Opinión
Jonás Fernández Álvarez
Incongruente y autoritario
Un año de Trump
El pasado mes de octubre tuve la oportunidad de visitar en dos ocasiones Estados Unidos, la primera de ellas para participar en un programa de formación en la Universidad de Yale, la segunda para asistir a la asamblea anual del Fondo Monetario Internacional, cita especialmente útil para conversar con un buen puñado de economistas de la Administración americana, y miembros del Congreso y del Senado con el objetivo de intentar entender mejor lo que acontece al otro lado del Atlántico. Mis impresiones distan mucho de ser optimistas, aun cuando las recientes victorias de Zohran Mamdani en la carrera hacia la alcaldía de Nueva York, así como las de los candidatos demócratas al poder ejecutivo en Virginia y Nueva Jersey atenúen algo la gravedad de la situación.
En términos de política económica, este primer año de Donald Trump en la Casa Blanca se resume en el despliegue de una agenda intrínsecamente incoherente, ajena a cualquier racionalidad. Si uno repasa cualquier texto universitario de economía, es fácil concluir que es imposible reducir el déficit comercial a la vez que se incentiva la inversión extranjera y no se ajusta el déficit público; que no se puede deportar a millones de personas sin padecer efectos sobre la inflación; o que no se puede pretender depreciar el dólar sin afectar a la cotización de la deuda pública y, con ello, a los tipos de interés que paga el gobierno federal. Es decir, que la política económica de Donald Trump parece perseguir objetivos antitéticos que confluyen en una orientación inconsistente.
Pues bien, en mis reuniones con los economistas de la Casa Blanca y con los directores de distintas agencias supervisoras en las que expuse negro sobre blanco todas estas incoherencias, mis interlocutores me dieron a medias la razón y a medias me explicaron, de algún modo, los verdaderos objetivos que Trump tiene con estas políticas: disciplinar a los enemigos, ya sean locales o internacionales, y premiar a los aliados, aun a costa de amenazar con desbordar los límites que cualquier economía puede soportar sin reventar. Así pues, los aranceles no responden a una reflexión comercial sosegada, sino que apenas son meros instrumentos, palos y zanahorias, con los que ejercer el poder y premiar o castigar a países, sectores y empresas en función de su lealtad.
Bajo ese prisma, se entiende mejor el entramado levantado por Trump en menos de un año desde su regreso al poder. Cuestiones como la captación de inversión extranjera o la mera gestión presupuestaria están ahora sometidas al capricho de una Casa Blanca que las utiliza como forma de debilitar a sus rivales internos. Por contra, aliados como el sector cripto viven su particular momento dorado, consecuencia del apoyo férreo que le brinda una Administración deseosa de devolver el favor prestado durante la campaña de reelección. Y, entre medias, se trata de controlar la inflación mediante instrumentos de coerción empresarial y amenazas de castigo del propio gobierno estadounidense.
Ahora bien, por sofisticado o burdo que cada uno considere el entramado, cualquiera sabe lo que espera al final de un camino marcado por la desregulación financiera, la burbuja de la inteligencia artificial, el apogeo de las cripto, y la irresponsable gestión de la política fiscal: una recesión económica. Una recesión que, si bien resulta imposible adelantar, llegará cuando todas estas incoherencias maduren y hagan impracticable el crecimiento económico del país.
Mientras tanto, Donald Trump gana tiempo, y acapara el poder político que, a fin de cuentas, es lo único que le importa con las elecciones de medio mandato en el horizonte como meta volante de su estrategia. En ese ámbito, en el político, hasta ahora, Trump avanza en la centralización de la autoridad en la Casa Blanca y en el destrozo a los check-and-balance del sistema constitucional americano. Aquí sí hay una estrategia nítida, coherente e implacable.
Trump se ha concentrado en sus intentos para tomar el poder absoluto de instituciones como el Tribunal Supremo, la Fiscalía, las agencias reguladoras y supervisoras, empezando por la Reserva Federal, los grandes medios de comunicación de masas, otrora cercanos a las ideas liberales, y redes sociales, e, incluso, se adentra en el control de las grandes ciudades, tradicionales focos de pensamiento progresista, que asisten ahora al despliegue de la Guardia Nacional. Asimismo, Trump se ha garantizado un control total del sistema jerárquico de la certificación de los resultados de las próximas elecciones presidenciales, y avanza en el rediseño de las circunscripciones electorales, con algún revés como la victoria democrática en California. Ese control se expande también a los centros universitarios donde los académicos pierden financiación para la investigación o comienzan a autocensurarse en sus aulas. Tal parece también que podría estar comprando o presionando ilícitamente a algunos legisladores demócratas, y el desbloqueo del cierre de la Administración de los últimos días es una buena pista.
Y todo esto con una letanía de fondo, ¿serán las elecciones presidenciales de 2028 limpias y libres? Hay muchos analistas que comienzan a responder que no. Atentos.
PD. Por Europa, hoy jueves, quizá veamos una nueva mayoría parlamentaria aprobar textos legislativos en Bruselas. El Partido Popular podría estar votando en estos momentos junto a los nazis de Alternativa por Alemania, los fascistas de Orban y o de Ley y Justicia, amén de Le Pen y otras tantos, un texto sobre derecho mercantil. Búsquelo en las noticias.
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