Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

"El Principito"

La filosofía estoica y las contradicciones de la vida

Reconozco que la vida es pura contradicción y no existen verdades absolutas, excepto que todos vamos a morir. Lo que hoy parece cierto, mañana es una falsedad y lo que hoy nos parece inalcanzable, con el paso del tiempo, se transforma en algo consustancial. Vivir es adaptarse a un medio interno y externo que se modifica constantemente. Las propias leyes de la naturaleza y el avance científico se encargan de demostrarlo.

Una de las máximas que siempre me parecieron muy útiles la heredamos de la filosofía estoica: "Descubre pronto lo que no depende ti y no dediques energía a intentar modificarlo. Al mismo tiempo, haz tuyo lo contrario, y dedica todas las fuerzas a lo que sí dependa de tus acciones". Debo decir que he aplicado esta idea en numerosas ocasiones y que ha demostrado su provecho, especialmente para resolver problemas concretos, en los que dudaba si debía o no involucrarme. La mayor dificultad de su aplicación reside precisamente en el hecho de desconocer si la acción depende o no de uno mismo. Una posición extrema de esta norma es la que subordina todo a la decisión de Dios, según palabras del propio Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mateo 6:27-30), cuando indica: ¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, podrá añadir un solo codo a su estatura?, e induce a quedar siempre bajo la voluntad divina, aunque la mayoría de sus intérpretes dicen que estas palabras no deberían invitar nunca a la resignación.

No obstante y para confirmar lo que les decía sobre las contradicciones, la práctica atenta de otros modelos filosóficos, nos lleva a no contentarnos nunca con lo alcanzado y a creer que todo en la vida depende de uno mismo y del esfuerzo que se dedique a conseguirlo ¡Nada es imposible! Este pensamiento fue la base del llamado "Sueño americano", que tanta fortuna alcanzó en EE UU y que cimentó grandes éxitos y numerosos fracasos. En todo caso, la constancia en fijarse objetivos y la perseverancia en alcanzarlos, forma parte de esta manera de hacer. Analicemos un buen ejemplo de ello.

A finales de diciembre de 1940, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) llegaba al puerto de Nueva York procedente de Lisboa. El piloto y escritor francés venía precedido de la fama de su libro "Vuelo nocturno", publicado diez años antes. Su objetivo, además de dar a conocer la versión inglesa "Wind, Sand and Stars" de su nuevo texto "Tierra de hombres", editado el año anterior a su llegada, era convencer al Gobierno de EE UU de la necesidad de entrar en la guerra. Pero los asuntos de Europa no preocupaban demasiado a la clase media americana. A la vista de las enormes dificultades en alcanzar este objetivo (los americanos no participaron en guerra hasta el ataque sorpresa de Japón a los buques anclados en Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941), se implicó primero en la redacción de un nuevo texto "Piloto de guerra", editado en febrero de 1942, y gracias al cual consiguió conectar con la sociedad estadounidense y hacer creíble que Francia y toda Europa les necesitaban. Posteriormente se instaló en Asharoken (Long Island) para escribir y dibujar su gran obra, "El Principito". Aunque su esposa, la salvadoreña Consuelo Suncín (1901-1979), reclamó siempre que ella fue la fuente inspiradora, el protagonista de la narración se remonta a la visión de un niño polaco que huía de París después de la ocupación nazi y al que él siempre llamó "el pequeño Mozart" o "el Principito". El éxito alcanzado por este texto fue inmediato y no ha dejado nunca de crecer, como un pensamiento poético que invita a descubrir que lo más importante (el amor, la amistad, la bondad…) es invisible a los ojos y sólo se accede a ello desde el corazón. Una excelente aproximación a la duda estoica es guiarse por las emociones y no por la razón. Descubrir la rosa verdadera entre las 5.000 rosas del jardín forma parte de nuestras pretensiones vitales, aunque la dualidad sentimiento/racionalidad siempre han estado enfrentadas en la historia de la humanidad. Cobra sentido la famosa frase atribuida a Blaise Pascal (1623-1662) "El corazón tiene razones que la razón ignora", como ejemplo de la necesidad de atender los argumentos de uno y otro tipo. Antoine de Saint-Exupéry colaboró con su perseverancia para que EE UU entrara en guerra y en abril de 1943 embarcaba de nuevo hacia Europa. En la mañana del día 31 de julio de 1944, desapareció en un vuelo de reconocimiento desde Córcega.

Acude a mi mente en estos momentos una canción marinera, que acompañó mis primeras participaciones corales. La melodía original "La calma" (1858), se debe al médico y compositor catalán Nicolau Guanyabens Giral (1826-1889), pero pasó inmediatamente al saber popular y a lo largo del tiempo ha tenido grandes modificaciones, hasta llegar a ser conocida actualmente como "La calma de la mar", una deliciosa habanera interpretada por todos los cantautores mediterráneos. La letra nos invita a desconfiar de la calma marina, que anticipa la llegada de la tormenta e impide arribar a puerto: "¡Quan jo tenia pocs anys , el pare em duia a la barca, i em deia: quan siguis gran, no et fiïs mai de la calma!". La melodía es pegajosa y el ritmo sencillo, lo que incita a interpretarla, guitarra en manos, en un atardecer asturiano frente al mar: https://youtu.be/8r77606ptSE?si=ROHaH8omC2BdNJUX. En la senda de "El Principito" y de la balada marinera, atentos a los distractores adversos, sepamos tomar siempre la decisión más acertada y procuremos, al menos, que sople viento de popa.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents