Opinión | Le fumoir
Aquel viernes de noviembre

Homenajes tras los atentados de París. / EFE
Tres días después me acerqué con Elena y Daniel a una de las calles donde todo ocurrió. Llovía sobre el plástico que envolvía los ramos de flores que yacían en montonera sobre aquella esquina del distrito XI. Por alguna razón me recordó al día después de la tragedia de Heysel. La memoria nos lleva casi siempre a la infancia. Sólo el ruido sincopado de las gotas al caer rompía el silencio que la ciudad parecía guardar, reverente, desde aquella noche de un viernes de noviembre que parecía de veranillo de San Miguel. Todo el mundo estaba en París aquel fin de semana, convocados por el destino para ser testigos inadvertidos del horror, para nunca olvidar qué hicimos aquel 13-N. Salí a cuerpo y me senté en una terraza de Odéon antes de ir al cine con R. Elegimos una película de James Bond que se había estrenado hacía poco. Esa noche, por lo que fuera, no puse el teléfono en “modo avión”. Al cabo de un rato recibí un mensaje de mi madre. Las madres siempre se enteran de todo antes que nosotros. “¿Qué pasa en París?”, decía. Acto seguido, otro de un amigo, más procaz:”¿Qué coño está pasando en París?”. De pronto, mientras un 007 atribulado se enfrentaba al villano de turno, vi cómo las pantallas de los móviles de la gente sentada delante de mí empezaron a iluminarse una tras otra. Parecían libélulas en la noche. Libélulas de mal augurio. Se respiraba confusión e inquietud. Al poco, uno se levantaba y se iba al vestíbulo a hablar con algún familiar o amigo. Otro escuchaba un audio con la discreción que los franceses emplean delante de desconocidos. Esa noche responder al móvil se convirtió en una prueba de vida. “Ataques en París contra lugares de ocio”, decía un flash de prensa. Todos empezamos a estar más pendientes de la puerta que de Bond. Le dije a R que nos fuéramos. No quiso. Quería terminar de ver la película. “Dónde vamos a estar más seguros que aquí. No sabemos lo que pasa ahí fuera”, me dijo. Su comentario hizo que, de pronto, salir a la calle se me antojara heroico. En aquel momento no sabíamos dónde habían sido los ataques, ni si habría más, como hubo, ni si se iban a extender a otros barrios de la ciudad. Pero no tenía ningún sentido seguir en un cine. Me inventé una orden de mi jefe para irnos a casa. Pasamos la noche delante de la televisión, viendo cómo los responsables políticos intentaban comprender lo que había pasado y poner algo de orden en el caos sin que cundiera el pánico. Pese a que algún terrorista andaba suelto y no se sabía a ciencia cierta si habría más comandos operativos en la ciudad, no cundió. El francés confía instintivamente en el Estado. Al día siguiente fui a la oficina. R me llamó entre sollozos: “Anoche mataron a la hija de Nadia y a su novio en las terrazas”. Nadia era amiga y mentora de R. Había sido mi profesora de árabe el curso anterior. Es una egipcia cristiana emigrada a Francia en los 70, llena de sabiduría y sentido del humor. Su hija Lamia, una belleza de treinta, cenaba con su novio, Romain, en “La belle équipe”, uno de los restaurantes atacados, a trescientos metros de la casa materna. La llamé, lleno de congoja. Me desarmó su aplomo y saber estar. Su voz apenas mostraba inflexión. Sólo gratitud. Yo agradecí la lección de vida que me dio. Ni en ese trance dejó de ser profesora, de enseñarme algo valioso. Siempre he admirado la altura moral de las personas en la desgracia, manifestación suprema de la elegancia. Yo no sería capaz. Aquellos días, “la République”, esa diosa laica que se humaniza en mármol como “Marianne”, se graduó en trascendencia y fue madre protectora. Logró aglutinar bajo su manto, hasta entonces frío e institucional, a todos los que allí vivimos aquellos días de zozobra. La República francesa tenía 130 mártires a sus pies. Y su pueblo supo estar a la altura. No es fácil controlar la emoción sin reprimirla, ni guardar la compostura ante el horror. Francia eso lo sabe hacer, la justa gravitas entre la distancia británica y el dramatismo mediterráneo. Aquellos días todo el mundo supo estar. Estar con el que sufre. Con todas las nadias que aquella noche fatídica perdieron a sus seres más queridos. Que el recordar lo que estábamos haciendo aquella noche no les haga caer en el olvido.
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