cristiana gira siempre en torno a tres goznes imprescindibles para que sea propiamente una realidad eclesial: la liturgia con la que alabamos a Dios y en la que nos alimentamos de su Palabra y sus Sacramentos; la catequesis con la que nos formamos continuamente (no sólo cuando niños o jóvenes para recibir alguno de los sacramentos de iniciación cristiana), pues siempre hemos de saber lo que creemos, lo que somos y lo que esperamos, y acertar en el diálogo con otros dentro de una sociedad tan plural, sin renunciar a nuestra cosmovisión creyente cuando miramos al hombre y a la mujer, los avatares políticos y culturales, construyendo la ciudad; y la caridad como el compromiso con la justicia y la paz, tendiendo nuestra mano y compartiendo nuestros bienes y recursos con las personas y los pueblos que puedan estar necesitando una ayuda o una solidaridad desde lo que hemos recibido, puesto que la caridad la aprendemos mirando a Cristo en su gesto de entrega y donación. Liturgia, catequesis y caridad, esta es la imagen ideal de la realidad cristiana.
Y esto es lo que llamamos precisamente "santidad", cuando nuestra vida personal hace un recorrido de vivencia y convivencia con Dios y los hermanos desde esas tres claves que nos definen: nuestra relación orante con el Señor a través de la escucha de lo que Él dice y de la adhesión a lo que Él nos muestra, la pasión por la verdad que sabe dialogar en un mundo plural desde una formación catequética que sabe dar razón de nuestra esperanza, y el abrazo a cada persona en sus flancos más menesterosos se llamen como se llamen desde la caridad cristiana.
Hay una cita anual en la que tomamos conciencia del significado que tiene la iglesia diocesana, como ese espacio en el que los creyentes en Jesús vamos creando cauces litúrgicos, catequéticos y caritativos para ser en nuestros días los testigos jubilosos de la esperanza cristiana. Así se explica nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, nuestras celebraciones litúrgicas y sacramentales, nuestro compromiso por las personas que Dios cruza en nuestro camino y a las que nos envía como mensajeros de la Buena Noticia. Haciendo así, construimos la ciudad llenándola de alegría como sucedió hace dos mil años tras la predicación de Felipe en Samaría (Hch. 8,8). Nuestra presencia en el mundo es una parábola de santidad, que entre todos debemos sostener y cuidar en tantos sentidos.
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