Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Los suecos sí que saben

Siempre aciertan, tanto con su armario de fácil montaje como con el ignoto escritor que recibirá el millón de euros

Javier García Rodríguez publicó el pasado 23 de octubre su último artículo en Prensa Ibérica, el grupo de comunicación al que pertenece LA NUEVA ESPAÑA. Se titula "Los suecos sí que saben", contiene algunas reflexiones sobre los premios literarios y se reproduce bajo estas líneas. Es la última entrega de su columna "Periféricos y consumibles", que se publicaba en el suplemento cultural "Abril" y que, con su muerte, ha terminado abruptamente

No quiero más hojas por ahora que las que vienen atadas al ciclo de la naturaleza. Quedan por ahí (¡benditos encargos que nos mantienen alerta!) un par de gustosos compromisos. Me he venido a ver árboles y arbustos. A vigilar a un gato silvestre. A recoger los últimos tomates de la temporada. A recibir, en fin, al decoroso otoño con su sol clandestino y sus colores discretos. Nunca vino el otoño con afán de protagonismo.

Insisten las redes en noticias literarias que habrían de ser de mi incumbencia. Pero que pasan a mi lado sin dejar la menor huella. Ni quién ha ganado el Premio Nacional de Narrativa. Ni quién se ha hecho con el Premio Nobel de Literatura. Ni qué nuevo es ese género de la "dark academy". Nada tengo en contra de los jurados. Ni de las narrativas. Los nuevos géneros o subgéneros que se inventan en oficinas alicatadas hasta el techo son siempre una agradable sorpresa ante el erial en el que pastan los broncos eruditos. Y los suecos sí que saben.

Ellos aciertan siempre con su ganador imprevisible. Tanto con su armario panelado de fácil montaje como con el ignoto escritor que recibirá el millón de euros aproximadamente del legado de don Alfred. Fallaron de nuevo los pronósticos y los videntes porque iban por donde va la gente. Vuelven a sus cuartos oscuros o a sus oficinas bien ventiladas de edificios lustrosos los lobistas que auguraban nombres más o menos exóticos, autoras boreales, autores con pedigrí pero sin ventas apenas, latinos airados, poetas con voces apenas audibles, silenciosos representantes de lenguas minoritarias.

Es hora de volver al armario panelado. Los suecos nos esperan. Nos han hecho un hueco en sus estanterías precisas bien vestiditas con telas resistentes y lazos ad hoc. Lo demás serán esas hojas volanderas que amenazan con hundirnos bajo su peso. No descartemos un nuevo modelo para tiempos oscuros. Que las nuevas hojas vengan livianas, si es posible. Andamos decidiendo qué premio merecemos. No se trata de ser avariciosos pero que nadie se quede con lo nuestro.

Hemos llegado hasta aquí contra viento y marea. Mareados un poco por los vaivenes que no nos esperábamos. Déjennos la pedrea, señores del sorteo. Algunas pocas páginas que digan lo que somos. Otras que nos obliguen a pensarnos con pellizco incorporado. Alguna más que nos haga reír hasta olvidarnos de todas las desgracias. Un párrafo, quizás, que guardaremos en la memoria para siempre. Literatura, en fin, se llame como se llame. Y que los suecos nos bendigan.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents