Opinión
"Vinculero" de una estirpe y asturiano leal
En el adiós a Pelayo Roces
Murió mi amigo Pelayo Roces Arbesu. Lo conocí cuando empezó a trabajar de muy joven en la empresa familiar que su padre fundó. Él fabricaba unos excelentes tubos de hormigón que colocamos en muchas obras de fábrica de la "Y". Don Juan, que de aquella tenía unos 45 años, era serio, leal, combativo y fiel cumplidor de la palabra dada, que nunca torcía y que valía más que una firma ante notario. Era un hombre con valores firmes, gran capacidad de innovación y trabajador incansable. Huérfano desde muy joven, se construyó una vida desde un pequeño taller en el que empezó a fabricar tubos y se hizo contratista a los 20 años para sentar las bases de la gran empresa familiar de prefabricados que es hoy Juan Roces S. A. Pelayo continuó la saga para expandirla, diversificarla e internacionalizarla. Eso lo hizo también como un caballero y un hombre bueno.
Como trabajé con él, enseguida aprendí que, como contratista, era también un persona de palabra, defendía su sí o su no y lo hacía con honor. Si los adversarios tenían razón, la asumía y afrontaba su responsabilidad. Así se ganó el respeto de todos.
A la vez era como una espada toledana, de acero duro y flexible, templada en el crisol de su padre y de su madre, a la que adoraba. Fue un grande pues tenía una condición indispensable para serlo: lo que los taurinos llaman temple. Como un junco, sabía doblarse, pero sin romperse ni esconderse bajo tierra. Tenía columna vertebral, característica indispensable en el mundo de las obras que no son objetos cerrados sino realidades vivas, abiertas a los imprevistos y que además son fruto de la confrontación de intereses.
Por ello, sus humanos, además de buenos profesionales, tienen que ser fieles a sus creencias, enteros, tranquilos, firmes, humildes, abiertos, solidarios, valientes, cultos e integrado en su sociedad, pues las obras no solo se construyen con hormigón y acero, formulas y diagramas, sino con fe, esperanza y caridad. Ello exige saber trabajar en equipo, sin afán de protagonismo salvo para dar la cara ante los problemas. Pelayo fue perfecto y supo rodearse de personas valiosas a las que trataba como jefe y como amigo.
Su mirada amplia, su preocupación por nuestra sociedad y sus firmes creencias le llevaron a soñar y sembrar caminos. Por ello, siguió también la estela de su padre. Con 22 años, entró en el PP y lo fue todo, desde concejal hasta vicepresidente primero de la Junta General del Principado de Asturias. De su paso por la política sé solo como ciudadano, pues yo no andaba en eso. Sí supe que mantuvo sus valores y que se ganó la misma fama que en la construcción de persona seria, exigente consigo mismo y con sus adversarios. Muchos asturianos lo recuerdan en asuntos tan diversos como son las entidades de ahorro o la sanidad, en la que se ganó la gratitud de miles de enfermos asturianos con los que se comprometió y cumplió –fue leal a sus ideas, creencias y principios (un Winston Churchill redivivo)–. Cuando su partido dejó todo eso, en 2011 supo lanzarse a fundar Foro Asturias. Esa fidelidad la extendió a las personas, pues siempre supo estar en el lugar de siempre con su amigo don Francisco Álvarez Cascos, con respecto al cual, pese a estar muy enfermo, mantuvo su entereza durante el reciente juicio.
Vuelvo a lo personal al decir que, en su faceta política, siempre me ayudó en silencio, permanentemente y con generosidad. Además, me animó, reconfortó y apoyó en las tristezas y fue feliz con mis alegrías.
En síntesis, fue una persona con las ideas claras, que rodeaba de un humor fruto de luz tamizada por la niebla asturiana. Él sabía que las grandes verdades, la vida, la eternidad y Dios, son sencillas. Siempre luchó por España, por encima del egoísmo, el placer y el dolor. Fue un ser grande, impulsivo y valiente que quiso volver a Asturias grande. Como os escribía antes, tenía dignidad y siempre se respeto a sí mismo. Dignidad que mantuvo cuando navegó río abajo con entereza cristiana, amor a los suyos y humor hasta el final. Rezo mucho por él, aunque no le hace falta, pues Dios acoge en su seno a los señores que, en los momentos decisivos, saben mantenerse de pie y enteros defendiendo a su sociedad, de la que formamos parte los más pequeños y débiles.
Al subir el domingo al Cielo encontraría la puerta abierta, pues allí le verían las manos llenas. Fue, como dice la canción, un señor de aquellos que vieron nuestros abuelos.
Fue un caballero cristiano.
Pelayo: un abrazo grande y vuelve nuestras lágrimas en gotas de rocío para tu angélico consuelo a Josefa, Nuria, Juanín y Juaninín.
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