Opinión
El estado protector
Lo consideramos un monstruo ineficiente y caro pero todos queremos que nos poteja
Durante miles de años atribuimos las adversidades meteorológicas al capricho o enfado de los dioses. Júpiter tonante desencadenaba tempestades. Antes de eso, para aquellos humanos cada fenómeno tenía su personalidad y voluntad: el sol, el viento, las nubes, la lluvia. Ahora sabemos que son fenómenos físicos, los entendemos, casi los podemos predecir pero no sabemos gobernarlos.
La Dana que azotó el levante español hace un año es un buen ejemplo. Los desechos de nuestra civilización contribuyeron a su fuerza destructiva. No habría sido tan letal si la presión por la vivienda y la especulación no hubiera arrojado a tantos a construir en los cauces de ríos y barrancos. El agua, como si tuviera esa voluntad que antes le atribuían, reclama lo que es suyo. Construyeron allí porque el estado protector y rector lo permitió. No ejerció las potestades que los ciudadanos le otorgaron. Ahora, con razón, se le acusa de ser responsable de las muertes ocurridas.
En esta acusación hay una contradicción respecto a las corrientes de pensamiento actuales. Porque ese Leviathan está bajo sospecha. No cabe duda: la regulación que hace de nuestras vidas coarta nuestra libertad. Que no haya estado es el grito de ese movimiento ácrata muy enraizado en EEUU que permeabiliza los partidos de extrema derecha, cada vez más votados. Un estado mínimo y una sociedad floreciente gracias a la iniciativa individual. Es análogo, aunque no creo que les guste la comparación, a la aspiración de los ecologistas de prohibir, en amplios territorios, la intervención humana para que la sabia Naturaleza se desarrolle en armonía. Cuando todos sabemos que esa belleza es fruto de una lucha, un permanente equilibro inestable entre fuerzas contrarias y colaboradoras. El ser humano es una más en ese concierto, tantas veces disonante.
Las víctimas de la Dana responsabilizan al gobierno valenciano de las consecuencias de la inundación. Lo llegan a llamar asesino. Porque en el contrato entre los ciudadanos y el estado, este debe velar por la seguridad y salud de cada uno de los individuos. Su maquinaria, su poder económico y regulador, tiene ese objeto. Lo hizo en la pandemia, nos encerró. Una estrategia elemental para evitar la circulación de los microbios. Los partidos que reclaman que cada individuo pueda manejar su propia vida, como si sus acciones no repercutieran en la vida de los otros o su juicio estuviera siempre presidido por el saber y el respeto a los demás, consideraron la norma anticonstitucional. No sabemos qué hubiera ocurrido si el estado no se hubiera impuesto. De no haber hecho uso racional de su responsabilidad, ¿cuántas muertes evitables hubieran ocurrido? Entonces, como en la Dana, las víctimas y sus familiares le reclamarían, y con razón.
Miro el parque que tengo enfrente. Hoy día de viento sur está cerrado. Han puesto unas cintas de plástico en las entradas. El ayuntamiento ejerce su responsabilidad y autoridad para proteger a los ciudadanos. Como lo debería haber hecho cuando las lluvias desbordaron los cauces en Levante. Porque si no lo hiciera, si el viento arrancara una rama y dañara a un paseante, le reclamaríamos. Veo a una madre que conduce el carrito con su bebé agacharse para entrar. No es la única. Personas con perros, parejas paseando… consideran que tienen mejor juicio que los expertos del ayuntamiento. Como dijo un día el presidente Aznar: ¿Y quién le ha dicho a usted que yo quiero que me prohíban conducir después de bebido una copa de vino?
Podemos muy poco contra los fenómenos atmosféricos. Me decía un amigo geólogo: qué vanidad la vuestra creer que somos los seres humanos los responsables del calentamiento. La fuerza de la tierra es muy superior a la de la humanidad, sin duda. Pero eso no quiere decir que nosotros no hayamos hecho una de las mayores trasformaciones que seres vivos hayan podido hacer sobre el planeta. El calentamiento de los últimos años es uno de ellos. En eso somos responsables y esperamos, exigimos, a los gobiernos que mediante políticas favorables detengan el proceso. Es un momento difícil porque la balanza se inclina ahora por un estado no intervencionista en algunas políticas.
Se atribuye a Rudolf Virchow, la frase: la medicina es una ciencia social y la política no es sino medicina en una escala más amplia. Con él nace la anatomía patológica que explica las enfermedades a partir de la alteración celular y tisular. Eso le llevó la salud pública: la enfermedad del individuo afecta a la colectividad y el desarreglo de la colectividad daña al individuo.
Estamos en un momento interesante y a la vez en varios sentidos aterrador. El estado protector está en peligro. Sin embargo, todos, todos, le exigimos que lo sea. Que nos proteja de la compra de preferentes, que los alimentos no contengan contaminantes, que el aire sea limpio… que se movilice para prevenir las enfermedades y para curarlas. Consideramos que es un monstruo ineficiente y caro pero queremos que tenga medios suficientes para extinguir el incendio facilitado por el calentamiento y por el abandono del campo. Y que nos avise de los peligros meteorológicos.
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